El miedo al silencio

Opinión

Cuando el ruido se convierte en una forma de no escucharnos   Por Dr. José Mauricio López López Psicoterapeuta. Psicoanalista. Escritor.   En muchas casas, el primer sonido de la mañana ya no es una voz.   Es una pantalla.   Antes de levantarnos revisamos mensajes, noticias, correos o redes sociales. Mientras nos bañamos ponemos música. Desayunamos frente al teléfono. Subimos al automóvil y encendemos la radio, un podcast o una lista de reproducción. Al llegar al trabajo comienzan conversaciones, llamadas, notificaciones y reuniones.   Regresamos a casa.   Encendemos el televisor.   Miramos nuevamente el teléfono.   Y cuando finalmente llega la noche, algunas personas necesitanreproducir una serie, un video o algún sonido para poder dormir.   No parece haber nada extraordinario en ello.   Así transcurre buena parte de nuestra vida contemporánea.   Pero imaginemos por un momento algo diferente.   Apaguemos todo.   El teléfono.   La televisión.   La música.   La computadora.   Y quedémonos simplemente ahí.   En silencio.   ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que sintiéramos la necesidad de encender nuevamente algo?   La pregunta parece sencilla, pero quizá toca una de las dificultades más profundas de nuestra época:   ¿por qué nos cuesta tanto permanecer en silencio?   El silencio no siempre ha tenido buena reputación.   Puede representar distancia, indiferencia, castigo o ausencia. Hay silencios que duelen: el de quien deja de hablarnos, el de una casa después de una pérdida, el de una silla que quedó vacía.   Pero existe también otro silencio.   Un silencio que no significa ausencia.   Un silencio que permite presencia.   Durante siglos, distintas tradiciones filosóficas y contemplativas comprendieron que el ser humano necesita momentos en los que disminuya el ruido exterior para poder escuchar algo de su mundo interior.   La psicología y el psicoanálisis llegaron, desde otros caminos, a una intuición semejante.   Wilfred Bion, uno de los grandes pensadores del psicoanálisis, propuso una actitud particularmente exigente para quien intenta comprender la experiencia humana: aproximarse a ella, en determinados momentos, sin memoria y sin deseo.   No significa borrar nuestra historia ni dejar de tener aspiraciones. Es una invitación a suspender por un instante aquello que creemos saber para poder recibir lo que está ocurriendo.   En otras palabras: hacer espacio.   Y hacer espacio no es sencillo.   Porque cuando dejamos de llenar cada minuto, algo puede aparecer.   A veces aparece aburrimiento.   Pero si esperamos un poco más, quizá aparezca otra cosa.   Una preocupación.   Un recuerdo.   Una sensación corporal.   Una tristeza que no habíamos querido mirar.   Una pregunta que llevábamos meses postergando.   El rostro de alguien.   Una decisión pendiente.   O una frase aparentemente insignificante:   “Esto que estoy viviendo ya no me hace bien.”   Tal vez por eso algunas veces el ruido resulta tan conveniente.   No solamente nos acompaña.   También puede distraernos de nosotros mismos.   Vivimos además en una cultura que parece haber convertido el silencio en tiempo desperdiciado.   Hay que producir.   Responder.   Actualizarse.   Escuchar algo mientras caminamos.   Aprender mientras conducimos.   Contestar mensajes mientras comemos.   Incluso descansar parece necesitar una finalidad: descansar para volver a producir.   Hemos aprendido a llenar los espacios, pero quizá estamos olvidando cómo habitarlos.   El filósofo Byung-Chul Han ha reflexionado sobre una sociedad marcada por el rendimiento, la aceleración y la sobreestimulación. No necesitamos que alguien nos vigile permanentemente para exigirnos más: muchas veces nosotros mismos nos convertimos en nuestros supervisores.   Siempre podríamos estar haciendo algo.   Siempre existe otro mensaje.   Otra noticia.   Otro video.   