¿Capitalismo, la única vía?

Contra Paradigma

Es común escuchar que el capitalismo es el mejor sistema económico que hemos tenido: nos da sueldos que permiten acceder a bienes impensables en otras épocas, productos y servicios que aligeran la vida, mayor comodidad, mayor calidad, incluso mayor estética. Hay razón en ello. Pero el sistema en el que nos adaptamos día a día tiene sus errores y no es perfecto —así como tampoco lo fue el socialismo real que conocimos en el siglo XX.

El patrón histórico

Si miramos la evolución de cada etapa histórica, siempre hubo pugnas sociales y luchas políticas que empujaron hacia más igualdad, más libertades y más derechos. Visto en perspectiva, el género humano avanza. Y sin embargo, hoy vemos resistencia al cambio incluso cuando las alternativas propuestas buscan ser más pacíficas y más armoniosas con el planeta. La derecha y la extrema derecha suelen rechazar esas propuestas, y con frecuencia las presentan como si el único camino al bienestar fuera a través del mercado sin corrección, la disciplina social y la desigualdad como motor de esfuerzo.

Las contradicciones que sí son visibles

No hace falta ir muy lejos para encontrar las grietas. La obsolescencia programada, por ejemplo, no es una sospecha sino un hecho documentado desde hace un siglo: el 23 de diciembre de 1924, los principales fabricantes mundiales de bombillas se reunieron en Ginebra y acordaron limitar deliberadamente la vida útil de sus productos a 1.000 horas, cuando ya existía la tecnología para fabricar bombillas de 2.500 horas —el llamado “cartel Phoebus”. Décadas después, el diseñador industrial Brooks Stevens le puso nombre al modelo de negocio que se derivó de ahí: la meta, dijo en los años 50, era “instalar en el consumidor el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”. La lógica sigue viva hoy: la primera generación del iPod de Apple, por citar un caso reciente, traía una batería diseñada para durar apenas 18 meses.

Las crisis inmobiliarias tampoco son un accidente aislado. La de 2008 se originó cuando bancos estadounidenses otorgaron hipotecas de alto riesgo —las llamadas “subprime”, algunas incluso sin verificar ingresos ni empleo— a personas que en realidad no podían pagarlas, empaquetaron esos préstamos en instrumentos financieros complejos con calificaciones de riesgo infladas, y cuando los impagos se acumularon el sistema colapsó en cadena. La quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 fue el punto simbólico de ruptura, pero el efecto se extendió a Europa —incluida la propia burbuja inmobiliaria española— y llegó hasta México a través del comercio exterior. A eso se suman los conflictos bélicos que, para muchos analistas, tienen de fondo el acceso a recursos sin que ninguna potencia tenga que asumir el costo político de una ocupación abierta.

Cuando estas fallas se señalan y se proponen soluciones distintas a las ya conocidas, con frecuencia se descalifican esas propuestas como poco objetivas, ilógicas o motivadas por el resentimiento hacia la clase dirigente.

Esa misma clase política decide sin asumir responsabilidad plena por las consecuencias, y a través de medios tradicionales y de nuevas figuras en redes sociales, mantiene vivo un fantasma que ya se daba por enterrado: el socialismo, el comunismo. Se pintará el mundo de un solo color (azul), y cuando lleguen los problemas derivados de las propias contradicciones del sistema, alguien tendrá que cargar con la culpa de males que el propio sistema genera y protege: volverá a ser la izquierda -como siempre-.

Casos concretos

Esto ya está pasando. En Estados Unidos, es común escuchar que se llama “comunistas” a políticos demócratas cuyas propuestas están, en realidad, lejos de serlo.

El caso europeo es, quizás, el que mejor documenta esta contradicción. En España, los colectivos de izquierda han perdido fuerza por errores de práctica política propios, y en ese vacío el discurso público ha desplazado el foco hacia los extranjeros y el islam como el gran problema. En Reino Unido se habla de la “caída de Occidente” por la presencia de comunidades del Caribe y del sur de Asia, pero fue el propio Estado británico quien las trajo: entre 1948 y 1970, cerca de medio millón de personas de sus excolonias caribeñas —la llamada “generación Windrush”— llegaron reclutadas para reconstruir un país devastado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, trabajando en construcción, transporte y sanidad. Décadas más tarde, muchos de ellos y sus descendientes fueron declarados “inmigrantes ilegales” por ese mismo Estado, lo que estalló como escándalo público en 2018.

En Alemania ocurrió algo equivalente con el programa Gastarbeiter (“trabajadores invitados”), que arrancó en 1955 con Italia y se extendió a Grecia, Turquía, España y Portugal para sostener la mano de obra que exigía el “milagro económico” de posguerra. El escritor suizo Max Frisch resumió la contradicción ya en 1965: “Queríamos trabajadores y han venido personas”. Muchos de esos trabajadores se quedaron de forma permanente, sin que el Estado que los había reclutado desarrollara políticas de integración a la altura. Algo similar ocurre en el imaginario político de Francia. En México, mientras tanto, se señala a la izquierda como responsable de crisis que en los hechos no le corresponden, cuando su presencia real en el poder es mucho más limitada de lo que el discurso sugiere.

En ambos casos —el alemán y el británico— fue el propio sistema capitalista, en su necesidad de mano de obra para la reconstrucción y el crecimiento industrial de posguerra, el que organizó activamente esa migración. Las tensiones sociales que hoy se atribuyen casi exclusivamente a los migrantes tienen ahí su origen estructural.

 

En fin, damas y caballeros: la política no puede pretender avanzar mientras no se reconozca la verdad —completa, incómoda, sin filtros— como motor real del cambio. Esa es, en el fondo, la hipocresía de la derecha: exigir realismo y madurez a quienes proponen otro camino, mientras se niega a mirar de frente las propias contradicciones del sistema que defiende. No hay transformación posible sobre una mentira sostenida; solo la hay sobre la honestidad de admitir lo que no funciona.

 

 

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