El miedo y el poder
Viernes 21 de agosto, 9:46, de un día para otro, como una ocurrencia o un antojo personal, Rubén Rocha Moya regresó a buscar la gubernatura de Sinaloa, luego de 112 días de investigación y ante acusaciones desde Estados Unidos de estar vinculado con el crimen organizado, el gobernador con licencia anuncia que vuelve “con la frente limpia y en alto”.
A través de un largo post en X, Rocha Moya confirmó que compareció ante la Fiscalía General de la República y que en la FGR le había dicho que “no existen los mínimos elementos de prueba” en su contra y que era “ajeno e inocente” de las acusaciones de narcotráfico. Tres Doritos después, pidió una nueva licencia, ahora indefinida, y el Congreso de Sinaloa la aprobó por unanimidad. En medio, la Secretaría de Gobernación, Morena, Diputados, Senadores, gobernadores y la presidenta Claudia Sheinbaum se deslindaron de él, en sincronía calificaron la decisión de Rocha Moya de personal y no pertinente. Lo que en otras épocas hubiera sido un movimiento de fuerza, esta vez fue un acto de aislamiento. El gobernador con doble licencia se quedó solo ante sus fantasmas.
Los fantasmas. El primer nombre es Fausto Ernesto Corrales Rodríguez. Detenido el 19 de agosto y vinculado a proceso el 25 por encubrimiento en el homicidio de Héctor Melesio Cuén Ojeda y falsedad de declaraciones, Corrales es considerado testigo clave del secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada. La FGR mantiene el expediente reservado hasta 2031, con el argumento de “riesgo real” para el interés público y la seguridad nacional. En ese entorno, cualquier figura señalada indirectamente vive bajo la sombra de que la investigación avance y abra nuevas líneas de imputación.
Fausto Corrales es un testigo clave para el esclarecimiento de la muerte de Héctor Melesio Cuén y el secuestro de “El Mayo” Zambada, ambos crímenes presuntamente realizados por la facción de Los Chapitos del Cártel de Sinaloa. Un testigo cuyas declaraciones podrían involucrar a Rubén Rocha Moya.
El segundo fantasma es Gerardo Mérida Sánchez. Exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa y uno de los diez imputados junto con Rocha Moya, Mérida se entregó a las autoridades de Estados Unidos en mayo y estuvo recluido en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn. El 11 de agosto de 2026 desapareció del registro de la Oficina Federal de Prisiones (BOP). Ese cambio de estatus ocurre usualmente cuando un detenido es trasladado a otra instalación, entra en un programa de protección o negocia un acuerdo para convertirse en testigo colaborador. Ninguna autoridad ha confirmado que Mérida sea testigo protegido, pero el hecho de que su audiencia del 4 de agosto se aplazara sin nueva fecha y que su ficha BOP ya no aparezca alimenta la lectura de que podría estar cooperando. Si alguien sabe algo de las operaciones de Rocha Moya, es Gerardo Mérida.
Con Corrales en prisión preventiva justificada y Mérida “desaparecido” del sistema penitenciario estadounidense, el escenario para Rocha era de alta incertidumbre. No hace falta que haya una acusación formal contra él para que el entorno se vuelva tóxico: basta con que haya testigos clave que puedan aportar información sobre la red de corrupción señalada por el Departamento de Justicia de EU. El regreso de Rocha, creo, no fue una señal de fuerza sino de miedo, un intento de recuperar el fuero y blindarse ante un escenario judicial que se vuelve más riesgoso si hay testigos colaboradores.
Claudia Sheinbaum no necesitó emitir un decreto ni dar una conferencia especial para marcar distancia. Le bastó con que la Segob, a través de Rosa Icela Rodríguez, caracterizara el regreso como una decisión “personal” para que todo el oficialismo cerrara fila con ellas y se deslindara públicamente del gobernador con doble licencia. En términos políticos, eso funcionó como una descalificación inmediata: el centro del poder ya no valida el movimiento de Rocha. En términos prácticos no importa a quién sí le pregunto Rocha Moya si podía regresar, importó que no previno a la presidenta.
Ese es el poder de Palacio, no es un título sino una capacidad que se puede ejercer sin manotazos, con cabeza fría. Al no avalar el regreso, dejó a Rocha expuesto a la presión mediática y judicial, y con ello demostró que el poder ya no lo protege como antes. Lo que en otras épocas hubiera sido un “sabadazo” exitoso, esta vez fue un movimiento que el centro hundió con un gesto: no pertinente.
El regreso de Rubén Rocha Moya fue imprudente, personal y, sobre todo, solitario. No lo consultó con nadie, o al menos no con quienes hoy deciden qué es pertinente en la 4T. Lo movió el miedo: el miedo a que Fausto Corrales, testigo clave del caso del “Mayo”, siga avanzando en su proceso; el miedo a que Gerardo Mérida, exsecretario de Seguridad, esté negociando su estatus y pueda convertirse en testigo colaborador. Y lo enfrentó el Poder: un poder capaz de descalificar con una frase, que lo deja políticamente aislado.
Coda. Rocha volvió para recuperar el poder. El poder, esta vez, decidió no volver con él.
@edilbertoaldan