Otra tarea.   Otra pantalla.   El resultado puede ser paradójico: tenemos cada vez más estímulos y cada vez menos espacio para elaborar lo que vivimos.   Porque una experiencia no termina cuando ocurre.   Necesita tiempo para convertirse en parte de nuestra historia.   Una pérdida necesita ser llorada.   Una alegría necesita ser saboreada.   Una conversación necesita resonar.   Una decisión necesita madurar.   Un encuentro necesita ser recordado.   Incluso una herida necesita encontrar palabras.   Y muchas de esas cosas requieren algo que nuestra época distribuye con dificultad:   tiempo interior.   El silencio puede ofrecernos precisamente eso.   No necesariamente necesitamos retirarnos durante días a una montaña ni convertirnos en practicantes de alguna disciplina contemplativa.   Tal vez podamos comenzar recuperando pequeñas porciones de silencio.   Cinco minutos por la mañana antes de mirar el teléfono.   Un trayecto corto sin música.   Una comida sin televisión. Una caminata sin audífonos.   Unos minutos antes de dormir sin pantalla.   No para lograr algo.   No para convertir el silencio en otra técnica de productividad.   Simplemente para estar.   Al principio quizá resulte incómodo.   Es comprensible.   Cuando una habitación ha estado llena de ruido durante mucho tiempo, escucharla vacía puede resultar extraño.   Algo parecido ocurre con nuestro mundo interior.   Pero si permanecemos ahí, quizá descubramos que el silencio no estaba vacío.   Estábamos nosotros.   Con nuestras preguntas.   Nuestros recuerdos.   Nuestros temores.   Nuestros deseos.   Nuestras contradicciones.   También con nuestra imaginación, nuestra creatividad y nuestra capacidad de asombro.   Existe una diferencia enorme entre quedarse callado y guardar silencio.   Callar puede ser solamente dejar de hablar.   Guardar silencio implica escuchar.   Y escuchar es uno de los actos humanos más difíciles.   Escuchar al otro sin preparar inmediatamente una respuesta.   Escuchar a un niño sin apresurarnos a corregirlo. Escuchar a nuestra pareja sin defendernos.   Escuchar nuestro cuerpo antes de que tenga que gritarnos mediante el agotamiento.   Escuchar nuestra tristeza antes de anestesiarla con actividad.   Escuchar incluso aquello que todavía no sabemos nombrar.   Quizá por eso el silencio puede resultar transformador.   No porque tenga respuestas mágicas.   Sino porque crea el espacio en el que finalmente podemos formular las preguntas.   Vivimos rodeados de dispositivos extraordinarios capaces de conectarnos con prácticamente cualquier lugar del planeta.   Podemos escuchar millones de canciones.   Ver miles de películas.   Leer noticias en tiempo real.   Conversar instantáneamente con alguien al otro lado del mundo.   Todo eso constituye una conquista extraordinaria.   Pero existe una conexión que ninguna tecnología puede hacer por nosotros:   la conexión con nuestra propia experiencia.   Para esa todavía necesitamos algo antiguo.   Tiempo.   Atención.   Y silencio.   Quizá esta noche podamos intentar un pequeño experimento.   Apagar durante unos minutos aquello que normalmente dejamos encendido.   Sentarnos.   No hacer nada.   No buscar ninguna respuesta.   Y escuchar.   Tal vez aparezca incomodidad.   Tal vez aparezca tranquilidad.   Tal vez no ocurra absolutamente nada.   Pero quizá, después de un tiempo, podamos escuchar una voz que durante años ha intentado hablarnos entre notificaciones, pendientes, conversaciones y prisas.   La nuestra.   Porque acaso el verdadero problema de nuestra época no sea que exista demasiado ruido afuera.   Tal vez sea que hemos comenzado a necesitarlo para no escuchar lo que sucede adentro.   Y entonces la pregunta deja de ser:   ¿por qué necesitamos tanto ruido?   Para convertirse en otra, mucho más íntima:   ¿qué temo encontrar cuando todo queda en silencio?  
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