Desde el segundo piso
Resulta paradójico, por no decir patético, observar cómo una parte importante de la clase política mexicana ha convertido la visa americana en una especie de certificado de buena conducta imperial.
Perderla parece hoy más grave que perder la confianza de los ciudadanos.
Washington cancela visas, congela cuentas, filtra nombres o deja correr versiones y, súbitamente, gobernadores, legisladores y funcionarios descubren una peculiar vocación por explicar su honorabilidad. El fenómeno ya alcanzó a decenas de políticos mexicanos. El debate llegó incluso al Congreso con aquel surrealista desafío: "¡rompan sus visas!". Nadie quiso hacerlo. Extraña soberanía esa que se defiende discursivamente pero se guarda plastificada en la cartera.
Aquí es donde Pankaj Mishra resulta incómodamente útil.
En su libro “Fanáticos insulsos. Liberales, raza e imperio”, el intelectual indio cuestiona esa vieja pretensión anglosajona de presentar como universales instituciones y valores surgidos de una historia bastante menos pulcra de lo que cuenta su propaganda. El liberalismo habló de libertad mientras convivía con colonialismo, racismo y explotación; después convirtió su experiencia histórica particular en receta obligatoria para el resto del planeta.
Tropicalizado a México, el problema adquiere otra dimensión.
Durante décadas construimos una élite política, empresarial e intelectual que mira hacia el norte buscando no solamente capital, mercados o seguridad, sino validación. Antes era estudiar en Harvard; después, aparecer en The Economist; ahora, aparentemente, conservar la visa y no aparecer en alguna lista de una agencia estadounidense.
Mi vida por una visa.
Pero ojo: denunciar esta subordinación no significa convertir la soberanía en refugio de pillos.
Porque existe otra cara, quizá más vergonzosa. Si Washington puede provocar terremotos políticos mexicanos mediante la cancelación administrativa de una visa, es precisamente porque nosotros hemos permitido que nuestras instituciones pierdan credibilidad. Cuando una visa retirada produce más sospecha pública que una investigación de una fiscalía mexicana, el problema no está únicamente en Washington. Está en México.
Y ahí es donde el discurso antiimperialista deja de ser suficiente.
Nuestro Estado de derecho llega debilitado a esta disputa. Human Rights Watch ha advertido sobre la ineficacia crónica de las fiscalías mexicanas y los riesgos para la independencia judicial; el World Justice Project registró en 2025 retrocesos mexicanos en libertades cívicas, límites al poder y autonomía de la justicia.
Entonces aparece nuestra gran contradicción: reclamamos a Estados Unidos pruebas, debido proceso y respeto a la soberanía correctamente, mientras en casa hemos sido incapaces de construir instituciones suficientemente confiables para investigar a nuestros propios gobernantes.
Eso también es baja calidad democrática.
Una democracia no se mide solamente contando votos ni llenando plazas. Se mide por su capacidad para poner límites al poder, investigar al poderoso, proteger al adversario y conseguir que un fiscal no necesite recibir instrucciones de Palacio, de un gobernador, de un partido... ni de la DEA.
Por eso Mishra sirve, pero no para repetirlo como catecismo poscolonial. Sirve para voltear el espejo.
Washington no es un tribunal moral del planeta. Sus agencias responden a intereses estadounidenses, no a los nuestros. Una visa tampoco constituye sentencia judicial y su cancelación no prueba culpabilidad. Pero México tampoco puede seguir utilizando la palabra "soberanía" como detergente político cada vez que una potencia extranjera exhibe aquello que nuestras instituciones prefirieron no mirar.
La verdadera autodeterminación no consiste en gritarle al imperio. Consiste en no necesitarlo.
¿A quién corresponde cambiarlo? Primero, al Estado mexicano: Ejecutivo, Congreso, fiscalías, jueces y partidos. Pero también a empresarios, medios, universidades y ciudadanos que durante décadas aceptamos que la legitimidad nacional necesitara estampilla extranjera.
Quizá nuestra tragedia contemporánea no sea que Washington tenga demasiado poder sobre México.
Quizá sea que nosotros le hemos dejado demasiado espacio para ejercerlo.
Porque un país verdaderamente soberano no necesita que el Departamento de Estado “gringo” le diga quién debe preocuparle.
Aunque tenemos, en su lugar, algo más práctico: visa de diez años, renovable, sujeta a buena conducta.Ese sí es un poder que se respeta y desafortunadamente funciona mejor que las Fiscalías mexas, hay que reconocerlo.
Autor: Ricardo Heredia Duarte