Los hermanos: quienes conocen una versión de nosotros que nadie más conoció

Opinión

Compartimos una casa, unos padres y muchos recuerdos. Pero no necesariamente compartimos la misma infancia.

Hay personas que conocen nuestro presente.

Saben en qué trabajamos, qué pensamos, qué nos preocupa, cómo hemos construido nuestra vida.

Pero existen otras que conocieron una versión de nosotros que ya no existe.

Nos vieron antes de aprender a defendernos.

Antes de elegir una profesión.

Antes de convertirnos en esposos, padres, madres o abuelos.

Nos conocieron cuando todavía éramos simplemente los hijos de una familia.

Son nuestros hermanos.

Y quizá por eso el vínculo entre hermanos puede ser uno de los más entrañables y, al mismo tiempo, uno de los más complejos de nuestra vida.

La primera experiencia con un semejante

Para muchos niños, un hermano constituye uno de los primeros grandes encuentros con alguien que es parecido a nosotros, pero no es nosotros.

Y eso puede ser maravilloso.

También profundamente incómodo.

Porque con la llegada de un hermano descubrimos algo fundamental: el amor de nuestros padres no nos pertenece exclusivamente.

Aparecen los celos.

La competencia.

La comparación.

“¿A quién quiere más mamá?”

“¿Por qué a él sí lo dejan?”

“¿Por qué ella recibe más atención?”

“¿Por qué siempre tengo que ser yo el responsable?”

Preguntas infantiles que algunas veces continúan resonando muchas décadas después.

El hermano puede convertirse en compañero de juegos, aliado, rival, confidente y competidor.

A veces todo durante el mismo día.

Crecimos juntos, pero no tuvimos los mismos padres

Ésta es quizá una de las cosas más difíciles de comprender cuando somos adultos.

Dos hermanos pueden hablar de su infancia y parecer que crecieron en familias distintas.

Uno recuerda a un padre cariñoso.

El otro, a un hombre distante.

Uno describe a su madre como protectora.

Otro la recuerda controladora.

¿Quién tiene razón?

Probablemente ambos.

Porque ningún hijo tiene exactamente los mismos padres.

Los padres que recibieron al primer hijo eran personas diferentes cuando llegó el tercero.

Tenían otra edad.

Otra situación económica.

Otros temores.

Más experiencia.

Quizá menos paciencia.

Una pérdida de por medio.

Una enfermedad.

Una separación.

Un momento distinto de la pareja.

Además, cada hijo despierta algo diferente en sus padres.

Por eso compartir apellido y domicilio no significa haber vivido la misma infancia.

Comprenderlo puede ayudarnos a abandonar una antigua batalla familiar:

la necesidad de demostrar quién recuerda correctamente.

El lugar que ocupamos

En muchas familias los hijos terminan ocupando lugares que se vuelven casi personajes.

“El responsable.”

“La rebelde.”

“El inteligente.”

“La problemática.”

“El que siempre ayuda.”

“La consentida.”

“El que nunca da problemas.”

Esos lugares pueden comenzar como pequeñas descripciones y terminar organizando identidades enteras.

El problema aparece cuando pasan los años y seguimos encontrándonos desde aquellos personajes.

Un hombre de cincuenta años vuelve a reunirse con sus hermanos y, sin advertirlo, vuelve a sentirse como el pequeño al que nadie escuchaba.

Una mujer independiente y competente llega a casa de sus padres y vuelve a convertirse en “la que tiene que resolverlo todo”.

Las familias tienen una extraordinaria capacidad para conservar versiones antiguas de nosotros.

Los hermanos también guardan nuestra memoria

Pero allí reside igualmente una de las dimensiones más hermosas de este vínculo.

Un hermano puede recordar cosas que nosotros olvidamos.

El apodo que teníamos.

La habitación que compartíamos.

Una travesura.

Las vacaciones.

Los domingos.

La comida de nuestra madre.

El sonido de nuestro padre llegando a casa.

Las discusiones que escuchábamos desde otra habitación.

Aquella Navidad.

El perro que tuvimos.

La casa que ya no existe.

Cuando hablamos con un hermano sobre la infancia, recuperamos fragmentos de nuestra propia historia.

No porque sus recuerdos sean necesariamente más verdaderos que los nuestros, sino porque estuvo allí.

Fue testigo de un mundo que desapareció.

Cuando los padres envejecen

Hay un momento en que el vínculo entre hermanos puede transformarse profundamente.

