Cuando hablamos del éxito automotriz de Aguascalientes casi siempre pensamos en inversiones, exportaciones, nuevas plantas y empleos. Hay razones para hacerlo. Desde la llegada de Nissan en 1982, la industria automotriz transformó el perfil económico del estado y convirtió a Aguascalientes en uno de los principales polos manufactureros del país. Hoy, con el impulso del nearshoring, el Bajío vuelve a figurar entre las regiones más atractivas para la inversión internacional.
Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿cómo están las personas que sostienen ese éxito todos los días?
Durante décadas medimos la competitividad de la industria por el número de vehículos ensamblados, la eficiencia de las líneas de producción o la capacidad para atraer nuevas inversiones. Esos indicadores siguen siendo importantes, pero ya no bastan. La siguiente ventaja competitiva pasa por algo mucho menos visible: el bienestar emocional de quienes hacen posible esa producción.
Durante mucho tiempo el estrés laboral se asumió como parte del trabajo. En una industria tan demandante como la automotriz, parecía normal terminar agotado. Sin embargo, una cosa es enfrentar periodos de alta exigencia y otra, muy distinta, convertir el desgaste permanente en parte de la cultura laboral.
México figura reiteradamente en encuestas y reportes internacionales entre los países con mayores niveles de estrés laboral, y es también uno de los países de la OCDE con las jornadas de trabajo más extensas. El sector automotriz reúne varios de los factores que explican ese desgaste: jornadas prolongadas, rotación entre turnos, objetivos de producción cada vez más exigentes y la incertidumbre propia de un entorno económico que cambia con rapidez.
Cerrar los ojos frente a esa realidad ya no le conviene a nadie. No le conviene a las empresas que buscan mantenerse competitivas en un mercado global; tampoco a los sindicatos, cuya legitimidad ya no se mide únicamente por la negociación salarial, sino por su capacidad para defender integralmente la calidad de vida de las personas trabajadoras.
Existe además un marco normativo que obliga a actuar. La NOM-035-STPS-2018 establece la responsabilidad de identificar, prevenir y atender los factores de riesgo psicosocial dentro de los centros de trabajo. Sería un error verla únicamente como un trámite administrativo. Bien aplicada, representa una oportunidad para construir ambientes laborales más saludables y, paradójicamente, también más productivos.
Porque productividad y bienestar no son conceptos opuestos. Durante mucho tiempo se plantearon como si hubiera que elegir entre uno y otro. La evidencia apunta en sentido contrario: un trabajador que descansa, que encuentra espacios para expresar problemas y que percibe que su empresa y su sindicato lo escuchan, suele permanecer más tiempo en su empleo, comprometerse más con su trabajo y aportar mejores resultados.
En Aguascalientes este debate ya comenzó. Diversas voces del sector han advertido que el cumplimiento de la NOM-035 sigue siendo desigual entre armadoras y empresas proveedoras, mientras que el síndrome de desgaste profesional continúa presente entre operarios y personal técnico. Son señales que conviene atender antes de que terminen reflejándose en mayor rotación, ausentismo o pérdida de talento especializado.
También vale la pena hacer una precisión. Estrés laboral y burnout no son sinónimos. El primero puede ser una respuesta natural ante momentos de alta presión; el segundo, reconocido por la Organización Mundial de la Salud como un fenómeno ocupacional, es el resultado de un estrés crónico que nunca fue atendido. La diferencia no es menor: entenderla permite diseñar políticas preventivas en lugar de limitarse a reaccionar cuando el problema ya está instalado.
El sindicalismo enfrenta aquí una oportunidad que durante años pasó inadvertida. Negociar mejores salarios y prestaciones seguirá siendo una de sus funciones esenciales, pero hoy también está llamado a impulsar condiciones laborales que protejan la salud física y emocional de las personas trabajadoras. Esa agenda no debilita a la industria; por el contrario, la fortalece.
Las plantas podrán incorporar nuevas tecnologías, automatizar procesos o invertir millones de dólares en equipos de última generación. Lo que difícilmente podrán reemplazar es la experiencia, el compromiso y el conocimiento de una persona que terminó agotándose en un entorno que nunca aprendió a cuidarla.
Quizá por eso ha llegado el momento de ampliar la conversación sobre competitividad. Ya no basta con preguntar cuántos vehículos produce una planta o cuánto exporta una región. También habría que preguntarnos qué tan capaces somos de construir espacios de trabajo donde producir más no implique desgastar más.
Porque, al final, el verdadero motor de la industria automotriz no está en las líneas de ensamblaje. Está en las personas que, todos los días, las ponen en marcha. Cuidarlas no es un gesto de buena voluntad ni una concesión sindical: es una decisión estratégica para asegurar el futuro de una industria que ha definido el desarrollo económico de Aguascalientes durante más de cuatro décadas.
Autor: Fernando Lozano