La prisa: la enfermedad silenciosa de nuestro tiempo

Opinión

Hay una pregunta que, sin darnos cuenta, se ha convertido en una forma de saludarnos. —¿Cómo estás? Y la respuesta casi siempre es la misma. —Muy ocupado. Lo decimos con naturalidad. Incluso, en ocasiones, con cierto orgullo. Como si vivir deprisa fuera una señal de éxito y tener la agenda llena confirmara que nuestra vida es importante. Sin embargo, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿desde cuándo la prisa comenzó a convertirse en una forma de vivir? Hace algunos años observé una escena que continúa acompañándome. En un parque, un niño intentaba mostrarle algo a su padre. Señalaba con entusiasmo un árbol donde varias aves habían hecho un nido. El padre levantó la vista apenas unos segundos, respondió con una sonrisa mientras continuaba escribiendo un mensaje en su teléfono y siguió caminando. El niño guardó silencio y, unos pasos después, dejó también de mirar el árbol. Quizá aquella escena duró menos de un minuto. Pero me hizo pensar que muchas veces no perdemos los grandes momentos de la vida. Perdemos los pequeños. Y son precisamente esos pequeños momentos los que, al reunirse, terminan formando una existencia. Vivimos acelerando el paso con la esperanza de llegar cuanto antes a una meta. Cuando terminemos este proyecto descansaremos. Cuando llegue el fin de semana tendremos tiempo para la familia. Cuando pase este mes volveremos a leer. Cuando se resuelva este problema volveremos a disfrutar la vida. Lo curioso es que ese "cuando" parece desplazarse constantemente. Siempre aparece una nueva tarea, una nueva preocupación o un nuevo compromiso que vuelve a colocar la vida en pausa. La prisa tiene una característica engañosa: nos hace creer que todo es urgente. Poco a poco dejamos de distinguir entre lo importante y lo inmediato. Respondemos mensajes mientras conversamos con nuestros hijos. Contestamos llamadas durante la comida. Revisamos el correo antes de dormir y abrimos los ojos buscando las notificaciones del día. Sin advertirlo, el reloj deja de ser un instrumento para organizar nuestro tiempo y comienza a dirigir nuestra manera de vivir. Desde la psicología sabemos que el cuerpo humano no fue diseñado para permanecer de manera constante en estado de alerta. Necesitamos pausas. Necesitamos respirar con calma. Necesitamos momentos en los que la mente pueda integrar lo vivido y el corazón encuentre un espacio para recuperar su propio ritmo. No se trata de trabajar menos. Tampoco de renunciar a las responsabilidades. El problema no es el trabajo. El problema aparece cuando olvidamos que somos seres humanos antes que productores de resultados. La naturaleza ofrece una lección silenciosa que pocas veces observamos. Ningún árbol florece antes de tiempo. Ningún río acelera su cauce por ansiedad. Las estaciones no compiten entre sí. Todo parece desarrollarse siguiendo un ritmo propio. Quizá nosotros también lo tuvimos alguna vez. Tal vez lo fuimos perdiendo mientras aprendíamos que el valor de una persona podía medirse por la cantidad de actividades que realiza en un solo día. En la consulta he aprendido que muchas personas no llegan únicamente cansadas. Llegan desconectadas de sí mismas. Han cumplido con todas sus obligaciones, pero hace tiempo que dejaron de preguntarse cómo se sienten, qué necesitan o qué desean realmente. La prisa puede llenar la agenda, pero también puede vaciar la vida. Por eso, esta semana quisiera proponerte un ejercicio sencillo. No requiere aplicaciones, cursos ni grandes cambios. Solamente elige un momento del día para hacer una sola cosa. Beber un café sin revisar el teléfono. Caminar unas cuadras sin audífonos. Escuchar con atención a alguien sin pensar en la siguiente respuesta. Es posible que descubras algo inesperado. La vida nunca dejó de suceder. Éramos nosotros quienes pasábamos demasiado rápido frente a ella. Quizá la verdadera riqueza no consista en hacer más cosas en menos tiempo. Tal vez consista en estar plenamente presentes en aquello que estamos viviendo. Porque hay instantes que duran apenas unos segundos...y, sin embargo, tienen la capacidad de acompañarnos toda la vida.  
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