Cuando el estrés deja de protegernos

Entre Neuronas

Hay días en los que sentimos que estamos cansados antes de comenzar.

Nos levantamos pensando en todo lo que tenemos que resolver, revisamos el teléfono mientras desayunamos, llegamos al trabajo con pendientes en la cabeza y, aunque finalmente termina el día, nuestra mente continúa funcionando. Nos acostamos, pero seguimos pensando en lo que ocurrió, en lo que falta por hacer o en lo que podría salir mal mañana.

El cuerpo está en casa, pero el cerebro parece seguir trabajando.

¿Es estrés? Sí. Pero hay una diferencia importante entre el estrés que nos ayuda a responder ante un desafío y el estrés que comienza a desgastarnos.

El estrés no es nuestro enemigo.

De hecho, es uno de los mecanismos de supervivencia más importantes que tenemos. Cuando nuestro cerebro percibe una amenaza o un desafío, pone en marcha una serie de respuestas para prepararnos. Aumenta el estado de alerta, se acelera el corazón, se moviliza energía y se liberan hormonas como el cortisol. Todo esto permite que nuestro organismo responda con rapidez ante una situación que requiere nuestra atención.

El problema no aparece cuando tenemos una respuesta de estrés.

Aparece cuando no logramos apagarla.

Imagine que tiene una alarma contra incendios. Si se activa cuando realmente hay fuego, cumple perfectamente su función. El problema sería que permaneciera sonando durante horas después de que el incendio ya fue controlado.

Algo parecido puede suceder con nuestro sistema de estrés.

Una entrevista de trabajo, una emergencia, un examen o una situación de peligro pueden provocar una activación intensa y temporal. Una vez que la situación termina, el organismo necesita regresar a un estado de recuperación.

Pero ¿qué ocurre cuando las preocupaciones se acumulan durante semanas, meses o incluso años?

El cerebro puede permanecer demasiado tiempo en modo de alerta.

La investigación sobre estrés ha mostrado que la activación prolongada de estos sistemas puede generar una carga acumulativa sobre el organismo, conocida como carga alostática. En términos sencillos, es el desgaste producido por mantener durante demasiado tiempo los mecanismos que originalmente estaban diseñados para ayudarnos a adaptarnos.

Y el cerebro también paga ese precio.

El estrés crónico puede afectar procesos relacionados con la atención, la memoria, la toma de decisiones y la regulación emocional. También puede relacionarse con dificultades para dormir, irritabilidad, agotamiento y problemas de concentración.

Por eso una persona que lleva mucho tiempo bajo presión puede comenzar a decir:

"No sé qué me pasa. Antes podía con todo y ahora cualquier cosa me rebasa."

No necesariamente significa que se haya vuelto más débil.

Puede significar que su sistema de adaptación lleva demasiado tiempo trabajando.

Hay otro aspecto que solemos pasar por alto: el cerebro no siempre distingue entre una amenaza física y una amenaza que estamos imaginando constantemente. Una preocupación repetida, un conflicto que no resolvemos o la anticipación permanente de algo malo pueden mantener activados los mismos sistemas de respuesta al estrés, aunque no exista un peligro inmediato.

Por eso aprender a regular el estrés no consiste simplemente en "relajarse".

Implica enseñarle al organismo a entrar nuevamente en estados de recuperación.

Dormir adecuadamente, realizar actividad física, mantener vínculos sociales saludables, tener momentos de descanso real y desarrollar herramientas de regulación como neurofeedback pueden ayudar a disminuir la carga del estrés. No eliminan los problemas de la vida, pero sí pueden modificar nuestra capacidad para responder ante ellos.

Y aquí regresamos a la idea de la primera columna de Entre Neuronas: nuestro cerebro cambia constantemente.

La exposición prolongada al estrés puede modificar su funcionamiento, pero la plasticidad cerebral también significa que el cerebro puede adaptarse a nuevas experiencias y aprender nuevas formas de responder.

Por eso la pregunta no debería ser:

¿Cómo hago para eliminar todo el estrés de mi vida?

Eso sería imposible.

La pregunta más útil es:

¿Mi cerebro sabe cuándo estar alerta y cuándo volver a descansar?

Porque una mente saludable no es aquella que nunca enfrenta estrés. Es aquella que puede activarse cuando lo necesita y, después de que pasa la amenaza, encontrar nuevamente el camino de regreso a la calma.

Tal vez una de las formas más importantes de cuidar nuestra salud mental sea aprender a reconocer ese momento en el que la alarma ya no nos está protegiendo y ha comenzado a desgastarnos.

Nuestro cerebro fue diseñado para sobrevivir.

También necesita aprender a recuperarse.

Karla Cassio
Maestra en Psicología Humanista | Directora de Fundación DEAS / Especialisita en Neurofeedback

 

Entre Neuronas es un espacio dedicado a acercar la psicología y la neurociencia a la vida cotidiana, con el propósito de comprender mejor nuestra mente y promover una cultura de salud mental basada en evidencia.

 

 

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