Turbovalemadrismo

Bajo presión

Algo está muy jodido en la manera en que discutimos lo público, no es culpa del algoritmo ni de ninguna teoría conspiranoica acerca de los amos de las redes sociales, es nuestra responsabilidad, dónde ponemos la atención, lo que decidimos discutir, resaltar, de lo que comentamos en nuestras redes, de a quién decidimos mostrar como ejemplo o repudiar, cuando decidimos que la indignación vale más que el argumento. Somos turbovalemadristas: la costumbre de opinar con la certeza de quien no necesita corroborar nada, y de sostenerlo después no porque se haya pensado, sino porque retractarse es como perder.

El síntoma llegó, como casi todo ahora, por un podcast que la mayoría de los mexicanos no sabíamos que existía hasta que un fragmento se volvió trending topic. Natalia Torres, abogada, profesora universitaria, creadora de contenido, dijo que no todos deberían votar, y que el acceso a la credencial de elector debería condicionarse a un examen sobre el conocimiento del funcionamiento del Estado. Lo dijo, además, con el gesto que define la época: advirtió que lo repetiría setenta y cinco veces, sin que le importara si la idea incomodaba. Me turbovalemadre si incomoda, está mal o se escucha peor.

Vale la pena detenerse en la palabra que usó la creadora de contenido:  “acceso”, no dijo “ejercicio”, dijo “acceso”. La diferencia no es semántica, es constitucional. Un derecho no se administra por niveles de mérito, se ejerce porque la persona existe y es igual en dignidad ante la ley. Condicionar el “acceso” al voto a un examen es, sin decirlo así, regresar a la ciudadanía censitaria que México dejó atrás hace más de un siglo. La idea de Natalia Torres no es una guía cívica, lo que propuso es un filtro.

La presidenta Claudia Sheinbaum le respondió desde la mañanera, y dijo algo, lamentablemente, cierto a medias: que el voto es el momento más democrático porque nos iguala sin importar clase, edad o lugar de nacimiento. Sí, pero no es sólo eso, el voto no nos iguala porque sea un acto simbólico de unidad nacional, nos iguala porque el artículo 1 establece, antes que ante la urna, que la dignidad humana es la base jurídica y filosófica de todo lo demás. El voto no crea la igualdad: la ejerce. Confundir el efecto con la causa es un error tan grave como el de la creadora de contenido, solo que con más audiencia detrás.

Ninguna de las dos convence. Sheinbaum tomó la ocurrencia de una creadora de contenido, dicho por ella misma, entre risas y groserías, en un podcast del que nadie recuerda el nombre, y la elevó a política de Estado, la conectó con un supuesto ataque de la derecha internacional, la usó como material de campaña discursiva. Es una desproporción deliberada: convertir un exabrupto viral en amenaza ideológica organizada le sirve más de lo que le costaría ignorarlo.

No es casualidad que, días antes, en la Cumbre de Liderazgo Femenino de Turning Point, encabezada por Erika Kirk, se haya discutido el household voting (la idea de que el voto familiar se concentre en quien encabeza el hogar). El parecido entre ambas propuestas es real como síntoma: algo se está moviendo, en distintos países, sobre quién merece votar y cómo. Pero de ahí a que Sheinbaum lo presente como una operación coordinada, como si la creadora de contenido fuera pieza de un ajedrez internacional de la derecha, hay un salto que los hechos no sostienen. Es la misma lógica que critica: toma una señal real y la infla hasta que deja de ser análisis y se vuelve consigna. Turbovalemadrismo, otra vez, pero con membrete presidencial.

Natalia Torres ya se defendió de la manera más previsible: dijo que la sacaron de contexto, que su idea era más un examen de manejo que una prueba de ciudadanía, y remató reclamando que no la dejan hablar. Es la nueva víctima del Estado,  “no me van a callar” como síntoma de los tiempos: la queja funciona como escudo retroactivo, oculta que en el fondo todos ellos (los  influencers, los creadores de contenido) buscan sus minutos de atención. Se opina sin la disciplina de quien sabe que sus palabras van a circular, y cuando circulan mal, la responsabilidad se traslada al oyente que no entendió, porque somos tontos. La etiqueta de “creadora de contenido” no es inocente: opera como una excusa legaloide, como si la responsabilidad ética de argumentar en público dependiera del formato y no del acto de hablarle a una audiencia que pasa rápidamente de decenas a millones.

Lo que ninguna de las dos menciona, ni Natalia Torres ni Claudia Sheinbaum, porque no les conviene, porque no genera clics, es que en México no existe ese problema, la educación cívica es obligación curricular desde la educación básica, el conocimiento del Estado no requiere un nuevo instituto ni un nuevo examen, requiere partidos que hagan su trabajo. La Ley General de Partidos Políticos ya les obliga a destinar recursos a la formación política y a la educación cívica de sus militantes, en los hechos, ese mandato se convirtió en línea presupuestal, no en práctica. ¿Cuántos de quienes intervenimos en esta “polémica” hemos revisado los contenidos del programa escolar de la materia de  Formación Cívica y Ética?

Ah, pero los partidos prefieren formar operadores electorales, no ciudadanos críticos: les conviene más una masa que repite consignas que una que entienda al Estado. Justo por eso ninguno de los dos bandos de esta “polémica”, así, entrecomillada, ni la abogada que quiere filtrar el padrón, ni la presidenta que quiere blindar el relato, toca el tema de fondo: la educación cívica ya es responsabilidad de alguien, y ese alguien lleva años sin cumplirla.

No hace falta inventar un filtro para el voto: hace falta exigir que el derecho a la educación, que también es constitucional, se ejerza con la misma seriedad que exigimos del voto.

Nosotros, los testigos de esta discusión, no somos inocentes tampoco. Elegimos bando, retuiteamos el fragmento que más nos indigna, inflamos exactamente la burbuja que cada una necesita para seguir teniendo razón. El turbovalemadrismo no es solo de quien opina sin pensar: es también de quien aplaude sin pensar.

 

Coda. El turbovalemadrismo no es de izquierda ni de derecha: es de quien no quiere pensar ni discutir. Cuando ya no se discute nada, no hace falta examen ni relato: solo hace falta un Ortega que declare, como hizo esta semana, que en Nicaragua no volverá a haber elecciones.

 

@edilbertoaldan

 

 

 

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