Peces de ciudad
En días recientes, la Secretaría de Educación Pública emitió un posicionamiento para impedir que instituciones de educación media superior operen bajo esquemas o denominaciones que las presenten como bachilleratos militarizados. La decisión ha generado un intenso debate. Para algunos representa una limitación a proyectos educativos alternativos; para otros, constituye una oportunidad para reflexionar sobre el verdadero sentido de la escuela pública y privada en una sociedad democrática.
Me encuentro entre quienes consideran acertada esta medida.
No porque la disciplina carezca de valor. Al contrario. La disciplina es indispensable para cualquier proyecto educativo serio. Lo que debe discutirse es el tipo de disciplina que queremos promover y los fines a los que sirve.
La educación nació para formar ciudadanos, no soldados.
Las Fuerzas Armadas cumplen una función esencial para el Estado mexicano. Su labor requiere obediencia, jerarquía, entrenamiento especializado y un régimen jurídico propio. Es una institución diseñada para responder a circunstancias excepcionales vinculadas con la defensa y la seguridad nacional. Pretender trasladar esa lógica al espacio escolar significa confundir dos ámbitos que persiguen objetivos distintos.
La escuela tiene otra misión. Debe formar personas capaces de pensar, dialogar, cuestionar, crear y convivir en la diversidad. La autoridad del docente no descansa en la subordinación absoluta, sino en el reconocimiento de su autoridad pedagógica. La disciplina escolar no puede reducirse a uniformes impecables, marchas sincronizadas o cadenas de mando; debe construirse desde la responsabilidad, la autonomía y el compromiso ético.
Existe además un riesgo simbólico que conviene advertir. Cuando la formación de adolescentes se reviste de un lenguaje militar, se envía el mensaje de que los problemas sociales se resuelven principalmente mediante la obediencia y la fuerza, cuando las democracias modernas requieren ciudadanos capaces de deliberar, negociar y resolver conflictos por medios pacíficos.
Algunos sostienen que los bachilleratos militarizados ofrecen orden frente a la violencia o al deterioro de la convivencia escolar. Sin embargo, el orden por sí mismo no constituye educación. Una institución puede ser extraordinariamente ordenada y, al mismo tiempo, inhibir la creatividad, el pensamiento crítico o la libertad intelectual. La educación de calidad exige mucho más que disciplina externa; requiere curiosidad, sensibilidad, juicio moral y capacidad de transformar la realidad.
México necesita jóvenes responsables, puntuales, perseverantes y respetuosos de la ley. Pero esas virtudes pueden cultivarse sin recurrir a una estética ni a una estructura militar. De hecho, algunos de los sistemas educativos más exitosos del mundo se distinguen precisamente por fortalecer la autonomía del estudiante, el trabajo colaborativo y la confianza como principios de organización escolar.
La discusión tampoco debe convertirse en un juicio contra quienes eligieron este tipo de instituciones o contra quienes participaron en ellas. Muchas familias buscaron en estos planteles un ambiente seguro y exigente. Esa preocupación es legítima. Lo que corresponde ahora es construir alternativas educativas que conserven el rigor académico, la formación física, los valores cívicos y la cultura del esfuerzo, pero dentro de un modelo plenamente educativo y no militar.
Redefinir las escuelas militarizadas no significa eliminar la disciplina; significa devolverle a la escuela su naturaleza.
La educación debe inspirarse en la fortaleza del conocimiento antes que en la lógica del cuartel; en la autoridad del ejemplo antes que en la obediencia ciega; en la construcción de ciudadanos libres antes que en la formación de subordinados.
Porque una democracia sólida no necesita aulas que imiten los cuarteles. Necesita escuelas capaces de formar mujeres y hombres que, con disciplina y libertad, sean protagonistas de su propio destino.