Ahí la llevamos
Hay una pregunta que solemos hacer cuando vemos a una persona mayor enfrentando sola una enfermedad, un trámite o simplemente el paso de los días: ¿dónde están sus hijos?
Creo que estamos haciendo la pregunta equivocada.
La verdadera pregunta es: ¿quién cuida a quienes durante tantos años cuidaron de nosotros?
México está envejeciendo y todavía no terminamos de entender lo que eso significa. No se trata únicamente de pensiones, hospitales o medicamentos. Estamos frente a uno de los grandes desafíos sociales de los próximos años: el cuidado.
El INEGI encontró que 2.5 millones de personas de 60 años y más vivían solas en México. Vivir solo, por supuesto, no significa estar abandonado. Hay adultos mayores independientes, activos y perfectamente capaces de conducir su propia vida. El problema aparece cuando necesitan ayuda y esa ayuda simplemente no está cerca.
El mismo estudio revela algo todavía más duro: entre las personas mayores que viven solas, cuando se les preguntó quién las cuida regularmente cuando enferman, 40.5% respondió que nadie.
Durante décadas resolvimos el cuidado mediante una institución que parecía inagotable: la familia. Los hijos cuidaban a los padres y, dentro de las familias, buena parte de esa responsabilidad terminaba concentrándose particularmente en las mujeres.
Pero las familias cambiaron.
Hoy trabajan los hijos, trabajan las parejas, tenemos familias más pequeñas y millones de personas viven lejos de sus padres. Existe además una generación que simultáneamente está criando a sus hijos y comenzando a cuidar a sus padres.
No necesariamente falta amor. Muchas veces lo que falta es tiempo, dinero, cercanía y una estructura que ayude.
Por eso convertir el envejecimiento en un juicio moral contra los hijos sería demasiado sencillo. El verdadero debate es mucho más profundo: ¿qué estamos construyendo como sociedad para acompañar a las familias que cuidan?
Porque cuidar no solamente significa comprar medicamentos.
Cuidar es llevar a alguien al médico, ayudarle con un trámite digital, acompañarlo al banco, salir a caminar, escuchar una historia que quizá ya escuchamos cinco veces o simplemente sentarnos a tomar un café.
Y también significa cuidar al cuidador.
Miles de familias sostienen silenciosamente durante años el cuidado de una persona mayor, pagando un costo económico, físico y emocional que pocas veces aparece en las políticas públicas.
Por eso necesitamos comenzar a pensar el cuidado desde tres espacios: familia, comunidad y gobierno.
No necesariamente necesitamos otra enorme estructura burocrática. Necesitamos soluciones cercanas: centros de día, redes comunitarias de acompañamiento, servicios de salud y trámites accesibles, espacios públicos adecuados y programas que permitan detectar a quienes viven solos y necesitan apoyo.
Los municipios particularmente tienen una oportunidad enorme porque son el gobierno que vive más cerca de las personas.
Antes de pensar en otro gran programa, podríamos comenzar preguntando algo elemental: ¿sabemos cuántos adultos mayores viven solos en nuestras colonias? ¿Sabemos quién necesita ayuda para llegar al médico? ¿Quién lleva días sin recibir una visita? ¿Quién tiene dificultades para realizar un trámite que decidimos digitalizar?
Hablamos mucho de ciudades inteligentes. Quizá deberíamos empezar a hablar de ciudades humanas.
Porque pareciera que estamos construyendo una sociedad diseñada exclusivamente para quien puede correr: para quien entiende una aplicación, tiene automóvil, utiliza banca electrónica, puede esperar de pie y sabe resolver prácticamente cualquier cosa desde un teléfono.
¿Y quien ya no puede?
Una sociedad moderna no puede considerar invisible a alguien simplemente porque dejó de ser productivo para su economía.
Además, hay una realidad inevitable que debería eliminar cualquier indiferencia: si tenemos suerte, todos vamos hacia allá.
Algún día caminaremos más despacio. Algún día probablemente no entenderemos la tecnología que nuestros hijos utilizarán con absoluta naturalidad. Algún día necesitaremos que alguien nos acompañe, nos explique algo dos veces o simplemente nos pregunte cómo estamos.
Por eso discutir hoy sobre nuestros adultos mayores es discutir sobre la sociedad en la que nosotros mismos queremos envejecer.
Podemos presumir carreteras, edificios, inversiones, tecnología y crecimiento económico. Todo eso importa.
Pero existe otra medida, mucho más humana, para saber qué clase de sociedad construimos: cómo tratamos a las personas cuando dejan de ser útiles para nuestros indicadores.
Quienes hoy caminan despacio alguna vez caminaron rápido por nosotros.
Quienes hoy necesitan que los llevemos de la mano alguna vez nos enseñaron a caminar.
El envejecimiento no debería convertirse en invisibilidad.
Y el cuidado no debería depender exclusivamente de tener dinero, buenos hijos o la suerte de que alguien tenga tiempo.
Porque al final la pregunta no es solamente quién está cuidando hoy a nuestros padres y abuelos.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿quién queremos que nos cuide cuando los viejos seamos nosotros?
Walter Schädtler Contreras