Bajo presión
El PRI de Aguascalientes acaba de renovar su dirigencia estatal, y lo hizo de la única manera que sabe: reeligiendo. Kendor Macías se queda al frente del comité para el periodo 2026–2030, y con ese gesto el partido tricolor confirma su verdadera prioridad: sostener la marca, no le importa recuperar credibilidad ni territorio, no le interesa reconstrucción alguna, sólo apuesta a la administración de la decadencia, con toda la disciplina burocrática que ese oficio exige.
El origen de este mal no nació en Aguascalientes, sólo ocurrió que el Revolucionario Institucional nunca entendió el país que hizo llegar al poder a Andrés Manuel López Obrador, perdió el centro del tablero, perdió el relato que lo sostuvo durante décadas y, sobre todo, dejó de hacer lo único que garantiza el futuro de un partido: formar cuadros. Un partido que no forma cuadros no tiene relevo que ofrecer, cuando mucho tiene nostalgia administrada por los mismos de siempre. No basta creer que todo mexicano tiene un priista interno, que es una tradición pensar como tricolor o las explicaciones insulsas de Vicente Fox acerca de cómo se olvidó a los pobres.
En Aguascalientes, las encuestas confirman el síntoma. Con apenas 5.8–6.4% de intención de voto y un 83.9% de indecisión sobre quién debería encabezar su candidatura a la gubernatura, el PRI ejemplifica la irrelevancia competitiva. Sí, sobrevivirá a 2027, gracias a la representación proporcional y a las sobras que le deje una alianza con el PAN, si es que ésta sobrevive también. Pero sobrevivir no es competir, y mucho menos gobernar. Son acciones de familias distintas, y el PRI lleva años conjugando sólo el primero.
La dirigencia saliente presume que el partido creció de 35 mil votos en 2022 a 50 mil en 2024. El dato es real, la conclusión que quieren sacar, no. Ese crecimiento es cosmético en una entidad donde Acción Nacional domina con porcentajes arriba del 40% y Morena avanza a pesar de sí mismo. Anuncian trabajo territorial, afiliación permanente, relevo generacional, la misma palabrería pronunciada en ciclos anteriores y que no produjo nada verificable. El PRI no se está reconstruyendo, se aferra al respirador artificial, porque mantenerse con vida sin formar cuadros nuevos es, en realidad, la forma más lenta de dejarse morir.
A la decadencia estructural nacional del PRI se suma, en Aguascalientes, un fenómeno que no la origina pero sí la acelera: el teresismo. La gobernadora Teresa Jiménez construyó una operación política tan astuta como indiferente a las identidades partidistas, una que coopta voluntades individuales sin importar el color de su partido. La clase política local es tan mediocre que priistas, perredistas y panistas prefieren acomodarse en la nómina gubernamental que defender su militancia. El teresismo no explica por qué el PRI perdió el rumbo a nivel nacional, explica por qué en Aguascalientes perderlo sale más caro que en cualquier otra entidad.
Tere Jiménez no es una operadora cualquiera. Es la primera mujer gobernadora de Aguascalientes, sostiene una aprobación alta, constante, y sabe administrar el poder. El resultado es un ecosistema donde los partidos tradicionales pierden identidad no por cálculo partidista, sino por cálculo personal de los actores políticos. Para un PRI que ya arrastraba el problema de no formar cuadros propios, encontrar que sus pocos cuadros disponibles prefieren migrar al proyecto de otro gobierno es, sencillamente, la puntilla.
En este escenario, el registro de Tagosam Salazar como aspirante a la dirigencia marcó, por fin, un punto de inflexión. Junto con Lucía Armendáriz, el exregidor denunció las anomalías de siempre: un examen citado sin hora ni lugar, documentación del CEN que nunca llegó, condiciones desiguales entre aspirantes. “Para recuperar el triunfo, se requiere piso parejo”, dijo, invocando el mandato de equidad que la dirigencia nacional pregona y rara vez practica.
