La legión domesticada y el derecho de las audiencias

Desde el Segundo Piso

En abril de 2015, el semiólogo, novelista y filósofo italiano Umberto Eco advirtió que la televisión había promovido a "los tontos del pueblo", aunque frente a ellos el espectador todavía podía sentirse superior. Internet, en cambio, les dio el mismo derecho de hablar que a un premio Nobel.

Su frase más recordada fue aquella de la "legión de idiotas": quienes antes opinaban únicamente en la barra de un bar y que, gracias a las redes sociales, adquirieron el mismo altavoz que cualquier especialista. Y eso que Eco no alcanzó a conocer el peso que tendrían las aplicaciones de mensajería como el "juats", ni el poder de X, propiedad del sudafricano que sueña con conquistar Marte.

Pero aterricemos.

Lo que hoy está sobre la mesa es la intención del gobierno de la Cuarta Transformación de aplicar disposiciones relacionadas con el derecho de las audiencias, previstas en la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión desde 2014, pero cuya aplicación ha permanecido entrampada entre controversias constitucionales, suspensiones y la dificultad para definir, sin ambigüedades, dónde termina la protección de las audiencias y dónde comienza la censura.

Da la impresión de que la 4T considera que los "Tíos Richies" y buena parte de los comentócratas de oposición representan hoy un problema mayor en la disputa por la conversación pública. Quizá el podio de la mañanera ya no resulte tan aplanador como durante el sexenio pasado. Es una hipótesis.

No sería un asunto menor. De acuerdo con la ENDUTIH del INEGI, más de nueve de cada diez usuarios de internet en México utilizan redes sociales. La conversación pública dejó hace tiempo de concentrarse en la radio y la televisión; hoy el algoritmo pesa tanto o más que un noticiario estelar.

Por eso cuesta trabajo creer que esta reforma responda únicamente a la defensa de las audiencias. Para sus impulsores se trata de proteger al ciudadano frente a la desinformación; para sus críticos, de abrir la puerta a un mecanismo de control sobre los contenidos. La diferencia entre una cosa y la otra es mucho más delgada de lo que parece.

Desde mi óptica, los comentócratas que incomodan al regimen y que un día sí y otro también anuncian que la 4T llevará al país a la ruina han terminado perdiendo la batalla de los algoritmos frente a los saturados ciudadanos que los siguen. Quizá el error fue no "maicearlos" desde un principio y convertirlos en aliados en vez de enemigosinsultandolos desde el pulpito mañanero. Total, como dijo aquel alcalde nayarita: robar, pero poquito. ¿Por qué algunos comentócratas no podrían mentir también poquito, pero ahora a favor del nuevo régimen?

Lo verdaderamente preocupante no es quién gane esta batalla de narrativas, sino que, en lugar de invertir en educación, alfabetización mediática y pensamiento crítico y complejo, el Estado parezca insistir en tratarnos como ciudadanos incapaces de distinguir entre información, propaganda y mentira.

En comunicación existe un fenómeno conocido como saturación semántica: repetir un mensaje hasta vaciarlo de significado. Algo parecido ocurre con muchos comentócratas. La falta de rigor y la abierta militancia de algunos terminaron desgastando su propia credibilidad.

No parece ser solamente una percepción. El Digital News Report 2025 del Reuters Institute ubica la confianza de los mexicanos en las noticias en apenas 31%, uno de los niveles más bajos registrados. El problema ya no es solo quién informa, sino que buena parte de la sociedad dejó de creerles a casi todos.

La paradoja es evidente. Si la presidenta Claudia Sheinbaum mantiene niveles de aprobación superiores al 60% en la mayoría de las encuestas nacionales, cuesta entender por qué un reducido círculo de opinadores representaría un riesgo político tan grande como para colocar sobre la mesa una regulación de esta naturaleza.

Diría el filósofo y poeta michoacano ya fallecido: "¿Pero qué necesidad?, ¿para qué tanto problema?". ¿O será que, por primera vez, el miedo también empezó a instalarse en la 4T? Es pregunta.

En el futbol se dice que quien no sabe pegarle a la pelota termina culpando a la cancha. En democracia suele pasar algo parecido: cuando escasean los argumentos, aparece la tentación de regular la conversación.

Quizá Umberto Eco se equivocó en una cosa. El problema nunca fue que la "legión de idiotas" pudiera hablar; en una democracia todos tienen ese derecho. El verdadero riesgo aparece cuando algún poder pretende decidir quién forma parte de esa legión y quién no. Ahí deja de hablarse del derecho de las audiencias y comienza el peligro de domesticar a las audiencias, acompañado de la tentación del poder absoluto. Miremos a Nicaragua.

 

 

 

Autor: Ricardo Heredia Duarte

 

OTRAS NOTAS