¿Lo dije o lo pensé?
Alan Capetillo regresa este semestre a las aulas de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Su nombre vuelve acompañado de la polémica que lo ha seguido durante años y, seguramente, su reincorporación no dejará conformes a todos. Es entendible. Hay quienes rechazan abiertamente sus posturas y su manera de expresarlas. Otros consideran que fue tratado injustamente. Pero una decisión universitaria no debería depender de simpatías.
A inicios de 2020,las entonces autoridades universitarias lo separaron temporalmente de sus clases. Se trató de una medida cautelar mientras se realizaba una investigación, no de una sanción definitiva. Hasta donde se conoce públicamente, el procedimiento no concluyó con una resolución que acreditara alguna conducta sancionable. Tampoco se conoce una determinación de alguna autoridad externa que lo haya responsabilizado por hechos relacionados con su labor docente.
Esto no borra sus expresiones ni obliga a nadie a compartirlas. Capetillo es un personaje polémico. Suele hablar con dureza, provoca reacciones y ha utilizado palabras que algunas personas consideran ofensivas. Todo eso puede discutirse y criticarse. Lo que no se debe hacer es convertir ese rechazo en una sentencia que ninguna autoridad ha dictado ni utilizarlo, por sí solo, para limitar su libertad de expresión.
La presunción de inocencia y el debido proceso tienen sentido precisamente cuando se aplican a alguien que genera incomodidad. Defenderlos únicamente para las personas con las que coincidimos resulta muy sencillo. Si no se acreditó una falta y no existe una sanción vigente, mantenerlo apartado indefinidamente habría sido, en los hechos, una sanción sin resolución que la respaldara. En esas condiciones, su regreso resulta razonable, siempre que cumpla los mismos requisitos académicos y laborales exigidos a cualquier otro profesor.
Su reincorporación tampoco significa que la Universidad avale cada una de sus opiniones. La presencia de un docente en las aulas no implica que la institución adopte sus posiciones políticas, religiosas o personales. Por su vocación de apertura al conocimiento y a la libertad de expresión, la Universidad debe valorar su preparación, experiencia y desempeño dentro del aula, no exigir que sus ideas se ajusten a una línea predeterminada. Ahí es donde corresponde evaluar a Capetillo, con los mismos criterios utilizados para el resto del personal académico.
Por supuesto, él también tiene una responsabilidad considerable. Sus estudiantes tienen derecho a recibir una enseñanza seria, respetuosa y libre de cualquier forma de hostigamiento o discriminación. La libertad de cátedra permite debatir ideas incómodas, pero no autoriza abusos derivados de la posición de autoridad del profesor. Si se presenta alguna conducta indebida, deberá investigarse con pruebas, plazos claros y derecho de defensa. Ni encubrimiento ni condena anticipada.
Este regreso será una prueba de madurez para toda la comunidad universitaria. Se puede estar en desacuerdo con Alan Capetillo, cuestionar sus ideas e incluso debatirlas abiertamente. Lo que no corresponde es impedirle trabajar por acusaciones que no terminaron en responsabilidad comprobada.
Desde esta semana deberá ser evaluado por lo que haga en las aulas. Con rigor, sin privilegios y bajo las mismas reglas que cualquier otro docente. La polémica puede acompañar a una persona durante muchos años, pero no sustituye una resolución ni puede convertirse en una sanción permanente.