Los matrimonios terminan. ser padres, no

Ahí la llevamos

Hay relaciones que terminan. Hay matrimonios que simplemente dejan de funcionar. Y hay separaciones que, incluso, pueden convertirse en la decisión más sana para una familia.

El problema no siempre es el divorcio. El problema es lo que dejamos detrás cuando nos divorciamos.

En Aguascalientes, durante 2024, se registraron 6,233 matrimonios y 3,154 divorcios. Dicho de otra manera: por cada 100 matrimonios registrados durante ese año hubo alrededor de 50 divorcios. Eso no significa que la mitad de quienes se casaron se hayan divorciado; son acontecimientos distintos ocurridos en el mismo periodo. Pero la proporción sí sirve para dimensionar una realidad que está presente en miles de hogares.

Porque detrás de las estadísticas no solamente existen dos adultos que decidieron tomar caminos diferentes.

Muchas veces hay hijos.

Y mientras los adultos discutimos quién tuvo la culpa, quién se queda con qué, quién engañó a quién o quién decidió marcharse, existe una pregunta mucho más importante:

¿Qué pasa con los hijos cuando sus padres se separan?

La evidencia disponible lleva años señalando algo importante: el daño no depende únicamente del divorcio. El conflicto permanente entre los padres, involucrar a los hijos en las disputas, hacerlos tomar partido o disminuir la presencia y responsabilidad parental puede hacer mucho más difícil su adaptación.

Un niño no tendría por qué convertirse en mensajero entre sus padres.

No tendría que escuchar cómo uno destruye la imagen del otro.

Mucho menos tendría que decidir a quién quiere más.

Las relaciones sentimentales pueden tener fecha de caducidad. La responsabilidad de ser padre o madre no.

Y aquí aparece otra parte incómoda de la conversación: el dinero.

Cuando después de una separación alguien deja de cumplir con sus responsabilidades económicas, puede creer que está castigando a su expareja. En realidad, quien termina absorbiendo las consecuencias es el hijo.

La pensión alimenticia no es un premio para quien obtuvo la custodia. Tampoco es una ayuda voluntaria ni una negociación sentimental. Es parte de las obligaciones destinadas a garantizar las necesidades de niñas, niños y adolescentes.

Por eso necesitamos dejar de pensar el divorcio exclusivamente como un pleito entre dos adultos.

Necesitamos mejores mecanismos de mediación familiar, procesos efectivos para garantizar las obligaciones alimentarias y acompañamiento psicológico accesible para las familias que atraviesan una separación.

Pero también necesitamos algo que ninguna ley puede ordenar: madurez.

La suficiente para entender que dejar de amar a una pareja no significa dejar de respetarla como madre o padre de tus hijos.

Quizá incluso deberíamos cambiar la pregunta.

No preguntarnos solamente por qué se están divorciando tantas personas.

Preguntarnos qué estamos haciendo para que, cuando una relación termine, una familia pueda transformarse sin destruirse.

Porque divorciarse no necesariamente significa fracasar.

El verdadero fracaso comienza cuando, en medio de una guerra entre adultos, un niño pierde estabilidad, afecto, educación, oportunidades o la presencia de alguno de sus padres.

Podemos dejar de ser esposos.

Podemos dejar de ser pareja.

Podemos rehacer nuestra vida.

Pero hay algo de lo que uno nunca debería divorciarse:

de sus hijos.

Walter Schädtler Contreras

 

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