La dignidad de ser escuchados

Escuchar es un ejercicio complejo, no basta que nuestro oído este sano o limpio para poder escuchar. Escuchar requiere de una atención grande por parte de quien se dispone a hacerlo. Quien pretende escuchar debe animarse a mirar al otro no con ojos de prejuicio sino desde la naturalidad que solo los ojos del alma pueden imprimir en una persona. Para poder escuchar es preciso tener silencio, esto entendido no sólo como la ausencia de las palabras, sino también tomando en cuenta el cuidado del interior. El silencio permite que nuestro ego no nos gane frente al impulso de pretender imponer nuestras ideas sobre lo que el otro. La falta de silencio convierte el diálogo en un monólogo interminable en el que existen palabras, pero poca o nula comunicación. Por eso, en un mundo saturado de ruido —tanto ambiental como digital— y donde la prisa parece ser la norma, el silencio interior se ha vuelto un bien escaso y, a la vez, una herramienta de resistencia revolucionaria. Quien sabe callar por dentro para escuchar por fuera, no solo comprende mejor su entorno, sino que devuelve al otro la dignidad de ser visto, reconocido y comprendido. Escuchar, al final del día, es un acto de profunda generosidad y de auténtica justicia social. Dentro de la Pastoral de la Comunicación desde hace algunos años se comienza a hablar de los misioneros digitales: ¡qué difícil encontrar un justo equilibrio entre la fidelidad al mensaje del evangelio y el hecho de no caer en protagonismos baratos!  Algunos misioneros digitales en su intento por comunicar y hacer que el evangelio sea más escuchado lo único que han logrado es colocarse el micrófono y la bocina dirigidas a su persona. Para escuchar la atención no debe estar dirigida únicamente hacia nosotros sino hacia al otro. De manera que escuchar tienen mucho que ver con la capacidad de salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro como un misterio que debe ser respetado, valorado y escuchado. Evangelizar en los entornos digitales no consiste en acumular likes, ni en diseñar el encuadre perfecto para que el mensajero brille más que el Mensaje. Cuando el algoritmo se convierte en el pastor y el aplauso virtual en el rebaño, se desvirtúa la misión. El verdadero misionero digital no es el que grita más fuerte en el desierto de las redes, sino el que es capaz de bajar el volumen de su propio protagonismo para resonar con el dolor, la duda y la búsqueda del internauta que está al otro lado de la pantalla. Si el Evangelio es, por definición, la buena noticia del encuentro, la comunicación eclesial no puede permitirse el lujo de la vanidad. Necesitamos una Pastoral de la Escucha antes que una de la emisión. Salir de nosotros mismos implica entender que la vida del prójimo no es un escenario para nuestro monólogo, sino un suelo sagrado que exige respeto, descalzarse de los prejuicios y, sobre todo, una inmensa capacidad de silencio.  
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