La puerta estrecha

Razones

El ingreso a una universidad de prestigio suele convertirse en un acontecimiento decisivo para una familia, sin importar su origen social o el país en el que viva. No solo representa una oportunidad académica: también funciona como un símbolo de estatus, movilidad y reconocimiento, algo que muchas familias viven con orgullo y desean compartir.    Ante expectativas tan altas, el examen de admisión se convierte en una de las experiencias más estresantes para muchos estudiantes. En los días previos, cada aspirante enfrenta la incertidumbre sobre la dificultad de las preguntas, el nivel de preparación alcanzado y la posibilidad real de obtener el puntaje necesario para ingresar a la institución.    En el caso de un examen de admisión a la UNAM cuenta con una presión adicional de no decepcionar a la familia y con la conciencia de que miles de jóvenes compiten por un número muy limitado de lugares.   Un examen no puede medir por completo la inteligencia, la vocación, la sensibilidad, la perseverancia ni la capacidad de una persona para sobreponerse a las dificultades pero a nivel global es un mecanismo reconocido de ingreso a la educación superior.    En 2016 en los Estados Unidos una conocida actriz y su marido, de acuerdo a diversas fuentes periodística, comenzaron a buscar una ruta para que sus dos hijas ingresaran a la Universidad del Sur de California. No creían en que las sustentantes ingresaran por el proceso de admisión y acordaron pagar 500 mil dólares para que entraran a UCLA como integrantes del equipo de remo, aunque no practicaban ese deporte al nivel de alto rendimiento y construyeron perfiles deportivos apócrifos para sortear el sistema de ingreso.   El caso en cuestión formó parte de la llamada Operation Varsity Blues, una red descubierta en 2019 en la que participaron padres adinerados, entrenadores, administradores de exámenes y funcionarios relacionados con universidades de élite. El mecanismo incluía corregir respuestas de los exámenes y permitir que otras personas los presentaran en lugar de los aspirantes y fabricar trayectorias deportivas inexistentes.    De acuerdo con el Departamento de Justicia estadounidense, los padres pagaron aproximadamente 25 millones de dólares a un intermediario para sobornar a entrenadores y responsables universitarios.   Lo llamaron la “puerta lateral”. No era el mecanismo oficial de ingreso. Tampoco era la puerta institucional de las donaciones legales a las universidades americanas. Era una entrada fraudulenta creada para quienes podían pagarla.   En el sistema educativo nacional nos enfrentamos a desigualdades acumuladas durante años. No llegan en las mismas condiciones jovenes que estudiaron en una escuela con buenos profesores, internet y materiales suficientes que quien tuvo que trabajar, trasladarse durante horas o aprender en un plantel con carencias.   Reconocer esas diferencias es indispensable. Sin embargo, de ahí no se desprende que los exámenes de admisión sean, por naturaleza, mecanismos de discriminación. Su finalidad es resolver un problema real: existen más aspirantes que espacios disponibles. En una institución de calidad no basta con abrir las puertas por decreto. Se necesitan aulas, laboratorios, hospitales, bibliotecas, profesores, tutores, instalaciones y presupuesto bien administrado.   Se deben realizar mecanismos de selección, más justos, transparentes y defendibles. Cuando los lugares son limitados, renunciar a criterios verificables puede producir algo mucho peor que un examen: recomendaciones, influencias políticas, favoritismos, relaciones familiares o capacidad económica.   El caso del fraude académico en Estados Unidos es un indicador de que el problema no siempre es la existencia de un examen. En ocasiones, el verdadero problema es que algunos se consideran demasiado importantes para someterse a las mismas reglas que los demás.   En México, ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México posee un significado que rebasa la vida escolar. Para miles de familias, la UNAM representa la posibilidad concreta de modificar una trayectoria social y económica. Es la expectativa de que un hijo o una hija llegue más lejos, acceda a una profesión, construya autonomía y transforme también las condiciones de su entorno.   Pero la UNAM enfrenta una presión extraordinaria. La demanda continúa concentrándose en un grupo reducido de profesiones tradicionales. Medicina, Derecho, Psicología, Contaduría y otras carreras mantienen una competencia desproporcionada, mientras numerosas opciones académicas permanecen menos conocidas. La propia orientación universitaria advierte que muchos jóvenes concentran su elección en alrededor de quince licenciaturas, entre ellas Medicina, Derecho y Contaduría, a pesar de la amplitud de la oferta profesional.   No estamos ante una decisión sencilla entre admitir o excluir, sino ante una imposibilidad material: no existen lugares suficientes para todas las personas que eligen esas carreras más demandadas como medicina y derecho entre otras. El examen de admisión es un procedimiento de selección para distribuir espacios escasos. No afirma que quien no fue admitido carezca de talento. Indica únicamente que, en ese proceso específico, otros aspirantes obtuvieron resultados más altos para una cantidad determinada de lugares.   Eso no libera a las instituciones de sus responsabilidades. Los exámenes deben estar técnicamente bien construidos, evaluar conocimientos pertinentes, contar con reglas públicas, ofrecer condiciones razonables de aplicación y protegerse contra filtraciones, fraudes y discrecionalidad. También es necesario fortalecer la orientación vocacional, divulgar carreras emergentes, ampliar modalidades educativas y mejorar la calidad de otras universidades públicas.   La justicia educativa no consiste en prometer un lugar inexistente. Consiste en ampliar las oportunidades reales y asegurar que los lugares disponibles se asignen mediante reglas que nadie pueda comprar, alterar o negociar.   Detrás de cada folio de examen hay una historia. Hay familias que hicieron esfuerzos durante años y jóvenes que depositaron muchas esperanzas en una sola mañana de aplicación de un examen. Esa dimensión humana nunca debe olvidarse. Pero tampoco debemos confundir empatía con la eliminación de toda exigencia.   Un examen imperfecto puede corregirse. Puede revisarse, validarse y complementarse con otros elementos. La influencia, el soborno y el privilegio son mucho más difíciles de combatir cuando se convierten en el verdadero criterio de ingreso. La educación debe abrir puertas. Pero cuando la puerta es estrecha, lo mínimo que una sociedad puede exigir es que nadie entre por haber comprado una llave y que todos tengan la certeza de haber sido evaluados con las mismas reglas.   Se trataba de preparar mejor a los jovenes en la parte socioemocional, y prepararlos para escenarios adversos enseñarles que un rechazo no define una vida. La vida no se construye a partir de certezas.
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