De Infantino al examen de la UNAM

Desde el segundo piso

Hace apenas unas semanas terminó el vigésimo tercer Mundial de Futbol, el primero con 48 selecciones y 104 partidos. Aunque México albergó solo 13 encuentros, el saldo fue, en general, positivo, tanto hacia adentro como en la imagen que proyectamos al exterior.   Quizá no llegaron todos los visitantes que se esperaban, y varias obras prometidas —sobre todo en la Ciudad de México para mejorar la movilidad— no se concluyeron a tiempo. Aun así, el capital social fue enorme. Los índices delictivos bajaron durante el torneo y, salvo el lamentable hecho aislado de la aglomeración en Paseo de la Reforma que costó vidas, la fiesta transcurrió en paz. La magia del futbol y la fraternidad unieron a los mexas con miles de visitantes extranjeros que hicieron de nuestro país —y hasta de la Selección Mexicana— su segundo equipo.   No nos alcanzó para vencer a los ingleses, pero quizá por primera vez se compitió con gallardía. La afición se fue satisfecha de ver a un equipo que perdió proponiendo, muriéndose de algo.   Pero aterricemos en el tema que nos ocupa.   Gianni Infantino, presidente —o mejor dicho, gerente— de la FIFA, volvió a encabezar un negocio multimillonario: la organización reportó ingresos superiores a los 13 mil millones de dólares en el ciclo 2023-2026, la cifra más alta de su historia. Bien por el cash. Lo preocupante es la forma, cada vez menos disimulada, en que el futbol, los futbolistas y la afición quedan relegados frente al negocio.   Es entendible que el deporte más practicado y seguido del planeta no sea ajeno a la política ni a los intereses económicos que mueve. En México ya vimos cómo un futbolista sin perfil para gobernar llegó a encabezar un estado, con resultados muy distintos a los que muchos imaginaron.   ¿Y qué tiene que ver el examen de la UNAM con todo esto?, se preguntará usted.   Durante el Mundial se volvieron virales videos de niños parodiando jugadas polémicas, sobre todo de la selección argentina y de Lionel Messi. Desde su primer partido hubo acusaciones de que el arbitraje favorecía sistemáticamente al entonces campeón del mundo. Esas polémicas alimentaron la conversación global. Al final, afortunadamente, la pelota no se manchó: se impuso la selección que mejor jugó los momentos decisivos, venció a Francia y frustró, para muchos, al favorito de Infantino.   ¿Por qué importa esto? Porque dicen que el ejemplo arrastra.   La simulación de faltas, los clavados y el engaño al árbitro que vemos cada semana en la Liga BBVA MX terminan normalizándose. Los niños aprenden que exagerar, hacer trampa o sacar ventaja es parte del juego; que el que no transa no avanza. Eso enseñan Infantino, buena parte de los dirigentes y los dueños del futbol mexicano: lo importante es el varo, la esencia del juego vale queso. No importa formar a los mejores, sino a los favoritos de promotores y representantes. Si hay que "mocharse" para jugar, también eso se vuelve parte del sistema.   Hoy, la UNAM y buena parte de la comentocracia quieren cargar toda la responsabilidad del fraude en el examen de ingreso sobre la empresa que desarrolló la plataforma tecnológica. Sin duda tendrá cuentas que aclarar. Pero en redes sociales circulaban, desde hace meses, anuncios que ofrecían "asegurar" un lugar en la UNAM a cambio de dinero.   ¿De verdad nadie en la universidad los vio? ¿Nadie monitorea las redes? ¿Nadie cuida el prestigio de la máxima casa de estudios?   Mi punto es otro. Estamos dejando fuera de la conversación a quienes venden esos ingresos, a quienes los compran, a los estudiantes y padres de familia que participan, y también a las autoridades que, por acción u omisión, permiten que florezcan estas conductas.   Ya casi nadie se escandaliza por la cultura de la trampa. ¿Cómo hacerlo si todos los días conocemos casos de corrupción en gobiernos, congresos o tribunales? Si las auditorías pocas veces terminan en sanciones ejemplares. Si hasta jueces y funcionarios aparecen involucrados en escándalos de sobornos.   Si quienes deben garantizar el Estado de derecho se cubren entre ellos, ¿qué podemos esperar de los jóvenes que participaron en este fraude y perjudicaron a miles de aspirantes que sí estudiaron, se prepararon y presentaron su examen con honestidad?   Son preguntas que, ojalá, entre el ruido de la comentocracia oficial y la opositora, encuentren espacio para discutirse con seriedad.   Hay quien dice que la mediocridad es hija legítima de la corrupción. Quizá tenga razón. Mientras la cultura de la trampa siga siendo tolerada y la corrupción permanezca impune, difícilmente seremos campeones del mundo en el futbol. Pero, más grave aún, tampoco podremos derrotar la desigualdad social que desde hace décadas lastima a México.  
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