Los padres comienzan a necesitar cuidados.

Entonces reaparecen preguntas antiguas bajo formas nuevas:

“¿Quién se hace cargo?”

“¿Por qué yo hago más?”

“¿Por qué él casi nunca viene?”

“¿Por qué ella decide todo?”

“¿Quién administrará el dinero?”

“¿Qué hacemos con la casa?”

Muchas discusiones aparentemente relacionadas con medicamentos, horarios, dinero o responsabilidades contienen también antiguas heridas de reconocimiento.

El hijo que sintió que siempre cargaba con todo puede volver a sentirse abandonado por sus hermanos.

La hija que nunca fue escuchada puede experimentar nuevamente que nadie toma en cuenta su opinión.

Por eso cuidar a los padres ancianos no es solamente un desafío práctico.

También puede convertirse en un escenario donde reaparece la historia emocional de toda la familia.

Y un día los padres ya no están

Quizá entonces ocurre uno de los cambios más profundos.

Cuando muere el último de nuestros padres, los hermanos dejan de ser solamente “los hijos de”.

Se convierten, de alguna manera, en los depositarios vivos de una historia compartida.

Ya no está mamá para recordar cómo ocurrió aquello.

Ya no está papá para contar nuevamente la anécdota.

Quedan ellos.

Los hermanos.

Quienes estuvieron allí.

Tal vez por eso la pérdida de un hermano puede producir un duelo tan particular.

No solamente perdemos a alguien querido.

Podemos perder también a uno de los últimos testigos de nuestra infancia.

Alguien que sabía quiénes fuimos antes de convertirnos en quienes somos.

No todos los hermanos permanecen cerca

También debemos reconocerlo.

Compartir sangre no garantiza intimidad.

Hay hermanos que se distancian.

Otros dejan de hablarse durante años.

Existen heridas por herencias, preferencias parentales, traiciones, parejas, dinero o antiguas rivalidades.

Y existen relaciones entre hermanos donde la distancia puede ser necesaria.

La fraternidad no debe convertirse en una obligación que justifique cualquier conducta.

Pero también hay distancias que comenzaron por algo pequeño y que, alimentadas durante años por orgullo y silencio, terminaron pareciendo irreparables.

A veces ninguno recuerda exactamente por qué dejaron de hablarse.

Sólo saben que ha pasado demasiado tiempo.

Volver a encontrarnos como adultos

Quizá una de las posibilidades más interesantes de la madurez sea conocer nuevamente a nuestros hermanos.

No al hermano de nuestra infancia.

Al adulto en que se convirtió.

Preguntarle cosas que nunca preguntamos.

Escuchar su versión de nuestros padres.

Descubrir qué le dolió.

Qué recuerda.

Qué necesitó.

Qué sintió cuando nosotros creíamos que no le importaba.

Tal vez descubramos que mientras nosotros pensábamos que era el favorito, él sentía una enorme presión por cumplir expectativas.

O que aquella hermana que parecía recibir toda la atención estaba atravesando dificultades que nosotros no comprendíamos.

No se trata de corregir el pasado.

Se trata de ampliar nuestra mirada sobre él.

Mientras todavía estamos

Con los años, las fotografías familiares comienzan a adquirir otro significado.

Primero están todos.

Después falta alguien.

Más adelante falta otro.

Y un día comprendemos que aquellas personas con quienes discutíamos por sentarnos junto a la ventana son también quienes han recorrido con nosotros la mayor parte del camino.

Quizá no necesitemos convertir a nuestros hermanos en mejores amigos.

Ni olvidar heridas.

Ni forzar reconciliaciones.

Pero cuando el vínculo lo permite, quizá valga la pena cuidarlo.

Hacer una llamada sin necesitar nada.

Preguntar cómo está.

Recordar juntos.

Reír nuevamente de aquella historia que nadie más entendería.

Porque llegará un tiempo en que muchas personas conocerán perfectamente quiénes somos ahora.

Pero muy pocas podrán recordar quiénes fuimos entonces.

Y quizá entre ellas esté ese hermano o esa hermana que alguna vez compartió nuestros juguetes, nuestros padres, nuestros miedos y aquella casa que sólo continúa existiendo en la memoria.

Entonces vale la pena preguntarnos:

¿Cuándo fue la última vez que miramos a nuestros hermanos no desde las viejas rivalidades de la infancia, sino desde el privilegio de haber compartido una parte irrepetible de la vida?

Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico · Psicoterapeuta · Psicoanalista

 

 

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