¿Quién toma las decisiones: usted o su cerebro?

Entre neuronas

¿Quién toma las decisiones: usted o su cerebro?

Todos los días tomamos cientos de decisiones.

Algunas parecen importantes: aceptar un trabajo, terminar una relación, hacer una inversión, cambiar de ciudad. Otras son tan pequeñas que ni siquiera las consideramos decisiones: qué desayunar, qué ruta tomar, revisar el teléfono al despertar o encender la televisión al llegar a casa.

Pero existe una pregunta mucho más interesante:

¿Cuántas de nuestras decisiones realmente las tomamos de manera consciente?

Imagine que llega a casa después de un día agotador. Se había prometido que esa noche saldría a caminar, pero se sienta "solo cinco minutos" y toma el teléfono. Cuando se da cuenta, ha pasado media hora viendo videos.

¿Usted decidió hacerlo?

Probablemente sí.

Pero también es posible que haya ocurrido algo más: su cerebro reconoció una situación conocida —cansancio, llegar a casa, sentarse— y activó una conducta que ya había aprendido.

Eso es un hábito.

Los hábitos son comportamientos que, después de repetirse muchas veces en contextos similares, pueden ejecutarse con relativamente poco esfuerzo consciente. El cerebro tiene sistemas que permiten que algunas conductas pasen de requerir atención y deliberación a realizarse de manera mucho más automática.

Y esto no es necesariamente malo.

De hecho, los hábitos son una de las grandes herramientas de eficiencia del cerebro. Imagine tener que pensar conscientemente en cada movimiento para cepillarse los dientes, manejar un automóvil o preparar una taza de café. Nuestra mente se saturaría rápidamente.

La automatización libera recursos para ocuparnos de otras cosas.

El problema aparece cuando automatizamos conductas que ya no nos ayudan.

Podemos acostumbrarnos a revisar el teléfono cada pocos minutos, comer sin tener hambre, posponer una tarea importante, reaccionar con enojo ante determinadas situaciones o permanecer en relaciones y dinámicas que sabemos que nos hacen daño.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas del cerebro:

podemos seguir repitiendo una conducta incluso cuando ya no queremos sus consecuencias.

La investigación sobre hábitos distingue entre un sistema orientado hacia metas, que considera las consecuencias de nuestras acciones, y otro sistema más habitual, que permite responder de manera automática ante determinadas señales del entorno. Con la repetición, algunas conductas pueden volverse menos dependientes de una decisión consciente en cada ocasión.

Por eso decir simplemente "ten fuerza de voluntad" no siempre es suficiente.

La fuerza de voluntad tiene un papel, pero no podemos depender de ella para cada decisión durante todo el día.

Aquí entra la corteza prefrontal, una región fundamental para funciones como la planificación, el control cognitivo, la evaluación de alternativas y la conducta dirigida hacia objetivos. Gracias a estos sistemas podemos detenernos, evaluar una situación y decidir que nuestra respuesta habitual no es necesariamente la mejor respuesta.

Ese pequeño espacio entre el impulso y la acción puede cambiar muchas cosas.

Por ejemplo:

Tengo ganas de contestar inmediatamente un mensaje que me molestó.

Impulso: responder.

Pausa: ¿qué quiero conseguir con mi respuesta?

Decisión: quizá sea mejor esperar diez minutos.

La diferencia parece pequeña, pero ahí ocurre algo fundamental: dejamos de reaccionar automáticamente y volvemos a dirigir nuestra conducta.

Lo mismo puede aplicarse a la alimentación, al ejercicio, al uso de tecnología, al dinero, al trabajo y a nuestras relaciones.

Por eso, cuando queremos cambiar un hábito, no siempre es suficiente decir: "A partir de mañana voy a hacerlo diferente".

Es mucho más efectivo identificar qué activa la conducta.

¿Qué ocurre justo antes?

¿Dónde estoy?

¿Cómo me siento?

¿Qué pensamiento aparece?

¿Qué obtengo inmediatamente después?

Porque los hábitos no viven aislados. Están vinculados con contextos, señales y consecuencias.

Si queremos cambiar una conducta automática, necesitamos modificar alguno de esos elementos y practicar una respuesta diferente suficientes veces como para que esa nueva conducta también pueda volverse más fácil y familiar.

Esto nos devuelve a la idea central de nuestras primeras columnas.

El cerebro cambia con la experiencia.

Primero hacemos algo conscientemente. Después lo repetimos. Con el tiempo, algunas acciones requieren menos esfuerzo mental y pueden convertirse en hábitos.

Por eso nuestros hábitos cotidianos son mucho más importantes de lo que parecen.

No solo determinan cómo vivimos nuestro presente.

También ayudan a construir el cerebro desde el cual tomaremos nuestras decisiones futuras.

Entonces, ¿quién toma las decisiones: usted o su cerebro?

La respuesta más honesta es: ambos.

Nuestro cerebro aporta impulsos, emociones, aprendizajes y automatismos. Pero también tenemos capacidad para observarlos, cuestionarlos y elegir.

La libertad no significa no tener hábitos, impulsos o emociones.

Quizá significa algo más sencillo y más poderoso:

darnos cuenta de ellos antes de obedecerlos.

Porque entre lo que sentimos y lo que hacemos existe un pequeño espacio.

Y aprender a utilizar ese espacio puede cambiar nuestra vida.

 

Karla Cassio
Maestra en Psicología Humanista | Directora de Fundación DEAS / Especialisita en Neurofeedback

 

Entre Neuronas es un espacio dedicado a acercar la psicología y la neurociencia a la vida cotidiana, con el propósito de comprender mejor nuestra mente y promover una cultura de salud mental basada en evidencia.

 

 

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