Opinión
Quizá confundimos independencia con soledad
Por Dr. José Mauricio López López
Nos enseñaron que necesitar a alguien era una debilidad.
Aprendimos a decir “yo puedo solo”, a sentir orgullo por no pedir ayuda y, más recientemente, a repetir frases que parecen haberse convertido en principios de salud emocional: no dependas de nadie, primero tú, si no suma, que no reste, no esperes nada de nadie.
Parecen expresiones de fortaleza. Y algunas veces lo son. Establecer límites, abandonar relaciones destructivas y aprender a sostenerse son conquistas importantes de la vida adulta.
El problema comienza cuando hacemos de la autosuficiencia una forma de no volver a necesitar.
Porque una cosa es aprender a estar solo y otra muy distinta necesitar no depender jamás de nadie.
Nacemos necesitando
La psicología profunda nos recuerda algo incómodo para una cultura obsesionada con la autonomía: ninguno de nosotros comenzó siendo independiente.
Donald Winnicott sostenía que no podemos pensar al bebé separado del ambiente que lo sostiene. Antes de poder calmarnos, alguien tuvo que calmarnos. Antes de comprender nuestras emociones, alguien tuvo que recibirlas. Antes de aprender a esperar, necesitamos experimentar que alguien regresaba.
John Bowlby mostró, desde la teoría del apego, que buscar proximidad y seguridad en otros no constituye una falla del desarrollo. Forma parte de nuestra condición humana.
Paradójicamente, una autonomía suficientemente saludable no nace de haber aprendido que no necesitamos a nadie.
Nace de haber podido necesitar sin que aquello resultara peligroso.
Cuando necesitar dolió
Pero no todas las historias fueron así.
Hay personas que aprendieron muy temprano que pedir no garantizaba recibir.
Niños que dejaron de llorar porque nadie acudía.
Otros que aprendieron a no preocupar a sus padres.
Hijas e hijos que tuvieron que ser maduros demasiado pronto.
Personas que descubrieron que mostrar vulnerabilidad podía terminar en rechazo, burla, abandono o decepción.
Entonces aparece una solución extraordinariamente inteligente:
“No necesitaré.”
En algún momento de la vida, esa decisión pudo proteger.
El problema es que las defensas que nos salvaron durante la infancia pueden convertirse en las cárceles de nuestra vida adulta.
Aquella niña que aprendió a resolver todo sola puede convertirse en una mujer incapaz de pedir ayuda.
El niño que decidió no mostrar tristeza puede convertirse en un hombre que no encuentra palabras cuando necesita consuelo.
Y ambos pueden ser admirados por su fortaleza mientras, silenciosamente, viven profundamente solos.
La autosuficiencia también puede ser una defensa
Desde el psicoanálisis sabemos que no todo aquello que parece fortaleza necesariamente lo es.
A veces detrás del “no necesito a nadie” existe una frase que nunca pudo pronunciarse:
“Alguna vez necesité mucho a alguien y me dolió demasiado.”
Por eso algunas personas se retiran antes de ser abandonadas.
No piden para no recibir un no.
No esperan para no decepcionarse.
No se entregan completamente para conservar siempre una salida.
Dicen sentirse libres, pero necesitan controlar permanentemente la distancia con los demás.
La paradoja es dolorosa: para evitar nuevamente el sufrimiento de perder un vínculo, terminan evitando la posibilidad de construirlo.
Una época que celebra la desconexión
Las redes sociales han contribuido también a convertir ciertas defensas emocionales en consignas.
“Aléjate de todo lo que no te dé paz.”
Suena razonable.
Pero ninguna relación humana significativa nos dará paz permanentemente.
Amar implica también frustrarse.
Ser amigo significa alguna vez decepcionar y ser decepcionado.
Construir pareja exige negociar diferencias.
Tener familia supone encontrarnos con contradicciones.
La madurez emocional no consiste en eliminar de nuestra vida a toda persona que nos incomoda.
Consiste también en aprender a distinguir entre aquello que verdaderamente nos daña y aquello que simplemente nos confronta con la inevitable alteridad del otro.
No todo conflicto es toxicidad.
No toda dependencia es patológica.
No toda incomodidad significa que debamos marcharnos.
Poder necesitar sin desaparecer
Quizá la verdadera autonomía sea algo mucho más complejo.
Poder decir:
Te necesito, pero no necesito dejar de ser yo para estar contigo.
Poder amar sin poseer.
Pedir sin exigir.
Recibir sin sentirse endeudado.
Estar solo sin sentirse abandonado.
Estar acompañado sin sentirse atrapado.
Y también poder marcharse cuando permanecer significa destruirse.
Eso es muy distinto de no necesitar a nadie.
Una persona emocionalmente madura no es aquella que ha eliminado su necesidad de los demás. Es aquella que puede reconocerla sin avergonzarse y sin convertir al otro en responsable absoluto de su existencia.
Tal vez necesitamos recuperar una palabra
Interdependencia.
No dependencia absoluta.
Tampoco independencia absoluta.
Interdependencia.
Reconocer que somos individuos, pero también seres profundamente relacionales.
Que necesitamos momentos de soledad y momentos de encuentro.
Que podemos sostenernos y también dejarnos sostener.
Que algunas veces seremos refugio y otras necesitaremos encontrar refugio en alguien.
Quizá crecer no consista en llegar al día en que podamos decir:
“Ya no necesito a nadie.”
Quizá crecer sea poder mirar a otra persona y decir:
“Podría continuar mi camino sin ti, pero eso no significa que tu presencia no sea importante para mí.”
Porque necesitar no siempre es dependencia.
Pedir ayuda no siempre es fragilidad.
Y permitir que alguien nos acompañe no significa haber fracasado en el intento de sostener nuestra propia vida.
A veces, después de pasar tantos años aprendiendo a ser fuertes, el verdadero desafío comienza cuando descubrimos que también podemos permitirnos ser acompañados.
Y entonces queda una pregunta:
¿Cuántas veces hemos llamado independencia a aquello que, en el fondo, era miedo a volver a necesitar?
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico · Psicoterapeuta · Psicoanalista