Bajo presión
Natalia Antonoff llegó a Shark Tank México para vender una idea impecable desde el punto de vista comercial pero desastrosa desde cualquier consideración ética: una plataforma para conectar estudiantes con personas dispuestas a hacerles la tarea a cambio de dinero. La trampa tenía nombre de startup: Homework Dealer.
Los tiburones, que no son precisamente un tribunal de moral sino inversionistas acostumbrados a premiar casi cualquier cosa que prometa rentabilidad, la rechazaron de inmediato. No había un delito comprobado, pero sí una inmoralidad evidente: el negocio no vendía tareas; vendía la costumbre del engaño. No se trataba de aprender, sino de que alguien más hiciera el trabajo.
Antonoff explicó después que no había ido al programa por inversión, sino por exposición y marketing. Quería que la vieran, que la recordaran como la emprendedora atrevida que convirtió la trampa en modelo de negocio. Y funcionó durante un tiempo: Homework Dealer tuvo clientes, porque siempre hay quien busca el camino fácil.
Eso es lo primero que conviene recordar frente al escándalo del examen de admisión de la UNAM: la propensión a hacer trampa no nació con ChatGPT ni con ningún sistema de vigilancia digital. La tecnología cambió las herramientas; no creó la tentación.
Los datos reunidos por Raúl Trejo Delarbre en Nexos son difíciles de ignorar. En Medicina, el porcentaje de aspirantes con cien aciertos o más pasó de 9% en 2025 a 29.7% en 2026. En Derecho, de 3.7% a 18.9%. En Actuaría, de 9.7% a 30.4%. Los puntajes mínimos de ingreso se dispararon en prácticamente todas las facultades. Tal vez una investigación institucional encuentre explicaciones adicionales, pero la hipótesis de que, de pronto, decenas de miles de aspirantes se volvieron extraordinariamente mejores resulta, por decirlo con prudencia, la menos convincente (https://redaccion.nexos.com.mx/unam-examen-fraude-e-inteligencia-artificial/).
Aquí es donde la discusión pública empieza a desviarse convenientemente. El blanco favorito ha sido Territorium Life, la empresa contratada para operar la plataforma y supervisar el examen. Que la UNAM revise si la empresa cumplió con las normas de seguridad mínimas es correcto e indispensable. Lo problemático es convertir esa revisión en el centro del escándalo, porque entonces el fraude deja de ser una decisión humana y se transforma en una falla técnica.
Nadie obligó a nadie a copiar.
La frase más reveladora no la pronunció el rector ni un especialista en evaluación educativa. La dijo un creador de contenido que, antes del examen, recomendó abiertamente hacer trampa porque, según él, el examen para ingresar a la UNAM “es solo un trámite”, comparable a sacar una licencia de conducir. En esa declaración resuena la misma lógica de quienes olvidan que el voto es un derecho y pueden ejercerse sin responsabilidad, que las consecuencias son siempre un problema ajeno.
Ahí está el verdadero diagnóstico, y es mucho más incómodo que discutir una falla de software.
Si el examen es apenas un obstáculo administrativo, entonces el mérito pierde valor moral. Copiar deja de percibirse como una deshonestidad y se convierte simplemente en una estrategia eficiente para avanzar más rápido.
Cuando necesitamos un culpable que no seamos nosotros mismos, siempre encontramos uno más cómodo: la máquina.
Recuerdo la escena final de Terminator. Sarah Connor escucha la advertencia del gasolinero: A storm is coming. La tormenta se acerca, sí, pero ella no espera que una máquina la salve ni le atribuye a la tecnología la responsabilidad del futuro. Sigue conduciendo hacia adelante, consciente de que lo que viene dependerá de las decisiones humanas.
Con la inteligencia artificial solemos hacer lo contrario. Imaginamos un Skynet autónomo que actúa por su cuenta y decide el destino del mundo. Ese miedo apocalíptico y el argumento cínico de que la tecnología permitió el fraude son, en el fondo, el mismo movimiento intelectual: desplazar la responsabilidad de la persona hacia el sistema.
No hay ningún Skynet presentando el examen de admisión de la UNAM.
Hay miles de aspirantes que decidieron, cada uno por su cuenta, si el mérito seguía significando algo o si era apenas un requisito burocrático que podía sortearse con un teléfono, un audífono o una ventana oculta en la computadora.
La UNAM tiene obligaciones evidentes: revisar sus mecanismos, exigir cuentas a su proveedor y determinar qué hacer con miles de admisiones hoy cuestionadas. Esa es una tarea institucional legítima y urgente.
Pero hay otra tarea que ninguna universidad puede resolver mediante software: la formación ética de quien, frente a una pantalla, decide que el mérito es prescindible.
Culpar a la tecnología no detiene el fraude. Solo detiene la conversación incómoda que realmente necesitamos tener.
Seguimos prefiriendo la tormenta ajena a la propia. Es más fácil temerle a una inteligencia artificial que se independiza de nosotros que aceptar que somos nosotros quienes, aspirante por aspirante y tramposo por tramposo, estamos degradando la idea misma del mérito.
Coda. Le tememos a Skynet porque es más cómodo que temerle al espejo. La máquina responde lo que queremos escuchar; el espejo, en cambio, exige que respondamos por lo que hacemos.
@edilbertoaldan