En estos días se celebrarán ordenaciones sacerdotales en nuestra diócesis. Cinco jóvenes se acercarán ante el obispo para recibir la imposición de manos y con este gesto sencillo pero cargado de significado quedarán convertidos sacerdotes para la eternidad.Cinco jóvenes, cinco historias distintas, pero a la vez con algo en común: ellos han percibido en su interior que Dios les llama a entregar su vida a Él en el ministerio ordenado. Detrás de ellos está una familia y una comunidad concreta que ha sabido orar, acompañar y animar.Para quienes somos sacerdotes creo que es un motivo de mucha alegría que saber que se integran al presbiterio diocesano cinco jóvenes llenos de ilusiones y deseo sincero servir. No llegan a una Iglesia perfecta, sino llena de retos y situaciones que en ocasiones se convierten en desafíos para la fe personal. De los nuevos sacerdotes se espera lo mismo que de los que ya tenemos tiempo en el ministerio: que ayudemos en la construcción de una Iglesia según el evangelio, que seamos parte de la solución de los problemas y no un problema.A nosotros, los que ya llevamos años en este camino, nos toca no solo abrirles las puertas del presbiterio, sino ofrecerles una verdadera fraternidad: cuidar de ellos, escucharlos y acompañarlos en sus primeros pasos para que el fuego de sus ilusiones iniciales no se apague con el cansancio ni la rutina.Ser sacerdote sigue siendo una vocación actual y necesaria, vivimos tiempos en donde la comunicación viaja a segundos por todo el mundo, la presencia de la inteligencia artificial en prácticamente toda las cosas y por ende una sobrexposición a la tecnología pareciera poner en duda la importancia del sacerdocio en este siglo. El sacerdocio es importante y necesario porque dice mucho de Dios y todo del hombre. Mucho de Dios por que en el sacerdocio reconocemos que el Señor se fía en buena manera al obrar del hombre eligiendo a quien Él quiere para invitarlo a seguirlo en esta forma de vida concreta. El sacerdocio dice todo del hombre porque en quienes ejercemos el sacerdocio nos damos cuenta que se cumplen aquellas palabras de san Pablo: “llevamos este tesoro en vasijas de barro” 2 Cor. 4,7. Es decir, cargamos nuestra fragilidades y heridas no como un consuelo o como una justificación ante nuestras negligencias sino como un signo de haber sido alcanzados por la gracia del Señor, el cual es capaz de sanar toda herida y desde esta compasión que nos manifiesta nos lanza a ser agentes de consuelo y cercanía para los demás. El ministerio sacerdotal no es para brillar en solitario, todos tenemos que caminar junto al Pueblo de Dios, porque el sacerdote también forma parte de este Pueblo, el cual es presidido por Jesús Pastor. Nuestra vocación será más creíble en la medida en la que lejos de simplemente asumir directrices y aplicar criterios sepamos situarnos en la escucha atenta del Señor que al igual que en Emaús nos sigue hablando en el camino.