Perro no come perro… el poder corruptor del dinero público

Desde el Lunar Azul

Buen “juevebes” de esta semana de amparos, iluminaciones, comparecencias, expedientes que aparecen y desaparecen, y de esas curiosas denominaciones jurídicas que sirven para que todos entiendan menos los ciudadanos.

Pues nada, estimadas lectoras y lectores de este rincón azulado.

En esta redacción nos vemos obligados a comentar el caso de los citados que dicen que no fueron citados, de los amparados que aseguran no necesitar amparo y de los expedientes que oficialmente existen, pero cuya información parece pertenecer al mismo universo donde habitan los unicornios administrativos.

Y es que, mientras el asunto de Next Energy vuelve a ocupar titulares y los antiguos protagonistas del proyecto desfilan por oficinas ministeriales para rendir declaraciones, unos con mayor disposición que otros, unos recordando mucho y otros convenientemente poco, el verdadero debate parece seguir siendo otro: quién controla la narrativa.

Porque en México, desafortunadamente, la impartición de justicia hace tiempo dejó de parecer una balanza para convertirse en una puerta. Una puerta cuya llave suele estar en manos de quienes deciden cuándo abrirla, cuándo cerrarla y, sobre todo, para quién.

Nos hemos acostumbrado a esa dinámica.

También nos hemos acostumbrado a otra, quizá más peligrosa: la domesticación de la crítica.

Durante décadas el viejo manual fue sencillo. Al periodista incómodo se le convencía con publicidad oficial, con cercanía al poder, con exclusivas, con invitaciones o con el siempre eficaz "buen trato". Cuando eso no bastaba, aparecían las presiones, los expedientes oportunamente filtrados, las amenazas veladas o la fuerza institucional recordándole que el Estado siempre tiene más recursos que cualquier reportero o comentarista.

Lo verdaderamente preocupante es que esa práctica ya ni siquiera intenta disimularse.

En este espacio hacemos grilla, sí. Hablamos de trascendidos, ironizamos sobre el poder y procuramos leer entre líneas lo que muchos prefieren dejar fuera del texto. Pero una cosa es el trascendido político y otra muy distinta la difamación. Aquí las ironías podrán incomodar, pero procuran descansar sobre hechos, contexto y memoria.

Porque la memoria suele ser el peor enemigo del poder.

Resulta curioso observar cómo algunos que ayer exigían transparencia, hoy consideran que preguntar demasiado constituye un acto de deslealtad. Más curioso aún es ver cómo ciertos “comentocratas” ( Claudi dix it) que durante años denunciaron la censura ahora descubren las virtudes del silencio... siempre y cuando el presupuesto público alcance para justificarlo.

Perro no come perro, dicen.

Aunque a veces el problema no es que el perro muerda. El problema es cuando aprende a mover la cola frente al presupuesto.

Y mientras algunos exfuncionarios comparecen por decisiones tomadas hace años alrededor de aquel proyecto energético que prometía iluminar el futuro de Aguascalientes y terminó alumbrando más dudas que megawatts, pareciera que ciertos sectores del poder consideran más urgente investigar a quien pregunta que a quien firmó.

Eso sí sería una innovación administrativa.

Hoy parecen multiplicarse los mensajes, las insinuaciones y las advertencias dirigidas hacia algunos medios y comentaristas incómodos. Como si el temor pudiera sustituir al debate o como si una carpeta de investigación lograra borrar una pregunta bien formulada.

La historia demuestra exactamente lo contrario.

Cada vez que el poder pretende intimidar a quien opina, termina confirmando que la opinión tocó una fibra sensible.

No hablamos únicamente de Aguascalientes. Es un fenómeno nacional. En México los gobiernos cambian, los colores se alternan, los discursos se reciclan... pero la tentación de convertir la crítica en enemigo permanece sorprendentemente intacta.

Y, sin embargo, conviene recordar algo elemental.

Los gobiernos son temporales.

Los expedientes terminan abriéndose.

Las comparecencias concluyen.

Los presupuestos se agotan.

Pero las palabras publicadas permanecen.

Por eso el periodismo y sí, también el comentario político cuando se ejerce con responsabilidad, no puede convertirse en una oficina alterna de comunicación social ni en un tribunal paralelo. Su obligación sigue siendo la misma de siempre: preguntar cuando incomoda, dudar cuando todos aplauden y recordar cuando otros prefieren olvidar.

Porque cuando el poder amenaza a quienes escriben, hablan o preguntan, no está castigando únicamente a un “comentocrata”.

Está enviando un mensaje a todos los demás.

Y cuando eso ocurre, el silencio deja de ser prudencia para convertirse en complicidad.

Al final, la rueda del poder siempre gira.

Los que hoy administran presupuestos mañana responderán preguntas.

Los que hoy reparten elogios quizá mañana busquen quien los escuche.

Y quienes hoy creen controlar la conversación descubrirán, tarde o temprano, que ninguna campaña de comunicación puede comprar la tranquilidad de una conciencia ni borrar la memoria colectiva.

 

Ahí dejo esta roca.

 

Empújela usted.

Yo vuelvo, como siempre.

 

 

 

 

 

 

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