El otro lado de la política
Hay guerras que se ganan y, sin embargo, te dejan completamente derrotado.
Esta semana fui a ver la película Odisea. Fueron tres horas de muy buenas escenas y grandes actores que, a pesar de que soy mala para entender el cine, me hicieron pensar que ya hacía falta una película sobre una gran obra como esta.
La obra original de La Odisea la leí en mi adolescencia. Y confieso algo: durante la película, en varios momentos estaba perdida con los personajes y con la línea del tiempo de cada escena.
Y entonces llegó la primera reflexión.
¿Cuántas grandes obras hemos dejado en el olvido? ¿Cuántas cosas creemos conocer simplemente porque alguna vez las leímos, las escuchamos o nos hablaron de ellas?
Al menos yo me sentía orgullosa de decir: “Claro que conozco La Odisea”.
Ver esta película fue un balde de agua fría.
Porque una cosa es conocer una historia y otra muy distinta es entender lo que esa historia tiene que decirte cuando la vida te coloca en el lugar de sus personajes.
Esto me hizopensar en la política.
La película muestra el lado más humano de cada personaje, con sus ángeles y sus demonios, esos que los llevaron a tomar cada decisión. Y ahí me di cuenta que: el peor infierno que vive Odiseo no está en el mar, ni en las guerras, ni en los monstruos que encuentra durante su travesía.
Está en su propia mente.
Odiseo ganó la guerra de Troya, pero su travesía lo lleva a sentir que perdió la guerra consigo mismo y con su familia.
¿Cuántas veces nos pasa lo mismo en política?
Ganamos una elección, conseguimos una posición, alcanzamos un objetivo, vencemos al adversario… y, aun así, algo dentro de nosotros sigue sintiendo que estamos perdiendo.
Porque en política cada decisión tiene un costo.
Sacrificas tiempo. Sacrificas familia. Sacrificas tranquilidad.
Y aunque por fuera parezca que estás avanzando, casi nunca tienes tiempo para disfrutar la victoria, porque cuando termina una guerra ya estás pensando en la siguiente.
Siempre hay otra elección.
Otro objetivo.
Otra batalla.
Otro enemigo.
Y entonces aparecen nuestros propios “Dioses políticos”, aquellos a los que nos encomendamos para navegar contra corriente, enfrentando las adversidades de los tiempos y de las elecciones.
Lo curioso es que cada proceso político también nos convierte en un personaje diferente.
A veces somos Odiseo: quien toma las decisiones, quien conduce, quien asume la responsabilidad y quien debe decidir quién continúa y quién queda en el camino.Pero incluso Odiseo obedecía a los Dioses.
Otras veces somos Sinón: obedecemos sin preguntar, sin conocer completamente la estrategia, sin saber qué hay detrás de la decisión y, muchas veces, terminamos siendo los primeros sacrificados.Sin siquiera saber quién está dentro del caballo.
En otras ocasiones, nuestra hambre de poder nos transforma en cerdos, sin preguntarnos quién preparó el plato.
O nos lanzamos al mar siguiendo el canto de las sirenas, convencidos de que eso que escuchamos es exactamente lo que queremos.
Y algunas veces terminamos siendo ese sexto sacrificio necesario para que todos puedan cruzar el estrecho.
La política puede convertirnos en cualquiera de ellos.
Ese es quizá uno de sus mayores peligros.
Porque mientras estamos ocupados intentando ganar la guerra, podemos olvidar para qué queríamos ganarla.
Y aquí es donde La Odisea deja de ser solamente una gran obra literaria y se convierte en una pregunta incómoda para quienes vivimos la política:
¿De qué sirve llegar a Ítaca si ya no somos capaces de disfrutarla?
Al final, cada libro, cada obra y la misma vida parecen llevarnos al mismo desenlace: descubrir que la verdadera felicidad está en la familia, en disfrutar el tiempo, en entender que la verdadera victoria no siempre es derrotar a alguien más.
A veces la verdadera victoria es simplemente estar en paz contigo mismo.
Porque puedes ser un héroe de guerra y, aun así, estar encerrado en la isla de tu propia mente.
Puedes ganar elecciones, cargos, batallas y reconocimientos.
Puedes tener el aplauso de todos.
Y, sin embargo, perder aquello que realmente valía la pena.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de La Odisea.
Que el viaje más difícil no siempre es regresar a casa.
A veces, el viaje más difícil es volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Y ahora la pregunta que me dejó la película, y que quizá también deberíamoshacernos en la política:
¿Estamos luchando por ganar la guerra… o por tener una vida que valga la pena después de ganarla?
Porque tal vez el verdadero poder no está en conquistar Troya.
Está en no perdernos a nosotros mismos en el camino.