La familia: ese lugar al que a veces todavía podemos volver

No existen familias perfectas. Existen vínculos capaces de sostenernos cuando la vida pesa. Por Dr. José Mauricio López López   Durante mucho tiempo pensamos en la familia como una estructura casi inamovible: padres, hijos, abuelos, hermanos, una casa y determinadas costumbres compartidas. Hoy las familias tienen muchas formas. Hay familias extensas, monoparentales, reconstituidas, adoptivas; parejas sin hijos; abuelos que crían; hermanos que terminan cuidándose unos a otros y vínculos que, sin compartir sangre, han construido una pertenencia profundamente familiar. Tal vez por eso resulte necesario preguntarnos nuevamente: ¿Qué hace que una familia sea familia? La respuesta probablemente no esté solamente en el parentesco. Está también en algo mucho más profundo: la posibilidad de encontrar sostén. Antes de conocer el mundo, conocimos un vínculo Donald Winnicott comprendió algo fundamental: un ser humano no comienza su existencia siendo capaz de sostenerse por sí mismo. Necesitamos un ambiente que nos reciba. Alguien que alimente, proteja, nombre, mire, espere. Alguien que pueda decirnos, mucho antes de que comprendamos las palabras: “Puedes existir aquí.” La familia constituye, para muchas personas, ese primer territorio. Allí aprendemos algo acerca del amor, pero también del conflicto. Aprendemos a esperar. A compartir. A frustrarnos. A reparar. A descubrir que los demás no existen exclusivamente para satisfacer nuestros deseos. Por eso la familia no solamente nos protege del mundo. También comienza a prepararnos para vivir en él. Sostener no significa evitar el dolor Existe una idea equivocada acerca de las familias saludables: pensar que son aquellas donde nunca existen problemas. No es así. Todas las familias atraviesan desacuerdos, enfermedades, dificultades económicas, pérdidas, separaciones, silencios, envejecimiento y momentos en que alguno de sus integrantes no sabe cómo continuar. Una familia suficientemente buena no es aquella donde nada doloroso sucede. Es aquella donde, cuando algo sucede, nadie tiene necesariamente que atravesarlo completamente solo. A veces el sostén consiste en resolver. Pero muchas otras veces consiste simplemente en permanecer. Sentarse al lado de alguien. Preparar comida cuando el otro no tiene fuerzas. Acompañarlo a una consulta. Escuchar la misma historia por tercera vez. Cuidar a los niños mientras alguien resuelve una crisis. Preguntar: “¿Cómo estás?” y quedarse el tiempo suficiente para escuchar una respuesta verdadera. La familia como memoria Hay además otra función silenciosa de la familia. Nuestra familia guarda partes de nuestra historia que nosotros mismos hemos olvidado. Alguien recuerda cómo éramos de niños. Quién nos cargaba. Qué nos daba miedo. Cómo pronunciábamos ciertas palabras. Quién faltó aquel día. Qué ocurrió cuando enfermamos. Qué soñábamos ser. Los seres humanos necesitamos continuidad. Necesitamos sentir que nuestra vida no comenzó esta mañana. Y la familia, cuando puede cumplir esa función, se convierte en una especie de memoria compartida de nuestra existencia. Quizá por eso la muerte de los padres y los abuelos puede conmovernos de una manera tan particular. No solamente perdemos a una persona querida. En ocasiones perdemos también a alguien que recordaba una parte de nosotros que nadie más conoció. Pero la familia también puede herir Hablar de la importancia de la familia no significa idealizarla. Hay familias donde aquello que debía proteger produjo miedo. Donde existió violencia. Abandono. Adicciones. Humillación. Abuso. Control. Secretos que enfermaron generaciones. Y existen circunstancias en las que tomar distancia de determinados familiares constituye una forma legítima de protección. Reconocer la importancia psíquica de la familia no obliga a permanecer en vínculos destructivos. Ésta es una distinción fundamental. Podemos reconocer de dónde venimos sin justificar todo lo que ocurrió allí. Podemos amar a alguien y establecer límites. Podemos agradecer una parte de nuestra historia y cuestionar otra. Incluso podemos construir posteriormente, con otras personas, aquello que nuestra familia de origen no pudo ofrecernos. Cuando la vida adulta nos hace olvidar Existe, sin embargo, otro fenómeno. No siempre nos alejamos de la familia porque haya existido daño. A veces simplemente comenzamos a vivir demasiado deprisa. Trabajo. Tráfico. Compromisos. Mensajes. Pendientes. Hijos. Problemas. Pantallas. Y lentamente comenzamos a sustituir presencia por comunicación. El grupo familiar de WhatsApp está activo todos los días, pero quizá hace meses que no nos sentamos realmente a conversar. Sabemos lo que nuestros padres hicieron esta mañana, pero no sabemos qué les preocupa últimamente. Mandamos una fotografía. Un emoji. Un “cuídate”. Y sentimos que estuvimos cerca. Pero estar comunicados no necesariamente significa estar vinculados. Quizá deberíamos volver antes de necesitar volver Con frecuencia redescubrimos el valor de la familia cuando aparece una crisis. Una enfermedad. Una separación. Una pérdida económica. Una muerte. Entonces regresamos. Y descubrimos que algunas personas que parecían estar en los márgenes de nuestra vida seguían formando parte de sus cimientos. Tal vez no deberíamos esperar siempre al dolor para reencontrarnos. Quizá algunas llamadas deberían hacerse antes. Algunas visitas. Algunas comidas. Algunas preguntas. No porque la familia deba convertirse en obligación permanente, sino porque los vínculos también necesitan cuidado. El amor supuesto no siempre es amor expresado. El verdadero sostén Una familia que sostiene no es aquella que impide que sus integrantes se marchen. Es aquella que les permite crecer sin convertir la separación en traición. No dice: “Sin nosotros no puedes.” Dice: “Ve. Construye tu vida. Y recuerda que aquí existe un vínculo.” Tal vez ésa sea una de las formas más maduras del amor familiar: ofrecer raíces sin impedir las alas. Porque llegará un momento en que la casa donde crecimos cambiará. Los hijos se marcharán. Los padres envejecerán. Algunas sillas quedarán vacías. Y comprenderemos que aquello que llamábamos familia nunca fue solamente una casa. Fueron las personas. Los gestos. Las conversaciones. Los cuidados. Las historias repetidas alrededor de una mesa. La certeza de que, en algún momento de nuestra vida, alguien estuvo allí. Quizá por eso vale la pena preguntarnos, mientras todavía tenemos tiempo: ¿A quién de nuestra familia hemos dejado para “después”, suponiendo que siempre estará ahí?   Dr. José Mauricio López López Psicólogo Clínico · Psicoterapeuta · Psicoanalista  
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