Bajo presión
Hace años, el chupacabras fue más que una leyenda: fue una operación de agenda. Mientras el país enfrentaba tensiones políticas y crisis sociales, los medios multiplicaban notas, testimonios, supuestos avistamientos y análisis sobre un monstruo que terminó por devorar, al menos por un tiempo, la conversación pública. No importaba tanto si existía o no; importaba que ocupaba el centro de la escena, un centro que, desde entonces, no necesitaba una sola mentira grande, sino cientos de rumores menores sosteniéndose entre sí.
El fenómeno del chupacabras ha mutado. Ya no hace falta inventar un animal fantástico para desviar la atención: basta con amplificar una polémica menor, una frase torpe, una imagen ridícula o una indignación instantánea. La lógica no ha desaparecido; se ha refinado. La distracción ya no necesita un relato único y monumental, sino una sucesión de pequeñas tormentas que saturan el espacio público y lo vuelven incapaz de sostener una conversación larga sobre lo importante.
Esa distracción provocada es el verdadero parentesco entre el chupacabras de los noventa y la viralidad política de hoy. Antes, el monstruo era televisivo; ahora, el monstruo es algorítmico. Antes, una pantalla organizaba la atención; hoy la fragmentan miles de pantallas, cada una compitiendo por segundos de furia, de risa o de escándalo. El resultado, sin embargo, es parecido: la política real queda desplazada por la escenografía.
Por eso importa tanto observar qué temas logran instalarse y cuáles quedan relegados. No es casual que, en medio de crisis graves, la conversación pública se desborde hacia asuntos laterales: una mascota simbólica, una ocurrencia de un conductor, una polémica en redes, una filtración oportunamente filtrada. Cada episodio parece aislado, pero juntos conforman una atmósfera donde el ruido reemplaza al juicio y la inmediatez suplanta a la crítica.
No se trata de negar la relevancia de cada episodio en sí mismo, sino de preguntarse qué función cumple en el ecosistema informativo. La pregunta no es solo por qué se habla tanto de estas cosas, sino por qué esas cosas logran hablar más fuerte que las desapariciones, la impunidad, la corrupción o las disputas por el poder. En ese sentido, el nuevo chupacabras no es un monstruo: es una técnica de distracción distribuida, continua, casi inevitable.
Este modelo de distracción no crea la fragilidad de la atención contemporánea; la encuentra ya disponible y la explota. Las nuevas tecnologías y las redes modificaron la capacidad de atención fragmentándola, acelerándola, adaptándola a un entorno digital constante por razones propias, ajenas a cualquier agenda política; pero quien diseña distracción sabe que una audiencia que ya no sostiene el enfoque es una audiencia más fácil de desviar. Ahí está el verdadero abuso: no en inventar la fatiga cognitiva, sino en capitalizarla.
Los disparos de escopeta sobre múltiples casos, atendiendo intereses diversos —desde las pifias de un conductor hasta un cerdo de peluche en diversas escenas del crimen—, no importa cuál sea el blanco: estamos acostumbrando los cerebros a recibir datos en pedazos pequeños (videos cortos, fotos, textos), hay menos tiempo de enfoque y la búsqueda de dopamina nos lleva a saltar de un tema a otro aceptando las réplicas superficiales sin necesidad de profundizar en nada por la necesidad de un estímulo constante.
Nos conformamos con la idea que el cerebro se fatiga con facilidad por la sobrecarga de datos porque en apenas unas décadas ya se modificó nuestra manera de procesar la información, y con ese pretexto (pero sobre todo para mantener a sus audiencias, los medios nos hemos rendido a la brevísima superficialidad. Si antes se era breve con el propósito de ganar la nota, hoy se sintetiza pero ya sin el compromiso de ahondar en los temas que se abordan; estamos esclavizados a las últimas horas que no tendrán seguimiento alguno.
No hay excusa posible para quienes hacemos periodismo. Si el algoritmo recompensa la inmediatez, nosotros decidimos perseguir esa recompensa; si la audiencia premia el fragmento sobre la profundidad, nosotros decidimos dejar de profundizar. Los breaking news que nunca tienen seguimiento no son un efecto colateral de la tecnología: es una decisión editorial repetida miles de veces al día. Ahí el medio deja de ser víctima del ecosistema para volverse su cómplice más eficiente.
No vivimos una época de gran mentira, sino de pequeñas verdades irrelevantes que, acumuladas, ahogan las preguntas decisivas. El problema no es solo que nos distraigan; es que la distracción se volvió una forma de gobierno de la atención. Ese es el monstruo de nuestro tiempo: no el que aparece de pronto, sino el que nos acostumbra a no mirar donde realmente importa.
No hace falta que el enojo sea injustificado para que sea inútil: tienen razón quienes se indignaron con el conductor que pidió matar perros, exactamente la misma razón que tienen quienes se indignan por la siguiente cosa, y la siguiente. El problema nunca fue la validez de cada indignación individual, sino que ninguna alcanza a sostenerse el tiempo suficiente para exigir algo. Se ahoga entre las demás.
Coda. Si antes el poder necesitaba inventar un monstruo para desviar la mirada, hoy basta con dejar que el ecosistema de la atención convierta cualquier trivialidad en escándalo.
@edilbertoaldan