La fe no se va de vacaciones

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La temporada vacacional comenzó hace algunas semanas. Si bien es cierto que no todos gozamos de un periodo de descanso en estos días, también es verdad que todos disfrutamos de los efectos indirectos del receso escolar: el tráfico ha disminuido sensiblemente y quienes manejamos por las mañanas nos reencontramos con una tranquilidad urbana poco habitual.

Esta pausa en las aulas coincide con el fin del ciclo de catequesis infantil. Por ello, en el verano, los templos suelen lucir más tranquilos los sábados por la mañana. No obstante, resulta llamativo notar que en muchas comunidades la asistencia a la misa dominical también decae de manera drástica durante estas fechas. Lamentablemente, no pocas familias asisten durante el año movidas casi en exclusiva por la firma o el sello en la boleta de sus hijos.

Es comprensible que el ajetreo diario, las presiones laborales y la rutina lleven a muchos a vivir la fe "en piloto automático", cumpliendo solo con la cuota formal. Sin embargo, la fe no nació para convertirse en un pendiente más en la lista semanal, sino para ser el respiro que aligera nuestras cargas.

Cuando reducimos la vida espiritual a la sola acumulación de requisitos —al sello de un papel o al auxilio de urgencia en momentos de angustia—, corremos el riesgo de infantilizar nuestra vivencia religiosa. Dios no es un inspector de asistencia ni un servicio de emergencias; es una presencia viva que le da sentido a la rutina diaria, al descanso, al trabajo e incluso al silencio de los días sin agenda.

Qué bueno que los padres muestren compromiso con el proceso de formación de sus hijos, pero resulta indispensable que todos reflexionemos sobre la necesidad de vivir una fe de manera íntegra. No deberíamos hacer de lo sagrado un recurso meramente utilitario, válido solo para ciertos trámites o etapas de la vida, sino un pilar constante que acompañe toda nuestra existencia.

Dios le da sentido a nuestras jornadas más complejas, pero nuestra fe no es únicamente para la contingencia o la crisis, sino para la vida entera. El reto de todo creyente radica en animarse a cultivar su relación con Dios desde lo cotidiano. Dios camina con nosostros siempre: ¿nosotros deseamos dejarnos acompañar por Él?

Así como agradecemos que las calles despejadas nos permitan avanzar sin la prisa ni el estrés habituales, valdría la pena aprovechar este ritmo más pausado para despejar también nuestra vida interior. Que las vacaciones de las aulas no se traduzcan en vacaciones de nuestra propia espiritualidad; al contrario, que sean la oportunidad perfecta para reencontrarnos con lo verdaderamente esencial.A final de cuentas, el calendario puede cambiar de ritmo, pero Dios nunca se toma vacaciones de nosotros

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