UNAM shakespeariana: castigar o no castigar el uso de GPT, he ahí el dilema

Behavioral Economics

En el medio académico de la Ciudad de México, un hackeo del sistema de admisiones de la UNAM ha sido una gran noticia este verano de 2026. En su primer examen de admisión virtual, las puntuaciones se dispararon hacia arriba de una manera claramente atípica. Tristemente célebres fueron un gran número de puntuaciones perfectas en la sección matemática entre quienes buscaban ser admitidos a Medicina, una carrera si bien normalmente muy demandada, tradicionalmente no caracterizada por sus competencias cuantitativas. Todavía no estamos totalmente seguros de qué pasó, pero tenemos buenas razones para creer que GPT (o como prefiramos llamarle a la Inteligencia Artificial moderna) fue el “arma del delito” preferida. El examen virtual terminó siendo cancelado, al momento de escribir este artículo [22 de agosto de 2026] se están terminando de aplicar nuevos exámenes de admisión de manera presencial, y el inicio del año escolar 2026-2027 para los estudiantes de nuevo ingreso se ha retrasado del 10 al 31 de agosto. Este incidente ha dado lugar a un torrente de opiniones de todo tipo, y al menos en mis círculos, entre los que se encuentran varios profesores de la UNAM, las lamentaciones que he escuchado con más frecuencia han tenido que ver con la ética de las nuevas generaciones de estudiantes, con negligencias vendedor del servicio del examen virtual y de la universidad, y con corrupciones en la universidad. Estas lamentaciones han sido seguidas por deseos de volver a lo tradicional. Mucho menos común ha sido escuchar opiniones que vean al incidente como (1) uno natural, ciertamente desafortunado pero natural, en el proceso de modernización de las universidades en estos tiempos de acelerado e incierto progreso tecnológico, o como (2) una señal de una pérdida de relevancia social de las universidades. Consideremos, para nuestro análisis, el gran número de preparatorianos aparentemente sólidos en matemática sque, atípicamente, este año se inclinaron por Medicina en lugar de alguna ciencia o ingeniería.    La imagen que tengo de una consulta médica típica es un diálogo entre el galeno y el paciente en que el primero identifica el padecimiento siguiendo un algoritmo que en Economía llamamos “árbol de decisiones”: se llega a un diagnóstico contestando un cuestionario oral donde cada respuesta determina parcialmente la pregunta siguiente. “Parcialmente” es clave: el descenso por el cuestionario arbóreo no es totalmente mecánico, hay lugar para la experiencia del médico, su intuición, sus relaciones con los fabricantes de medicamentos y equipo médico, su estado mental al momento de la consulta, y un largo etcétera. Dicho de otra forma, la Medicina sigue siendo parte ciencia y parte arte. Sin embargo, ha avanzado tanto como ciencia, que se ha reducido significativamente el espacio para lo subjetivo. Así, desde los inicios de la computación, a mediados del siglo pasado, los primeros computólogos vislumbraron un potencial enorme de las computadoras para el diagnóstico médico. Además de que no vislumbraban límites a la cantidad de datos que podría memorizar una sola computadora, se vislumbraba que el funcionamiento de las computadoras llegaría a ser más confiable que el de los hombres y que su costo no dejaría de caer. Así, desde el principio se vislumbró que una sola computadora pudiera llegar a ser un doctor mecánico experto en todo, disponible en cualquier momento y en cualquier lugar, y sujeto a un abaratamiento continuo. Hoy muchos de estos vislumbres se han vuelto una realidad, y contando. Sin embargo, las computadoras todavía no suelen inspirar en el paciente la misma confianza que los doctores. Así, no me parece descabellada la siguiente simbiosis doctor-computadora: que la máquina haga el diagnóstico y que el médico lo comunique con un toque humano que la computadora no puede dar… ¡Todavía! Y esto nos lleva de regreso al incidente en el último examen de admisión de la UNAM. Si el futuro de la Medicina es una simbiosis doctor-computadora muy, muy simbiótica [sic], ¿No deberíamos premiar la habilidad del preparatoriano para usar GPT, en lugar de castigarla? Pero, ¿Cómo se deberían ajustar los planes de estudio(¡No sólo de Medicina, sino de todas las carreras!)?, ¿Qué hay de la atrofia del pensamiento crítico asociada a un uso intensivo de las computadoras (sobre la que ya contamos con evidencia buena)?, ¿Cómo se deberían castigar los errores?, ¿Es deseable éticamente una mecanización extrema de la Medicina? No son problemas fáciles, pero sí cada vez más importantes. Afortunadamente no es la primera vez que en Occidente enfrentamos un reto así.   Hace 500 años en Europa la invención de la imprenta y la llegada de los libros impresos a las universidades resultó disruptiva para éstas. Importantemente, coincidió que la Iglesia Católica necesitaba sacerdotes mejor preparados para enfrentar a Lutero y su Reforma, y esto llevó a un nuevo tipo de universidades: los colegios Jesuitas. No fue fácil. Para empezar, pasaron 40 años, entre 1558 y 1599, entre el primer plan de estudios y el famoso Ratio atqueInstitutioStudiorumSocietatisIesu. ¡Pero que no fuera modificado sino hasta 1832 atestigua su éxito! Más generalmente, nuestras universidades modernas son descendientes directos de esa educación. ¿Por qué no podríamos volver totalmente compatible la UNAM con GPT?   PD: el conflicto entre la Iglesia y Galileo es parte de la historia de la educación Jesuita.   
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