Atonal- aquello que no sigue un tono específico, sino que cambia, varía. A veces atina y otras desafina. Cuando hablamos de películas, podemos detectar un tono determinado: serio, cómico, solemne, irreverente.
Veamos en cuál categoría entra El Final de la Calle Oak.
Principio de los años 80. En un suburbio gringo, los vecinos sacan sus asadores, los niños andan en bicicleta. Es un día relajado en pueblito-chico-América. Pero no para la familia Platt; Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor) tienen problemas maritales y de dinero. Pronto, eso será lo de menos.
Este filme intriga desde el inicio; pese a que las escenas se sienten genéricas, hay un tris diferenciador en lo que estamos viendo. Algo en lo que no podemos poner el dedo.
Una parte es estética, se hace una buena reconstrucción de la época: la colorimetría de naranjas y ocres deslavados, peinados, vestuario, coches y cocinas; una cámara sobre expuesta como visor de foto vieja. Es familiar, pero incide un mini barniz de intranquilidad.
Luego están los diálogos, que parecieran ser intencionalmente estereotipados. Como de sitcom estadounidense.
Es por eso que, cuando surgen peligros constantes en forma de creaturas prehistóricas, nos imaginamos que este tono ligeramente excéntrico pero innocuo, pervivirá: que lo que viene es un Jumanji, o quizá, un Jurassic Park más audaz, pero no. Las cosas escalan para mal.
Y de pronto, parece que estamos viendo una cinta de terror, mezclada con ciencia ficción. Un Parque Jurásico muy, pero muy, dark. Y después de todo este viaje, de sablazo, otro cambio tonal.
Termina la película y estamos algo perplejos: ¿qué fue esto? No es entretenimiento familiar (de verdad, no lleven a los niños). El género y tesitura da bandazos, entre drama, acción, comedia y, sí, horror. Un tono indefinido, más que atonal. Pero vaya que tendrán de qué hablar.