El arte de volver a mirar

Opinión

Existe una escena que siempre me ha conmovido.

 

Un abuelo camina lentamente de la mano de su nieta.

 

Para él, esa calle ha sido recorrida cientos de veces.

 

Conoce cada árbol.

 

Cada esquina.

 

Cada edificio.

 

Podría atravesarla con los ojos cerrados.

 

La niña, en cambio, se detiene a cada momento.

 

Descubre una hoja que cae.

 

Observa una mariposa.

 

Pregunta por qué las nubes cambian de forma.

 

Se maravilla con el reflejo del sol sobre un pequeño charco.

 

El abuelo sonríe.

 

Quizá piensa que ella está descubriendo el mundo.

 

Pero, en realidad, ocurre algo mucho más profundo.

 

La niña le está enseñando nuevamente a mirar.

 

Con frecuencia creemos que el conocimiento consiste en acumular respuestas.

 

Sin embargo, los grandes pensadores de la humanidad parecieran decirnos exactamente lo contrario.

 

Conocer comienza cuando recuperamos la capacidad de formular preguntas.

Cuando dejamos espacio para el misterio.

 

Cuando aceptamos que la realidad siempre será más grande que nuestras certezas.

 

Vivimos rodeados de información.

 

Sabemos cada vez más.

 

Pero contemplamos cada vez menos.

 

Hemos confundido la rapidez con la profundidad.

 

La inmediatez con la comprensión.

 

La acumulación de datos con la sabiduría.

 

Quizá por eso muchas personas sienten que poseen una vida llena de actividades, pero vacía de significado.

 

Porque el sentido nunca aparece cuando vamos más rápido.

 

El sentido aparece cuando permanecemos.

 

El psiquiatra Viktor Frankl comprendió esta verdad en el lugar más impensable.

 

Mientras sobrevivía a los campos de concentración descubrió que incluso allí, donde parecía haberse extinguido toda esperanza, seguía existiendo una libertad que nadie podía arrebatar.

 

La libertad de elegir la actitud frente a la existencia.

 

Frankl no negaba el sufrimiento.

 

Lo conocía profundamente.

 

Pero descubrió que el dolor no siempre destruye al ser humano.

 

En ocasiones también puede despertarlo.

 

Quien ha atravesado una enfermedad grave suele descubrir el valor de una mañana tranquila.

 

Quien ha estado cerca de la muerte comprende el privilegio de respirar.

 

Quien ha perdido a alguien amado aprende que un abrazo nunca fue un gesto pequeño.

 

El sufrimiento cambia nuestra manera de mirar.

 

Y cuando la mirada cambia…El mundo entero parece transformarse.

 

Aunque siga siendo el mismo.

 

Carl Gustav Jung escribió que quien mira hacia afuera sueña, pero quien mira hacia adentro despierta.

 

Con el paso de los años he comenzado a comprender esa frase de una manera distinta.

 

Mirar hacia adentro no significa encerrarse en uno mismo.

 

Significa descubrir que el modo en que observamos el mundo depende, en gran medida, del mundo que llevamos dentro.

 

Hay personas que encuentran belleza donde otros sólo perciben rutina.

 

No porque tengan una vida más sencilla.

 

Sino porque han aprendido a vivir con mayor profundidad.

 

La profundidad no consiste en complicar la existencia.

 

Consiste en dejar que la existencia nos toque.

 

El escritor y terapeuta Thomas Moore afirma que el alma necesita ser cuidada.

 

No alimentada únicamente con logros.

 

No entretenida permanentemente.

 

Necesita silencio.

 

Belleza.

 

Conversación.

 

Lectura.

 

Arte.

 

Naturaleza.

 

Tiempo.

 

Me gusta imaginar el alma como un jardín.

 

No florece porque la obliguemos.

 

Florece porque alguien permanece a su lado.

 

Porque recibe luz.

 

Porque encuentra agua.

 

Porque alguien comprende que crecer requiere paciencia.

 

Tal vez nosotros también somos un jardín.

 

Y quizá llevamos demasiado tiempo exigiéndonos frutos sin detenernos a cuidar nuestras raíces.

 

Hace algunos días, mientras preparaba una conferencia, recordé una frase de Wilfred Bion que ha acompañado discretamente mi práctica clínica.

 

Invitaba al analista a acercarse al encuentro “sin memoria y sin deseo”.

 

Con los años he descubierto que esa actitud no pertenece únicamente al consultorio.

 

También pertenece a la vida.

 

Mirar sin memoria significa permitir que el otro siga sorprendiéndonos.

 

Escuchar sin deseo significa renunciar a imponer nuestras respuestas antes de comprender sus preguntas.

 

Tal vez el verdadero amor consista precisamente en eso.

 

Seguir descubriendo a quien creemos conocer.

 

Seguir preguntando.

 

Seguir escuchando.

Seguir asombrándonos.

 

Porque el amor comienza a marchitarse cuando sustituimos la curiosidad por la costumbre.

 

Y la costumbre, cuando deja de estar acompañada por la presencia, termina volviéndose indiferencia.

 

Durante muchos años pensé que la conciencia consistía en comprender más.

 

Hoy sospecho otra cosa.

 

La conciencia consiste, sobre todo, en estar.

 

Estar plenamente presentes.

 

Frente al hijo que quiere contarnos cómo fue su día.

 

Frente al paciente que intenta poner palabras a un dolor antiguo.

 

Frente al alumno que busca ser comprendido antes que evaluado.

 

Frente al amigo que necesita silencio más que consejos.

 

Frente al anciano que teme ser olvidado.

 

Frente a nosotros mismos.

 

Quizá el mundo no necesita únicamente personas más inteligentes.

 

Necesita seres humanos más presentes.

 

Porque la presencia tiene una capacidad extraordinaria.

 

Devuelve dignidad.

 

Devuelve escucha.

 

Devuelve esperanza.

 

Devuelve humanidad.

 

Y entonces comprendo por qué, desde hace algunos años, una frase comenzó a acompañar discretamente mi trabajo.

No nació como un eslogan.

 

Nació como una convicción.

 

Ad humanitatem per praesentiam.

 

Hacia la humanidad, por medio de la presencia.

 

Hoy pienso que ese podría ser también un proyecto de vida.

 

No pasar apresuradamente por el mundo.

 

Habitarlo.

 

No mirar a las personas como categorías.

 

Encontrarlas.

 

No coleccionar experiencias.

 

Permitir que las experiencias nos transformen.

 

Porque, al final, la existencia no será recordada por la cantidad de días que vivimos.

 

Será recordada por la profundidad con la que estuvimos presentes en ellos.

 

Y quizá el asombro sea precisamente eso.

 

La decisión silenciosa de abrir nuevamente los ojos y descubrir que la vida nunca dejó de ser extraordinaria.

 

Sólo estaba esperando que volviéramos a mirarla.

 

“Llegará un día en que comprenderemos que la mayor sabiduría no consistía en conocer todas las respuestas, sino en conservar intacta la capacidad de asombrarnos frente al misterio de existir.”

 

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