Durante este tiempo de lluvias, estoy seguro de que muchos de nosotros hemos tenido que detener la marcha de nuestro coche por un pinchazo de llanta. Las abundantes lluvias que en estos días se han registrado nos han dejado paisajes coloreados de un verde intenso, pero también han ocasionado que la basura de nuestras calles se vea descubierta y los clavos, tornillos y demás objetos punzocortantes con mucha facilidad se aniden en las llantas de nuestros coches.
Detener la marcha para cambiar la llanta o detenernos para parcharla no es del todo cómodo. Sin embargo, continuar el camino con la llanta en mal estado no es opción. Pienso que en la vida también debemos hacer altos para revisarnos, para reconocer las heridas que en el camino hemos adquirido. Pero no deberíamos esperar a que el neumático explote por completo en medio de la tormenta; es necesario aprender a escuchar a tiempo esas sutiles "alertas en el tablero" de nuestra alma —como el cansancio extremo, la irritabilidad o el vacío— antes de que el daño sea mayor. No basta detenernos sino, así como las llantas ponchadas, repararnos interiormente para poder continuar nuestro trayecto.
Estoy convencido de que las situaciones complicadas de la vida, aunque nos duelan, no deben congelar nuestra existencia paralizándonos y obligándonos a quedarnos en la orilla. Cierto es que en algunas ocasiones de la vida tendremos que “orillarnos” para así asegurarnos de que nuestro caminar pueda continuar de la mejor manera, pero nunca debemos detenernos de manera definitiva. Hacemos una pausa para mejorar, para eliminar aquello que no va bien del todo en nuestro existir. Y en esa orilla del camino, vale la pena recordar que no tenemos que cambiar la llanta completamente solos bajo la lluvia. Dios nos rodea de personas que actúan como un auxilio vial invaluable —amigos, familia, guías espirituales—; pedir ayuda no nos hace menos capaces, sino más sabios para retomar el viaje de forma segura.
Caminamos siendo conscientes de nuestras heridas que, a la luz de la fe, hemos permitido que el Señor nos sane colocándonos en el proceso de perdón y reconciliación con los demás y con nosotros mismos. Esta conciencia de nuestra fragilidad nos engrandece, pues solo quien es consciente de su propia vulnerabilidad puede ser empático frente a la miseria del otro.
No tengamos miedo de ver y reconocer nuestras heridas, solo en la medida en que las visualicemos y reconozcamos, éstas pueden sanar. Al volver al asfalto, es muy probable que lo hagamos llevando un "parche" en el alma, una marca de aquel percance. Lejos de restarnos valor o hacernos defectuosos, esa cicatriz es un símbolo de resiliencia: la prueba viviente de que tuvimos la valentía de detenernos, la humildad de dejarnos reparar y la fuerza para seguir rodando. No importa que en ocasiones tengamos que detener la marcha un poco; esa pausa nos hará sanar, recobrar fuerzas y así retomar el camino con paz y desde la serenidad.
Que en este viaje que es la vida, cuando la marcha se complique y el camino se torne difícil, tengamos la sabiduría para detenernos, la humildad para dejarnos ayudar y la fe para dejarnos sanar por el Señor