Cuando la escuela pierde autoridad

Opinión

Psicologo Clínico. Psicoterapeuta. Psicoanalista.

Hay escenas que hace algunos años habrían resultado difíciles de imaginar: un maestro que teme llamar la atención a un alumno; padres que cuestionan inmediatamente cualquier límite impuesto por la escuela; estudiantes que graban a sus profesores esperando capturar un error; docentes que prefieren guardar silencio antes que exponerse a una denuncia, una confrontación o un juicio en las redes sociales.

No se trata de añorar aquella escuela autoritaria donde la palabra del maestro era incuestionable. Mucho menos de justificar el castigo, la humillación o la violencia que durante décadas fueron confundidos con disciplina.

El problema es otro.

En nuestro esfuerzo legítimo por cuestionar el autoritarismo, quizá comenzamos también a debilitar la autoridad.

Y no son lo mismo.

La autoridad educativa no nace del miedo. Nace del reconocimiento de que existe un adulto dispuesto a asumir la responsabilidad de orientar, enseñar, contener y establecer límites.

Un niño necesita afecto, pero también necesita encontrarse con un mundo que no siempre responderá inmediatamente a sus deseos.

Necesita descubrir que existen otros.

Que hay tiempos.

Que hay reglas.

Que algunas cosas pueden hacerse y otras no.

Aprender a tolerar esa frontera constituye una de las tareas fundamentales del desarrollo humano.

Desde el psicoanálisis sabemos que el límite no es necesariamente enemigo del deseo. Por el contrario, contribuye a organizarlo. La presencia de otro que dice “hasta aquí” permite que el niño vaya construyendo recursos internos para regular aquello que inicialmente sólo puede experimentar como impulso.

Pero algo parece estar ocurriendo con los adultos.

Tenemos miedo de frustrar.

Miedo de decir no.

Miedo de que nuestros hijos sufran.

Miedo de que nuestros alumnos se sientan incómodos.

Y quizá, intentando evitarles cualquier malestar, estamos privándolos de una experiencia indispensable: aprender que la frustración también forma parte de la vida.

La reciente conversación provocada por producciones televisivas que representan escuelas atravesadas por violencia, intimidación y pérdida de control ha vuelto a colocar el tema sobre la mesa. Más allá de exageraciones dramáticas, hay una pregunta que merece ser escuchada:

¿qué sucede cuando los adultos dejan de ocupar el lugar de adultos?

Porque cuando la autoridad desaparece, el espacio no permanece vacío.

Puede ocuparlo el compañero más agresivo.

El grupo.

La burla.

La popularidad.

La amenaza.

O esa nueva autoridad invisible que cabe en la palma de la mano: las redes sociales.

Por eso la crisis de autoridad escolar no puede atribuirse solamente a los maestros.

La escuela no educa sola.

Un profesor difícilmente puede sostener durante algunas horas aquello que durante el resto del día es desautorizado por la familia, las pantallas, el grupo de pares o incluso por la propia institución.

Necesitamos reconstruir una alianza que parece haberse fracturado: familia, escuela y comunidad adulta.

No para recuperar al maestro autoritario.

Sino para recuperar algo mucho más importante:

al adulto confiable.

Aquel que escucha, pero también orienta.

Que comprende, pero no renuncia al límite.

Que acompaña, pero no abandona su responsabilidad.

Quizá la pregunta educativa de nuestro tiempo ya no sea solamente qué debemos enseñar a nuestros niños.

Tal vez debamos comenzar por otra:

¿estamos los adultos dispuestos nuevamente a ocupar nuestro lugar?

 

 

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