Entre Neuronas
¿Por qué nuestro cerebro recuerda más los malos momentos que los buenos?
¿Alguna vez ha recibido diez comentarios positivos y uno negativo? Lo curioso es que, al llegar a casa, probablemente recordó el negativo.
O quizá ha disfrutado de unas vacaciones maravillosas, pero basta un contratiempo para que ese sea el recuerdo que más permanece en su mente.
No es falta de gratitud ni una actitud pesimista. Es, en gran medida, la forma en que funciona nuestro cerebro.
Desde la perspectiva de la evolución, el cerebro humano no fue diseñado para hacernos felices; fue diseñado para mantenernos con vida. Durante miles de años, nuestros antepasados sobrevivieron porque desarrollaron una extraordinaria capacidad para detectar peligros. Quien ignoraba el ruido entre los arbustos podía convertirse en la cena de un depredador. Quien lo detectaba a tiempo tenía mayores posibilidades de sobrevivir.
Ese sistema de alerta sigue funcionando en nosotros, aunque los peligros hayan cambiado.
Hoy las amenazas rara vez son animales salvajes. En su lugar aparecen problemas económicos, conflictos familiares, exceso de trabajo, incertidumbre o una noticia preocupante. Sin embargo, nuestro cerebro responde de manera muy similar: dirige gran parte de su atención hacia aquello que considera un riesgo.
A este fenómeno los psicólogos lo llaman sesgo de negatividad. Significa que nuestro cerebro da más importancia a las experiencias negativas que a las positivas.
Piense en una hoja de papel completamente blanca con un pequeño punto negro en el centro. Cuando la mostramos, la mayoría de las personas habla del punto negro y casi nadie menciona la enorme superficie blanca que lo rodea. Con nuestra mente suele ocurrir algo parecido: prestamos más atención a aquello que falta, duele o preocupa que a todo lo que sí está funcionando.
Este sesgo también explica por qué una crítica puede doler más que varios elogios, por qué una discusión puede arruinar un día entero o por qué recordamos con tanta claridad experiencias desagradables ocurridas hace muchos años.
Desde la neurociencia sabemos que las emociones intensas favorecen que ciertos recuerdos se almacenen con mayor fuerza. El cerebro interpreta esas experiencias como información valiosa para evitar futuros peligros. En términos de supervivencia, recordar aquello que nos hizo daño tiene sentido.
El problema aparece cuando esa capacidad comienza a dominar nuestra vida diaria.
Si constantemente prestamos atención a las amenazas, el cerebro termina convencido de que el mundo es un lugar mucho más peligroso de lo que realmente es. Poco a poco vivimos en estado de alerta, aumenta el estrés y se vuelve más difícil disfrutar los momentos agradables.
La buena noticia es que, aunque este sesgo forma parte de nuestra biología, no estamos condenados a vivir bajo su influencia.
Podemos entrenar nuestra atención.
No se trata de ignorar los problemas ni de obligarnos a pensar de manera positiva todo el tiempo. Se trata de darle también espacio a las experiencias agradables que muchas veces pasan desapercibidas.
Detenernos unos segundos para disfrutar una conversación, reconocer un logro, agradecer un gesto amable o simplemente observar un atardecer puede parecer algo pequeño. Sin embargo, cuando estas experiencias reciben nuestra atención consciente, el cerebro comienza a registrarlas con mayor facilidad.
La psicología y la neurociencia coinciden en que aquello a lo que prestamos atención moldea, poco a poco, la forma en que percibimos el mundo.
Quizá por eso una de las habilidades más valiosas no consiste en eliminar los problemas, sino en aprender a mirar también todo aquello que, aun en medio de las dificultades, sigue dando sentido a nuestra vida.
Nuestro cerebro seguirá buscando el punto negro. Es parte de su naturaleza. Pero nosotros podemos enseñarle a no olvidar el resto de la hoja.
Karla Cassio
Maestra en Psicología Humanista | Directora de Fundación DEAS / Especialisita en Neurofeedback
Entre Neuronas es un espacio dedicado a acercar la psicología y la neurociencia a la vida cotidiana, con el propósito de comprender mejor nuestra mente y promover una cultura de salud mental basada en evidencia.