La política, la vida y el juego

Razones

Todo logro exige disciplina. El talento es importante pero no lo es todo. Hay personas dotadas de habilidades extraordinarias, capaces de hacer con aparente facilidad aquello que a otros les cuesta años. Pero incluso el talento más evidente se desperdicia cuando no encuentra constancia, estudio y voluntad.

Solemos admirar la improvisación porque parece espontánea, casi mágica. Sin embargo, improvisar no es lo contrario de prepararse. Muchas veces improvisa mejor quien más ha trabajado. Los planes cambian, los obstáculos aparecen y la realidad rara vez se comporta como esperamos, pero la disciplina proporciona herramientas para responder cuando las cosas se salen del guion.

El deporte permite observarlo con claridad. Un jugador puede poseer una habilidad fuera de serie, pero necesita entrenar, estudiar al adversario, reconocer sus propias limitaciones y trabajar con los demás. Ningún partido se gana únicamente con inspiración. Se gana también con resistencia, táctica, estrategia y repetición. Con disciplina.

Pero el deporte enseña otra cosa que con frecuencia preferimos olvidar: no existe competencia sin reglas. El arbitro importa, no es un actor secundario es el vigilante del cumplimiento de las normas acordadas.

Uno de los episodios más famosos de las Copas del Mundo ocurrió en México en 1986. La llamada “mano de Dios” terminó convertida en leyenda, picardía y motivo de celebración. La extraordinaria trayectoria de Diego Armando Maradona está fuera de discusión, pero su grandeza como futbolista no transforma aquella jugada en algo distinto de lo que fue: una infracción que el árbitro no vio. Una trampa.

Lo preocupante no es solamente que un futbolista intente engañar al árbitro. Eso forma parte de las debilidades humanas y, para bien o para mal, aparece en cualquier competencia. Lo verdaderamente inquietante comienza cuando una sociedad glorifica la infracción porque la cometió uno de los suyos. Entonces la regla deja de medirse por el acto y comienza a medirse por la identidad del infractor.

Peor todavía es cuando el poder interviene desde fuera.Cuando un gobernante presume que habló con los dirigentes de una federación para posponer o modificar la sanción de un jugador de su país, lo que está celebrando no es la justicia, sino su capacidad de presión. El mensaje resulta difícil de disimular: las reglas se aplican, salvo cuando alguien suficientemente poderoso puede negociarlas en una mesa.

Desde la pedagogía deportiva, ese mensaje es desastroso. ¿Qué se le enseña al joven que entrena, respeta el reglamento y acepta una sanción cuando observa que otros pueden obtener excepciones mediante influencias? Se le enseña que la disciplina es obligatoria para quien carece de poder y negociable para quien lo posee.

El esfuerzo individual y colectivo debe decidir los juegos. Para eso existe la cancha. Para eso existen los árbitros, los reglamentos y las sanciones. Naturalmente, ningún sistema está libre de errores. Los árbitros se equivocan, las federaciones se protegen y los intereses económicos pesan. Pero reconocer esas fallas no equivale a aceptar que la política determine los resultados o acomode las consecuencias.

El deporte siempre ha atraído a los gobernantes. Un campeonato es una vitrina demasiado grande como para que el poder la ignore. Los políticos aparecen en los palcos, opinan sobre jugadores, se envuelven en banderas y buscan convertir una victoria deportiva en una confirmación de sus propios discursos.No es algo nuevo.

Mussolini comprendió el valor propagandístico del futbol. Hitler quiso utilizar los Juegos Olímpicos de Berlín como demostración de superioridad, hasta que Jesse Owens arruinó el espectáculo racial que el régimen pretendía montar. Los autoritarismos y los populismos de cualquier signo conocen bien la fuerza de una multitud emocionada. Saben que durante unas horas el orgullo, la frustración y la identidad pueden concentrarse alrededor de una camiseta.

Por eso conviene desconfiar cuando un partido empieza a presentarse como una batalla nacional.Es un juego.

No se disputa el territorio del país. Los jugadores no son soldados, tampoco gladiadores, y el estadio no es el circo de Roma. Una derrota puede doler y una victoria puede producir una alegría colectiva legítima, pero ninguna de las dos demuestra la superioridad moral, racial o política de una nación.

Con frecuencia recurrimos al deporte para explicar la vida. Hablamos de resistencia, fuerza, estrategia, trabajo en equipo y liderazgo. Comparamos a los directores técnicos con dirigentes políticos o empresarios. Algunas analogías pueden ser útiles, siempre que recordemos sus límites.

Un director técnico conduce un grupo reducido, con un objetivo concreto, durante un tiempo determinado y bajo reglas previamente aceptadas. Gobernar una sociedad es otra cosa. Una sociedad contiene intereses contradictorios, derechos, desigualdades, memorias, instituciones y conflictos que no pueden resolverse con una charla de vestidor.

La vida no es un partido. La política tampoco.El problema comienza cuando olvidamos esas diferencias y reducimos la complejidad de un país a la lógica de ganadores y perdedores. En el deporte, uno derrota al adversario. En una democracia, el adversario continúa siendo ciudadano. No desaparece al terminar la elección ni pierde sus derechos porque su equipo político haya sido vencido.

La política, la vida y el juego se tocan constantemente, pero no son lo mismo.Del deporte podemos aprender disciplina, preparación, solidaridad y respeto por ciertas reglas. También podemos aprender a perder y a reconocer el mérito ajeno. Lo que no debemos aprender es que la trampa se vuelve admirable cuando nos favorece, que las sanciones pueden negociarse mediante el poder o que una victoria deportiva autoriza la exaltación nacionalista.

Sin disciplina, el talento termina desperdiciándose. Sin reglas, la competencia pierde sentido. Y cuando la política secuestra al deporte, hasta la victoria corre el riesgo de convertirse en propaganda.

 

 

 

 

 

 

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