¿Formando profesionales obsoletos?

¿Lo dije o lo pensé?

En este mes, miles de jóvenes comienzan una carrera universitaria. Llegan con entusiasmo, nervios y la expectativa de que los estudios les permitirán construir un mejor futuro. Sin embargo, vale la pena preguntarsesi realmente las universidades los están preparando para el mercado laboral que encontrarán al egresar o para uno que ya comenzó a desaparecer.

Un estudiante que ingresa hoy terminará su carrera alrededor del 2030. Para entonces, muchas de las actividades que todavía se enseñan como parte central de una profesión serán realizadas, al menos parcialmente, mediante inteligencia artificial, sistemas automatizados o robots. No significa que desaparecerán de un día para otro contadores, abogados, administradores, ingenieros, médicos o docentes. Lo que está cambiando son las tareas que desempeñan y las capacidades que necesitan.

El problema es que las instituciones educativas avanzan con demasiada lentitud. Modificar un plan de estudios puede tomar años. Primero se integran comisiones, después vienen las reuniones, diagnósticos, revisiones, observaciones y autorizaciones. Cuando finalmente se aprueba, es posible que parte de su contenido ya necesite otra actualización. Mientras tanto, algunas materias conservan programas, herramientas y formas de evaluación que poco tienen que ver con lo que ocurre fuera de las aulas.

Tampoco basta con agregar una asignatura llamada Inteligencia Artificial y considerar resuelto el asunto. Estas tecnologías deben incorporarse en toda la formación. Un estudiante de contabilidad necesita aprender a automatizar procesos y analizar grandes cantidades de información. Uno de derecho debe saber revisar documentos con herramientas digitales sin confiar ciegamente en ellas. Quien estudia administración tendrá que tomar decisiones con datos, y los futuros ingenieros deberán trabajar con sistemas cada vez más autónomos.

Por supuesto, enseñar a utilizar estas herramientas también implica advertir sobre sus límites. Los alumnos deben aprender a verificar resultados, proteger información confidencial, reconocer errores y asumir la responsabilidad de lo que entregan. Usar inteligencia artificial para evitar pensar sería un fracaso educativo. Utilizarla para investigar mejor, resolver problemas y aumentar la productividad es parte de la preparación que ya deberían recibir.

Hay otro punto que no puede ignorarse. Si las universidades públicas no ofrecen esta formación, la diferencia la cubrirán quienes puedan pagar cursos, certificaciones y plataformas por su cuenta. Los demás egresarán con una desventaja que no tiene relación con su talento, sino con sus posibilidades económicas. La educación pública también debe reducir esa desigualdad.

Los docentes podemos actualizar ejercicios, métodos y herramientas aun cuando los programas oficiales no cambien de inmediato. Pero la responsabilidad principal es institucional. Se necesitan decisiones rápidas, capacitación y planes de estudio más flexibles.

Los jóvenes que están comenzando clases confían varios años de su vida a la universidad. Entregarles un título no será suficiente. Hay que darles una formación que siga teniendo valor cuando lleguen al mercado laboral. Prepararlos para empleos que están desapareciendo sería una irresponsabilidad que terminarán pagando ellos.

 

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