EL DÍA QUE DEJAMOS DE ESTAR SOLOS

Opinión

La dificultad contemporánea de encontrarnos con nosotros mismos   Por Dr. José Mauricio López López Psicoterapeuta. Psicoanalista. Escritor.   Una persona espera su turno en una cafetería. No han pasado ni veinte segundos cuando lleva la mano al bolsillo, saca el teléfono y comienza a deslizar el dedo por la pantalla.   Otra espera el elevador. Mira los números descender: ocho, siete, seis… y antes de llegar al cuatro ya está revisando mensajes.   Alguien se sienta solo a comer. Frente a él no hay otra persona, pero tampoco parece estar verdaderamente solo: coloca el teléfono junto al plato, reproduce un video, responde un mensaje, revisa una notificación.   Son escenas tan comunes que prácticamente han dejado de llamarnos la atención.   Y, sin embargo, quizá estén diciendo algo importante acerca de nosotros.   ¿En qué momento dejamos de saber estar solos?   No me refiero a vivir aislados, rechazar a los demás o renunciar a la tecnología. Tampoco propongo una nostalgia ingenua por un pasado supuestamente mejor.   Me refiero a algo mucho más sencillo y, paradójicamente, cada vez más difícil: permanecer algunos momentos con nosotros mismos sin necesitar inmediatamente un estímulo que ocupe nuestra atención.   Hace décadas, el psicoanalista británico Donald Winnicott escribió acerca de una capacidad psicológica que consideraba fundamental para el desarrollo emocional: la capacidad de estar a solas.   La expresión parece contradictoria porque, para Winnicott, aprender a estar solo comienza precisamente en presencia de otro.   El niño pequeño puede jugar, explorar o permanecer tranquilamente consigo mismo porque existe cerca una figura suficientemente confiable. No necesita ser entretenido permanentemente. La presencia segura del otro le permite comenzar a construir algo extraordinario: un espacio interior propio.   Con el tiempo, esa presencia puede interiorizarse.   Entonces estar solo deja de significar abandono.   Uno puede estar consigo mismo sin sentirse vacío.   Quizá allí comienza una de las formas más profundas de autonomía emocional.   El problema contemporáneo no es que tengamos teléfonos, redes sociales o plataformas digitales. Estas herramientas han ampliado enormemente nuestras posibilidades de comunicación, aprendizaje y encuentro.   La pregunta es otra:   ¿qué ocurre cuando comenzamos a utilizarlas para evitar cualquier encuentro con nosotros mismos?   Esperar cinco minutos se vuelve insoportable.   Caminar sin audífonos parece extraño.   Comer sin mirar una pantalla produce inquietud.   Antes incluso de experimentar aburrimiento, aparece nuestra mano buscando el teléfono.   Y algo que parece insignificante puede estar revelando una transformación mucho más profunda: hemos comenzado a perder los pequeños intervalos de la vida.   Esos minutos en los que aparentemente no ocurría nada.   Esperar.   Mirar por una ventana.   Caminar.   Observar a otras personas.   Dejar vagar el pensamiento.   Aburrirse.   Recordar.   Imaginar.   Durante siglos, buena parte de la vida interior ocurrió precisamente allí.   En esos espacios sin programación aparecían preguntas, recuerdos, fantasías, ideas e incluso cierta posibilidad de escucharnos. Hoy muchos de esos intersticios han sido colonizados por estímulos.   La investigadora Sherry Turkle ha estudiado durante años nuestra relación con la tecnología y ha advertido una paradoja de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de estar conectados y, sin embargo, esa conexión permanente no necesariamente produce mayor intimidad.   Podemos comunicarnos con decenas o cientos de personas durante el día y, aun así, tener dificultades para permanecer unos minutos frente a nosotros mismos.   Pero quizá haya algo todavía más profundo.   Estar solos puede incomodarnos porque cuando disminuye el ruido comienzan a aparecer cosas.   Una preocupación pendiente.   Una tristeza que habíamos postergado.   Una conversación que necesitamos tener.   El recuerdo de alguien.   Una pregunta acerca de nuestra vida.   O simplemente esa sensación extraña que aparece cuando por unos minutos dejamos de producir, responder, publicar y reaccionar.   Entonces surge una pregunta silenciosa:   ¿quién soy cuando no tengo que responderle a nadie?   No es una pregunta menor.   Vivimos en una época en la que buena parte de nuestra identidad se construye frente a la mirada de los demás. Mostramos dónde estamos, qué comemos, qué pensamos, qué celebramos e incluso, en ocasiones, qué sentimos.   Nada de esto es necesariamente negativo.   El problema comienza cuando necesitamos permanentemente esa mirada para confirmar nuestra existencia.   Porque existe una diferencia importante entre estar solos y sentirnos solos.   La soledad dolorosa merece toda nuestra atención. El aislamiento prolongado puede producir sufrimiento y necesitamos vínculos, conversación, afecto y comunidad.   Pero existe otra soledad.   Una soledad fértil.   La posibilidad de tomar un café sin hacer nada más.   Caminar algunas cuadras sin escuchar nada.   Sentarse unos minutos en silencio.   Mirar un árbol.   Recordar.   Pensar.   O simplemente permitir que la mente vaya hacia donde quiera ir.   Tal vez no necesitemos abandonar nuestros teléfonos.   Quizá solamente necesitemos recuperar algunos espacios que les hemos entregado.   Cinco minutos mientras esperamos.   Una comida de vez en cuando.   Un trayecto corto.   Una caminata.   El instante antes de dormir.   Pequeños territorios sin estímulos en los que podamos volver a encontrarnos.   Porque una persona que puede estar consigo misma no necesita escapar permanentemente de su mundo interior.   Puede escucharse.   Puede preguntarse.   Puede imaginar.   Puede crear.   Puede incluso descubrir que dentro de sí existen habitaciones que llevaba mucho tiempo sin visitar.   Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo no sea aprender a conectarnos.   Eso ya lo conseguimos.   El verdadero desafío podría ser aprender nuevamente a desconectarnos sin sentir que desaparecemos.   Winnicott escribió sobre la capacidad de estar a solas hace muchas décadas, cuando difícilmente podía imaginar el mundo hiperconectado que hoy habitamos.   Y, sin embargo, su pregunta parece haber esperado pacientemente nuestra época.   Quizá esta noche, cuando aparezca uno de esos pequeños instantes vacíos, podamos intentar algo sencillo.   No llenarlo inmediatamente.   No buscar la pantalla.   No huir del aburrimiento.   Permanecer ahí unos minutos.   Tal vez al principio no ocurra nada.   Y quizá precisamente entonces comience a ocurrir algo que hemos olvidado:   volver a encontrarnos con nosotros mismos.  
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