Bajo presión
En Adolescencia, la serie de Netflix, hay una escena que necesariamente debería incomodarnos como adultos, ese grupo que cree entender a los adolescentes por el simple hecho de haber sido jóvenes. En la serie, un inspector revisa las interacciones entre el presunto feminicida y la víctima, mira Instagram como quien busca una pista obvia, y sin embargo no alcanza a leer el código real de esos mensajes. El hijo del propio inspector, avergonzado de su padre, le traduce lo que ahí está ocurriendo. La escena es más que un recurso dramático: es una advertencia sobre nuestra ignorancia digital y sobre la fragilidad de una mirada adulta que, muchas veces, presume autoridad donde en realidad solo hay ceguera.
Durante años hemos respondido al desconcierto con una tentación autoritaria: el veto total. Si las redes sociales alteran, confunden, enganchan o dañan, entonces prohibámoslas y asunto resuelto. Suena firme, suena protector y hasta suena sensato. Pero la prohibición suele operar como un atajo moral que evita la pregunta más difícil: ¿quién acompaña a las infancias y adolescencias en el territorio donde ya habitan? El País ha publicado textos que empujan justamente en esa dirección, al insistir en que el problema no se resuelve con castigos simbólicos, sino con educación, supervisión y protección real. La fórmula “más educación y menos prohibición” no es una concesión blanda al mundo digital; es una forma de asumir que la crianza ya cambió y fingir lo contrario sólo produce adultos desarmados.
El error del veto total es creer que impedir el acceso equivale a cuidar. No es así. Prohibir puede retrasar, pero no necesariamente enseña; puede ocultar, pero no necesariamente proteger. Si un menor entra al mundo digital sin guía, la ausencia de reglas no desaparece: solo se vuelve invisible para los adultos. Lo invisible, en internet, también educa, aunque eduque mal. Por eso el verdadero debate no es si las redes existen o no, sino bajo qué condiciones entran en la vida de los menores y qué tan preparados están los adultos para leer ese entorno.
Entre las muchas lecciones de Adolescencia no está en el crimen, sino en la distancia entre generación y generación. El inspector no falla por falta de inteligencia, sino por exceso de confianza en su interpretación. Mira los mensajes, pero no entiende el tono; observa la interacción, pero no descifra la jerga; busca una verdad transparente en un espacio donde todo está atravesado por claves, dobles sentidos y performatividad. El hijo, no el padre, posee la gramática del mundo digital. Esa inversión de autoridad es una metáfora brutal de nuestro tiempo: quienes deberían orientar llegan tarde, y quienes deberían obedecer son los únicos que comprenden de verdad el idioma de la pantalla.
Aquí aparece una pregunta incómoda para cualquier familia: antes de revisar el celular de los hijos, ¿qué tan dispuesto está un adulto a revisar el propio? No solo en el sentido moral, sino práctico. El uso problemático de pantallas por parte de los padres también pesa: los menores observan, imitan y normalizan hábitos que luego les exigimos que no reproduzcan. Dicho de otra manera, no se puede exigir disciplina digital con la mano ocupada en el mismo dispositivo que se condena. La crianza en la era de las redes no se juega únicamente en el control, sino en el ejemplo. Y el ejemplo, a diferencia del discurso, no se puede delegar.
Me parece más honesto hablar de acompañamiento que de prohibición. Acompañar no significa relativizar riesgos ni romantizar la exposición temprana. Significa asumir que el entorno digital ya forma parte de la crianza y que el papel adulto consiste en poner límites, conversar, explicar, vigilar con criterio y enseñar a distinguir entre uso y abuso. Esa es, además, la línea que sostienen colaboradores de El País: más educación, menos prohibición; más protección, no una simple consigna punitiva. Porque el problema no es solamente la tecnología, sino la relación que construimos con ella dentro del hogar, en la escuela y en el espacio público.
Conviene decir algo más incómodo todavía: la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las familias, como si el asunto se resolviera con voluntad doméstica. Los padres deben exigir acompañamiento del Estado. No un Estado moralista que ordene desde arriba, sino un Estado que regule, eduque, financie programas de alfabetización digital, fortalezca escuelas de padres, impulse protocolos de prevención y obligue a las plataformas a dejar de operar como si sus daños fueran un accidente menor. Si el ecosistema digital ya forma parte de la vida de los menores, entonces la política pública no puede llegar después, ni llegar tibia, ni llegar en forma de discurso. Tiene que llegar antes, con instrumentos reales.
Es fácil aceptar la responsabilidad que gritan los padres… y que los padres no quieren asumir como obligación
La prohibición, en cambio, ofrece una ilusión de pureza. Parece resolver el problema porque lo saca de casa, pero en realidad lo manda a otro lado: al secreto, al descontrol o a la soledad. Y la soledad, en la adolescencia, suele ser un mal consejero. No necesitamos menores obedientes ante una puerta cerrada, sino jóvenes capaces de moverse en un mundo saturado de estímulos sin quedar a la intemperie. Eso no se logra expulsándolos de internet, sino enseñándoles a vivir dentro de él con acompañamiento, criterio y una adultez que no le tema a aprender. Y tampoco se logra dejando a las familias solas frente a un problema estructural: el Estado debe entrar, no para sustituir a los padres, sino para respaldarlos, darles herramientas y asumir su parte en la construcción de un entorno digital menos hostil.
El discurso de la prohibición suele ganar opiniones porque ofrece una salida simple a un problema complejo. Pero la vida no se deja gobernar por eslóganes. El mundo digital está ahí, con sus abusos, su violencia y su capacidad de aislar, pero también con su potencial de vínculo, aprendizaje y expresión. La diferencia no la hará un muro de edad, sino la calidad del acompañamiento adulto y la seriedad con que el Estado asuma la tarea de proteger sin infantilizar, de regular sin censurar, de educar sin improvisar.
Tal vez el problema no sea que los adolescentes usen redes sociales, sino que demasiados adultos las juzgan sin entenderlas. Mientras sigamos confundiendo control con cuidado, seguiremos entregando a nuestros hijos a un mundo que no prohibimos, pero que tampoco sabemos explicar. Lo verdaderamente urgente no es cerrarles la puerta: es enseñarles a cruzarla sin quedar solos del otro lado. Y para eso hacen falta padres presentes y un Estado que acompañe de verdad, no solo que observe desde la distancia.
Coda. La autoridad no consiste en saberlo todo, se trata de estar dispuesto a aprender lo suficiente para no dejar solos a quienes todavía están aprendiendo a vivir.
@edilbertoaldan