La cancha y la tribuna no son la cultura de un país

Razones

El comportamiento de algunos argentinos ante la derrota no puede calificarse únicamente como lamentable, porque también en el triunfo han mostrado actitudes de soberbia. No se trata solamente de saber perder; también hay que aprender a ganar. La victoria no concede el derecho de humillar al adversario, del mismo modo que la derrota no justifica la violencia, la discriminación ni la falta de respeto.

En diferentes competencias hemos observado conductas preocupantes tanto en las tribunas como dentro de la cancha: cánticos discriminatorios, gesticulaciones ofensivas, pancartas provocadoras y expresiones que rebasan los límites de la rivalidad deportiva. Son comportamientos que revelan una falta de control de las emociones y una concepción equivocada de lo que significa competir.

Sería injusto juzgar a una sociedad completa por lo que hacen algunos jugadores o grupos de aficionados. La cancha y la tribuna pueden exhibir ciertas conductas colectivas, pero no representan por sí solas la cultura de todo un país, menos la de una nación que ha sido cuna de celbres escritores y que ha hecho de la psicoteprapia una cultura y vocación.

La autorregulación es muy importante en la vida. Saber reconocer lo que sentimos y controlar nuestras reacciones permite enfrentar los momentos difíciles sin dañar a los demás. Cuando esa capacidad desaparece, la frustración puede convertirse en agresión, insulto o violencia.

Muchos actos violentos vinculados con el deporte son producto de un chovinismo que transforma el orgullo nacional en desprecio hacia quienes son diferentes.

El amor por un país no debería construirse a partir del odio hacia otro. El patriotismo puede unir, mientras que el chovinismo divide y convence a las personas de que su nación, su historia o su identidad son superiores. Desde esa visión, el adversario deja de ser un competidor y se convierte en un enemigo al que se debe humillar.

Ser competitivo no significa lograr una meta por cualquier método. La competencia también exige reglas, límites, respeto y no se debe denigrar al vencido.

Ser competitivo no significa lograr victoriassin honor. En otros tiempos se hablaba de reglas de caballerosidad. Más allá de las diferencias culturales, existía la idea de que un rival debía ser tratado con dignidad antes, durante y después de una confrontación. Ganar con trampas, agresiones o humillaciones disminuye el valor de cualquier victoria.

Por eso resulta necesaria una pedagogía de la derrota. Los vencidos también necesitan aprender. Perder no convierte a una persona en inferior ni anula todo lo que ha construido. La derrota puede enseñar disciplina, humildad y perseverancia. Pero, cuando no se sabe procesar, la frustración desdibuja la resiliencia y el carácter.

En México diríamos que algunos “acabaron ardidos”. La expresión puede parecer coloquial, pero describe con precisión a quien no acepta un resultado y responde mediante provocaciones, insultos o actos que buscan disminuir el mérito del ganador. El problema no es sentir enojo o tristeza, sino permitir que esas emociones gobiernen completamente la conducta.

Me rehúso a pensar que ciertas reacciones se producen simplemente porque los adversarios sean españoles. Las rivalidades históricas no deben utilizarse para justificar comportamientos actuales. Tampoco es razonable convertir un encuentro deportivo en una prolongación de antiguos conflictos políticos, culturales o territoriales. Es un deporte, no una guerra.

También resultó cuestionable la conducta de algunos argentinos durante el partido contra Egipto, cuando se exhibió una bandera de Israel. Una competencia deportiva no debería utilizarse para provocar mediante símbolos relacionados con conflictos que han causado dolor y muerte. Introducir ese tipo de mensajes transforma el estadio en un escenario de confrontación política y desvía la atención de lo verdaderamente importante: el juego.

En lo personal, pienso en mi propia identidad. Soy mestizo, y eso me hace más fuerte porque poseo elementos de dos culturas. Renegar de cualquiera de ellas significaría negar mi esencia como mexicano. Si soy mexicano, ¿por qué tendría que rechazar una parte de la historia que me formó? La identidad no necesita sostenerse en el rencor ni en la negación de nuestras raíces.

Enfrentar la derrota no es fácil. Requiere una gran educación en valores y competencias socioemocionales. Se necesita empatía para reconocer al contrario, autocontrol para evitar la agresión, resiliencia para recuperarse y carácter para aceptar los errores. Estas capacidades no solo sirven dentro del deporte; son fundamentales para la convivencia diaria.

La competencia debe impulsarnos a mejorar, no a descalificar al adversario. Ganadores y vencidos conservan la misma dignidad. Por eso, antes de condenar a una nación completa, debemos distinguir entre una sociedad y las acciones de quienes no saben controlar sus emociones. Al final, la conducta de algunos aficionados o deportistas puede ser reprobable, pero la cancha y la tribuna no son la cultura de un país.

 

 

OTRAS NOTAS