Tagosam ofreció una plataforma de inclusión, apertura y diálogo permanente, prometiendo romper con el burocratismo interno. No ganó, pero su fórmula visibilizó algo más interesante que su derrota: una corriente de priistas que sí quiere hacer política, con seguidores, influencia y algo de poder real. Esa corriente, aunque perdió esta ronda, es la única semilla visible de una renovación futura, la única señal en años, de que alguien dentro del partido está dispuesto a disputar algo distinto a un cargo.
La ironía es que el propio disidente llega contaminado. Su experiencia como regidor durante los dos periodos de Jiménez Esquivel al frente del municipio lo coloca dentro del ecosistema teresista, si algún día quiere encabezar la renovación del partido no le bastará con vencer al CEN o distanciarse del teresismo: tendrá que enfrentar, sobre todo, a los propios políticos locales del PRI, más interesados en su carrera individual que en la reconstrucción del partido como una opción real de gobierno. Esa es la batalla más difícil, porque contra el CEN se puede litigar; contra el interés de carrera ajeno, casi nunca.
El dilema de fondo es viejo y sigue sin resolverse: el PRI local se volvió comparsa del PAN en las últimas elecciones. Las alianzas que llevaron a Tere Jiménez a sus distintos gobiernos le dieron al tricolor algunos cargos, no identidad ni base propia; ahora que el PAN evalúa si le conviene sostener la alianza o construir perfiles propios, el PRI se queda sin palanca, sin candidato con reconocimiento, sin estructura municipal viva, sin narrativa que lo distinga de nada. Es la misma falta de cuadros propios, otra vez, mostrando sus consecuencias en un terreno distinto.
La dirigencia nacional priista ha dicho que el PRI impulsará candidaturas propias si no hay acuerdos. En Aguascalientes, mientras tanto, la dirigencia local repite que “una oposición unida puede vencer a Morena”, sin considerar en absoluto el panorama local, sólo se repite el diagnóstico nacional, sin ver la debilidad real del partido en el Lunar Azul, que necesita la alianza para sobrevivir y, al mismo tiempo, esa misma alianza le impide crecer por cuenta propia.
Pesa además la poca importancia que el CEN nacional le concede a Aguascalientes. La presencia de Jorge Meade en el registro de fórmulas fue protocolaria. Nada indica que el nivel nacional esté invirtiendo capital político real en la entidad. El CEN siempre termina imponiendo dirigencias, lo que confirma que Aguascalientes no figura en ninguna prioridad estratégica del priismo nacional. Un partido que no forma cuadros en el centro tampoco los cuida en la periferia; es, otra vez, el mismo síntoma.
El PRI en Aguascalientes sobrevivirá a 2027, pero pagará el precio de un camino largo para recuperar militancia y votos. La reelección administrativa de Kendor Macías no ofrece ninguna señal de que la reconstrucción sea el propósito. Si la dirigencia entrante no comprende que administrar la decadencia no es lo mismo que dirigir un partido, el tricolor seguirá siendo una fuerza testimonial, conservará registro y oficinas, quién sabe si el edificio, pero habrá perdido lo único que justifica a un partido: la posibilidad de disputar el poder.
El verdadero reto para la corriente que Tagosam Salazar visibilizó no es recuperar estructura territorial o votos. Es demostrar con hechos, no con comunicados, que el PRI puede volver a formar cuadros propios, capaces de disputarle relevancia al PAN y resistir la gravedad del teresismo sin disolverse en él, de lo contrario, seguirá sobreviviendo, pero nunca volverá a competir.
La duda está en si el PRI puede sobrevivir al reto de desligarse del teresismo justo en el momento en que la gobernadora tendrá que decidir hacia dónde apunta su maquinaria: si hacia la construcción de un relevo propio o hacia la simple prolongación de su influencia a través de otro nombre. Cuando ese poder de movilización deje de operar para Teresa Jiménez y empiece a operar para su candidato, el PRI tendrá, por fin, la prueba real de si puede caminar solo. Hasta ahora, ha preferido no averiguarlo.
Coda. El PRI ya no nada de muertito: está eligiendo el estilo en que se va a clavar en su ataúd.
@edilbertoaldan