Cuando el alma habla mientras dormimos

Opinión

Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano desde el principio de la historia. ¿Por qué soñamos? Todas las noches ocurre algo extraordinario. Cerramos los ojos, el mundo exterior parece desaparecer y, sin embargo, dentro de nosotros comienza otra realidad. Caminamos por lugares que nunca hemos visitado, conversamos con personas que ya no están, regresamos a la casa de nuestra infancia o enfrentamos situaciones imposibles que, mientras soñamos, nos parecen completamente reales. Al despertar solemos decir: "Sólo fue un sueño." Pero quizá esa frase sea demasiado apresurada. Desde tiempos antiguos, los sueños han despertado la curiosidad de filósofos, médicos, artistas y sabios. En el antiguo Egipto eran motivo de estudio. En Grecia, algunos enfermos acudían a los templos esperando recibir, durante el sueño, una orientación para sanar. Diversas culturas indígenas también concedieron un lugar especial a las experiencias oníricas como parte de su manera de comprender la vida. Siglos después, Sigmund Freud propuso una idea revolucionaria: los sueños podían ser la vía regia para acercarnos al inconsciente. Carl Gustav Jung observó en ellos un lenguaje lleno de símbolos que acompañaban el crecimiento interior. Otros autores, como Wilfred Bion y Donald Winnicott, ampliaron esta mirada al mostrarnos que la mente necesita transformar las emociones en experiencias que puedan ser pensadas y compartidas. Mientras tanto, la neurociencia contemporánea ha demostrado que el cerebro permanece extraordinariamente activo durante el sueño. Sabemos que mientras dormimos se reorganizan recuerdos, se consolidan aprendizajes y se regulan procesos fundamentales para nuestra salud. Sin embargo, todavía no existe una respuesta definitiva que explique por qué soñamos exactamente de la manera en que lo hacemos. Y, tal vez, ahí reside parte de su belleza. No todo misterio necesita resolverse de inmediato. Vivimos en una época que exige respuestas rápidas. Buscamos explicaciones instantáneas para casi todo. Pero los sueños parecen resistirse a esa prisa. Nos invitan a detenernos, a observar, a preguntarnos qué emoción nos dejaron al despertar antes de correr a buscar un significado en internet o en un diccionario de símbolos. Después de muchos años acompañando personas en psicoterapia he aprendido que, con frecuencia, el verdadero valor de un sueño no consiste en descubrir una interpretación universal. Consiste en la conversación que ese sueño despierta dentro de nosotros. ¿Qué estaba sintiendo en ese momento de mi vida? ¿Por qué precisamente ahora apareció ese recuerdo? ¿Qué parte de mí necesita ser escuchada? A veces el sueño no trae respuestas. Trae preguntas. Y las preguntas correctas tienen la capacidad de transformar una existencia. Quizá por eso me gusta pensar que los sueños son una forma de humildad. Nos recuerdan que no controlamos completamente nuestra vida interior. Que existe un territorio silencioso donde la memoria, la imaginación, las emociones y la esperanza continúan trabajando incluso cuando creemos haber apagado el mundo. Tal vez el sueño más importante no sea el que tenemos mientras dormimos. Sino aquel con el que decidimos despertar cada mañana. Porque una persona puede olvidar el sueño de la noche. Pero nunca debería olvidar el sueño que da sentido a su vida. Ad humanitatem per praesentiam. Hacia la humanidad, por medio de la presencia.  
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