Ahí la llevamos
El CECOT de El Salvador se ha convertido en una de las imágenes más poderosas de la lucha contra el crimen en América Latina. Miles de personas encarceladas, controles extremos, disciplina y un Estado que decidió recuperar por la fuerza espacios que durante años estuvieron dominados por la violencia.
El modelo genera admiración y críticas. Pero quizá estamos concentrando la discusión en la parte final del problema.
Porque una cárcel entra en acción cuando prácticamente todo lo demás ya ocurrió.
Ya hubo un delito. Ya hubo una víctima. Ya hubo violencia. Entonces aparece el Estado para detener, procesar, sentenciar y encarcelar.
Y debe hacerlo.
Quien comete un delito debe enfrentar las consecuencias. Entender las causas de la violencia no significa justificar al delincuente. Significa intentar evitar que aparezca el siguiente.
Ahí está, desde mi perspectiva, una de las grandes discusiones pendientes en México.
La seguridad tiene dos piernas: justicia y prevención.
Sin embargo, durante años hemos concentrado buena parte de la conversación en una sola. Cuando hablamos de seguridad pensamos inmediatamente en policías, patrullas, cámaras, fiscalías, sentencias y cárceles.
Todo eso es necesario.
Pero también es seguridad evitar que un niño abandone la escuela, atender una adicción a tiempo, intervenir ante la violencia familiar, recuperar un espacio público, ofrecer atención a la salud mental, generar oportunidades laborales y construir programas efectivos de reinserción.
Una patrulla normalmente llega cuando algo ya sucedió.
Un maestro puede llegar diez años antes.
Un psicólogo puede llegar diez años antes.
Un entrenador puede llegar diez años antes.
Una oportunidad también puede llegar diez años antes.
México necesita autoridad. Necesitamos policías preparados, fiscalías que investiguen, jueces que impartan justicia y consecuencias reales para quien delinque. La impunidad también genera violencia.
Pero sería un error pensar que la política de seguridad termina ahí.
Incluso nuestra Constitución establece que el sistema penitenciario debe buscar la reinserción mediante el trabajo, la capacitación, la educación, la salud y el deporte. Y existe una razón muy sencilla: muchas de las personas que hoy están dentro de una prisión algún día regresarán a las calles.
La pregunta es cómo queremos que regresen.
El Salvador puede enseñarnos la importancia de recuperar la autoridad del Estado frente al crimen. Otros países pueden enseñarnos sobre prevención y reinserción. México tendrá que construir su propio modelo.
Pero ese modelo necesita las dos piernas.
Justicia para quien delinque.
Prevención para evitar que alguien más llegue al mismo lugar.
Por eso quizá el éxito de una política de seguridad no debería medirse únicamente por el número de personas que logramos meter a prisión.
También deberíamos medir cuántas evitamos que lleguen ahí.
Porque construir cárceles puede ser necesario.
Construir una sociedad que necesite cada vez menos de ellas sería un éxito mucho mayor.
Walter Schädtler Contreras