Sin Dios todo viento asusta

Transeúnte

El relato del evangelio en el que se nos narra cómo la fuerza del mar y el viento golpeaba con fuerza la endeble barca de los discípulos, sin duda alguna que es uno de los pasajes que al menos a mí más me impresiona del evangelio. Esta escena ha sido ocasión de fuente de inspiración para algunos pintores, que en este relato no sólo han encontrado un espacio para el arte sino ante todo una fuente de inspiración para el día al día.

Pintores como Rembrandt, en su célebre obra La tormenta en el mar de Galilea, supieron plasmar precisamente esa tensión psicológica: el contraste entre el pánico de los remadores, la masa de agua descontrolada y la serenidad de quien habita la barca. La escena no oculta el miedo real de los discípulos; al contrario, lo legitima. El Evangelio no pide ignorar el viento ni fingir que la madera no cruje, sino recordar quién está a bordo.

Por más fuertes que fueron los vientos la embarcación no se hundió. Seguramente en muchos momentos el corazón de los discípulos se llenó de miedo al sentir la furia de las aguas y del viento y tal vez el sentimiento de saberse tan frágiles les descubrió una de las verdades más bellas y palpables: sin Dios todo viento asusta y cualquier barca es endeble.

Es el Señor el que sostiene la vida de cada uno de nosotros, sólo Él es capaz de los vientos que azotan nuestra barca. Sólo el Señor puede darnos un horizonte distinto luego de la tempestad calmada. Pues en sus acciones muchas veces discretas y calladas nos damos cuenta de que realmente Él camina con nosotros.

La imagen de la barca también ha sido utilizada en muchos momentos para hablar de la Iglesia. La Iglesia a lo largo de los siglos también ha sufrido los embates en los que en no pocas ocasiones se ha pensado que se cae a pedazos. Sin embargo, la permanencia de la Iglesia a través de los siglos nos reafirma una realidad que no deja de conmover: la Iglesia le pertenece a Dios. Ella ha sido obra de Dios, cierto que, confiada a los hombres, pero quien hace cabeza siempre será el Señor.

Mirar la barca de la Iglesia hoy nos invita también a no perder la esperanza frente a las crisis sociales, institucionales o de fe que nos toca presenciar. Las tormentas actuales pasarán, tal como pasaron las de ayer. Lo importante no es la fuerza del viento en contra, sino la certeza de que Aquel que duerme en nuestra barca tiene el poder de transformar cualquier tempestad en una oportunidad para renovar nuestra fe.

En la vida personal, reconocer la propia vulnerabilidad suele ser el momento en que la fe deja de ser una noción abstracta y se convierte en un ancla real. Cuando los recursos propios se agotan, la certeza de que sin Dios todo viento asusta deja de ser una frase hecha para transformarse en una verdad vivencial.

Podrán cambiar las tempestades y crujir las maderas, pero la promesa permanece intacta: la barca es débil, pero el Capitán es invencible. En Sus manos, todo viento en contra se convierte, tarde o temprano, en brisa de renovación.

 

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