Ahí la llevamos
La vemos cuando cargamos gasolina.
Cuando pagamos la despensa.
Cuando llega el recibo de la luz.
Cuando renovamos la renta o intentamos comprar una casa.
Nos preocupa porque afecta nuestro bolsillo. Y con razón.
Pero existe otra inflación de la que casi nadie habla.
La inflación de los recuerdos.
Suena extraño ponerle precio a un abrazo, a una fotografía familiar o a una tarde con nuestros hijos. Sin embargo, eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Hoy convivir cuesta más.
Mucho más.
Hace unos días imaginé una escena que seguramente miles de familias mexicanas han vivido.
Un hijo le pregunta a su papá:
—¿Me llevas al concierto?
El padre sonríe y le dice que sí. Comienza a ahorrar. Hace cuentas. Deja de comprar algunas cosas para poder regalarle esa experiencia. Llega el día de la venta. Se conecta desde temprano. Espera durante minutos en una fila virtual interminable.
Cuando por fin logra entrar, descubre que los boletos ya se agotaron.
Cinco minutos después aparecen nuevamente.
Pero ahora cuestan el doble.
O el triple.
Entonces llega esa frase que ningún padre quisiera decir.
—Será para la próxima.
Y pareciera que solamente perdió la oportunidad de asistir a un concierto.
Pero no.
Perdió una fotografía.
Perdió una carcajada.
Perdió una canción cantada a todo pulmón.
Perdió un recuerdo que jamás volverá a repetirse.
Porque los hijos crecen.
Los artistas cambian de gira.
Las etapas de la vida terminan.
Y el tiempo, ese sí, nunca vuelve.
No escribo estas líneas para señalar a quien vende un boleto porque tuvo una emergencia y ya no puede asistir.
Eso puede pasarle a cualquiera.
Escribo sobre quienes han convertido las emociones de miles de familias en un negocio.
Sobre quienes utilizan sistemas automatizados para comprar cientos de boletos en segundos.
Sobre la especulación.
Sobre quienes nunca pensaron en entrar al concierto; solamente pensaron en revender la ilusión de alguien más.
No compran boletos.
Compran oportunidades para vender más caro.
Mientras unos buscan vivir una experiencia, otros encontraron la forma de cobrar por ella.
La propia Procuraduría Federal del Consumidor ha advertido en distintas ocasiones sobre la reventa irregular, los boletos falsificados y los sobreprecios, recomendando adquirir entradas únicamente por los canales oficiales.
Es decir, incluso la autoridad reconoce que hoy el consumidor llega en desventaja.
Pero esta reflexión va mucho más allá de un concierto.
Hace unos días caminaba por la Feria de los Chicahuales.
Vi niños riendo mientras corrían detrás de un globo.
Vi abuelos observando a sus nietos subir por primera vez a un juego mecánico.
Vi parejas tomándose una fotografía.
Vi familias completas compartiendo un elote, una nieve o simplemente una conversación.
Y pensé que eso también es riqueza.
Eso también es bienestar.
Eso también es calidad de vida.
Vivimos en una época donde trabajamos más horas que nunca.
Dormimos menos.
Respondemos mensajes incluso durante la cena.
Vivimos conectados al teléfono, pero cada vez tenemos menos tiempo para quienes realmente importan.
Y cuando por fin encontramos unas horas libres para convivir...
También descubrimos que hacerlo cuesta cada vez más.
No solamente aumentó el costo de la vida.
Aumentó el costo de estar juntos.
Por eso necesitamos hablar de reglas más justas, de plataformas oficiales de reventa, de límites a la compra masiva mediante bots y de sanciones para quienes convierten el abuso en modelo de negocio.
Porque nadie debería enriquecerse secuestrando los recuerdos de las familias.
Siempre discutimos el precio de la gasolina.
El precio de la tortilla.
El precio de la vivienda.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos cuánto nos está costando convivir.
Porque una sociedad no solamente se construye con crecimiento económico.
También se construye con tiempo compartido, con abrazos, con fotografías, con domingos en familia y con recuerdos que permanecen toda la vida.
Tal vez la verdadera riqueza de un país no sea la cantidad de dinero que produce, sino la cantidad de momentos que sus familias todavía pueden darse el lujo de vivir.
Y cuando una sociedad comienza a perder esa posibilidad, deja de empobrecerse únicamente en lo económico.
Empieza a empobrecerse en lo humano.
Porque una sociedad no empieza a romperse cuando deja de producir.
Empieza a romperse cuando deja de convivir.