Desde el Lunar Azul
Buen día, estimados lectores y lectoras de este lunar azulado.
Hoy regresamos, un poco obligados por el espectáculo digno de un velorio político: ver a tantos "priyistas" de ocasión que hoy portan camisa azul... o arcoíris, según la necesidad del momento y el color de la nómina que les toque cobrar.
No cabe duda: la memoria suele ser muy corta y las contradicciones, larguísimas.
Todo viene a cuento por la "renovación" —léase continuación— de la dirigencia del RIP hidrocachondo.
Y es que resulta enternecedor escuchar a quienes hoy exigen democracia, apertura y piso parejo, cuando hace apenas unos años fueron comparsas del proceso mediante el cual el campechano Alejandro Moreno terminó adueñándose del partido.
Porque conviene refrescar la memoria.
Agosto de 2019 no fue la fecha en que el PRI eligió libremente a un dirigente nacional. Fue el día en que Alito terminó de amarrar el control absoluto del cascarón tricolor.
Antes de llegar a la elección, José Narro abandonó la contienda denunciando un proceso inequitativo, padrón cuestionado, favoritismo y una elección que calificó como viciada de origen. Días después Ivonne Ortega hizo exactamente lo mismo: denunció irregularidades y terminó renunciando al partido para irse al taxi naranja.
A Narro, cuentan quienes estuvieron cerca, le hicieron llegar cajas enteras con evidencias de las tropelías del campechano. Por qué decidió no dinamitar aquel proceso sólo él lo sabe. Quizá por institucionalidad. Quizá porque entendía que las formas del viejo priismo ya habían dictado sentencia y que las cúpulas —con los mexiquenses incluidos— ya habían entregado el partido.
Mientras algunos todavía discutían el reglamento, Alito ya tenía alineados gobernadores, dirigentes estatales y operadores políticos.
Primero controló la estructura.
Después vino la elección.
Y al final, simplemente oficializaron lo que ya estaba decidido.
Así nació el PRI de Alito.
Por eso resulta hasta simpático escuchar ahora a quienes reclaman democracia dentro del partido que ellos mismos entregaron.
Aquí, en nuestras aguascachondas, la tragicomedia tiene actores conocidos.
Muchos de los que hoy lloran porque no les abrieron la puerta del comité estatal llevan años cobrando en gobiernos panistas. Eso, por sí mismo, no tendría nada de malo; cada quien trabaja donde puede.
Lo curioso es que además presumen ser los grandes operadores políticos de la señora de Palacio.
Y entonces viene la pregunta obligada:
¿De verdad esperaban que el dueño del RIP les entregara las llaves de su franquicia para ir a ponerla a disposición de otra casa política?
Ni Alito es tan ingenuo.Ni ellos tan discretos.
Más cuando todo apunta a que Jorge Romero pretende que Acción Nacional deje de cargar con un aliado que electoralmente cada vez pesa menos y estorba más. Esa discusión lleva meses instalada dentro del panismo nacional y explica buena parte de los nervios locales.
Quizá por eso apareció la desesperación por recuperar el membrete rojo.
O quizá, entre alguna tertulia bucólica bien marinada con los vapores de la uva fermentada, comenzaron a extrañar aquellos tiempos en que el PRI mandaba en Aguascalientes y el presupuesto alcanzaba para todos.
La nostalgia suele ser muy traicionera.
Sobre todo cuando se aproxima el cambio de gobierno y algunos empiezan a descubrir que ya no alcanzarán lugar en la siguiente fotografía oficial.
Aquellos tiempos en que Tago salto a la palestra pública, acompañando a otros personajes que construyeron su capital político junto con los Lozano Boys, hoy parecen más una estampita amarillenta que un proyecto vigente.
La promiscuidad política también cobra factura.Ya nadie sabe quién juega con quién.
Quién cobra en un partido.Quién opera para otro.Y quién termina haciendo campaña para un tercero.
Llegados a este punto, quizá sería más honesto dejar de fingir.
Si ya son azules, que se pinten completos.
Si les gusta Movimiento Ciudadano, que se formen allá.
Y si todavía creen en el PRI... bueno, primero tendrían que encontrarlo.
Porque Alito podrá tener todos los defectos imaginables, pero hay algo que entiende perfectamente: entregar el partido a un grupo que ya demostró cómo entrega gobiernos y candidatos sería repetir el mismo error dos veces.
Y para eso, hasta el campechano parece haber aprendido.
Porque tampoco hay que olvidar quiénes fueron los que ayudaron a entregar Aguascalientes, respaldando candidaturas ajenas mientras todavía portaban el chaleco tricolor.
Los mismos que hoy hablan de lealtad.Los mismos que ahora descubrieron que existe la democracia interna.
Y como si no bastara, aparecieron nuevos estrategas convencidos de que litigando en redes sociales, pagando espectaculares y haciendo ruido mediático obligarían al dueño del membrete a entregarles las llaves del comité estatal para llevarlas, como ofrenda, a la antigua hacienda de los Rincón Gallardo.
No entendieron nada.
Al muerto no se le llora cuando uno mismo ayudó a enterrarlo.
En otro asunto, y ya como mero aviso parroquial.
Los Rieleros volvieron a quedarse en la orilla de los playoffs.
La pregunta ahora es sencilla.
¿Aprovechará el buen Tacho el invierno para dedicarse, por fin, a construir un equipo competitivo, digno de una plaza beisbolera como Aguascalientes?
¿O seguirá más entretenido en sus diletancias políticas que en armar un roster capaz de dejar de vivir de los recuerdos?
Porque las temporadas pasan.Las promesas también.
Y la afición ya se cansó de que el tren siempre descarrile antes de llegar a octubre.
Bonito fin de semana.
Ahí dejo esta roca.
Empújela usted. Yo vuelvo, como siempre.