Opinión
Las consecuencias tienen mala fama porque son las únicas culpables que se dejan ver. Las causas, en cambio, gozan de una curiosa impunidad: cuando finalmente comparecen las primeras, las segundas llevan años sentadas en primera fila, contemplando el espectáculo con aire de inocencia. Ésa parece ser hoy la situación de la Iglesia. La noticia de la semana son cuatro nuevos obispos consagrados sin mandato pontificio. La verdadera noticia es que ha habido cientos de miles de católicos dispuestos a aplaudir el gesto. El primer hecho merece una sanción; el segundo exige un examen de conciencia. Porque un hombre puede ser culpable de incendiar una casa, pero sólo un necio pensaría que el incendio comenzó cuando aparecieron las llamas.
Limitar el análisis a la sanción de la consecuencia sin preguntarse por las causas profundas que la han hecho posible sería un ejercicio incompleto. Si durante décadas se han acumulado tensiones doctrinales, litúrgicas, pastorales y disciplinarias, resulta insuficiente sorprenderse cuando esas tensiones terminan produciendo fracturas visibles.
De ahí el sentido del viejo refrán mexicano: "Para tener la lengua larga hay que tener la cola corta." Antes de condenar con severidad un nuevo acto de desobediencia conviene preguntarse qué ambiente eclesial ha contribuido a que miles de sacerdotes y cientos de miles de fieles hayan llegado a considerar que la Fraternidad representa un refugio para conservar aquello que consideran la fe católica de siempre.
Sí, la Fraternidad San Pío X desobedeció. Sí, las consagraciones fueron ilícitas. Sí, la unidad de la Iglesia no puede mantenerse mediante episcopados paralelos. Precisamente porque todo eso es verdad conviene hacerse la pregunta que casi nadie quiere formular: ¿por qué un movimiento que nació hace medio siglo como una pequeña resistencia hoy reúne a centenares de miles de fieles y más de setecientos sacerdotes? Cuando una excepción empieza a parecer normal, quizá el problema ya no sea solamente la excepción.
No se trata de justificar un acto ilícito. Las consagraciones de Écône constituyen una desobediencia objetiva al Romano Pontífice y, precisamente por ello, difícilmente pueden presentarse como un camino de solución para la crisis de la Iglesia. Pero tampoco puede ignorarse que todo efecto tiene una causa. Si únicamente se castiga el fruto sin atender a la raíz, el problema no desaparecerá; simplemente volverá a reproducirse.
Durante décadas numerosos católicos han contemplado con desconcierto acontecimientos que consideran incompatibles con la claridad doctrinal que esperan del Magisterio. Las controversias surgidas en torno a documentos como Amoris Laetitia y Fiducia Supplicans, cuya recepción ha sido desigual entre episcopados y teólogos; la presencia en los jardines vaticanos de imágenes identificadas por muchos con la Pachamama durante el Sínodo para la Amazonía; diversos gestos ecuménicos interpretados por algunos sectores como excesivamente ambiguos, entre ellos referencias elogiosas a Martín Lutero –erigiendo su estatua en el Vaticano mientras se le calificó de “Testigo del Evangelio”- o encuentros con representantes de comunidades eclesiales separadas; así como declaraciones del papa Francisco sobre el diálogo interreligioso que numerosos autores han considerado necesitadas de importantes precisiones doctrinales para armonizarlas con la enseñanza tradicional acerca de Cristo como único Redentor del género humano y de la Iglesia como sacramento universal de salvación.
La declaración de Abu Dabi, al afirmar que “el pluralismo y las diversidades de religión son una sabia voluntad divina”, fue objeto de un intenso debate teológico debido a la aparente ambigüedad de su redacción. El propio papa Francisco explicó posteriormente que debía entenderse en referencia a la voluntad permisiva de Dios y a la libertad humana, aunque para numerosos autores esa precisión puso de manifiesto la necesidad de una formulación doctrinal más clara.
Cada uno de estos episodios puede explicarse individualmente, y existen abundantes defensas de las decisiones adoptadas por la Santa Sede. El problema aparece cuando son contemplados conjuntamente por una parte significativa del pueblo fiel. La percepción acumulativa es la de una creciente incertidumbre doctrinal. Allí donde el Magisterio debería disipar las dudas, muchos creyentes consideran que han encontrado nuevas preguntas.
En este contexto cobran especial relevancia las declaraciones del Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, calificando las recientes consagraciones episcopales de la Fraternidad San Pío X como un acto cismático. La gravedad objetiva de aquellas consagraciones no merece ser minimizada: la comunión de la Iglesia no puede edificarse sobre episcopados constituidos al margen de la autoridad del Sucesor de Pedro. Pero precisamente porque la unidad de la Iglesia es un bien tan precioso, la disciplina con la que se la protege debería manifestarse con la misma firmeza allí donde esa unidad se ve comprometida.
Es aquí donde surge una pregunta que muchos fieles no consiguen acallar. ¿Por qué la severidad parece tan contundente en unos casos y tan prudente en otros? Durante más de una década el régimen comunista chino ha intervenido determinantemente en el nombramiento de obispos, afectando una competencia propia del Romano Pontífice. Al mismo tiempo, el Camino Sinodal Alemán ha promovido iniciativas y propuestas que numerosos obispos y teólogos han considerado difícilmente conciliables con la doctrina constante de la Iglesia. Sin embargo, la respuesta pública de Roma ha sido percibida por no pocos católicos como mucho más cauta que la desplegada frente a la Fraternidad San Pío X.
Algo semejante ocurre con determinados gestos ecuménicos. La reciente visita al Vaticano de Sarah Mullally, primada de la Comunión Anglicana en Inglaterra, fue presentada como un signo de diálogo entre cristianos. Nadie discute la necesidad del diálogo ecuménico. Pero también es cierto que la doctrina católica, expresada con claridad por León XIII en la bula Apostolicae Curae (1896), declaró inválidas las ordenaciones anglicanas. A ello se suma la enseñanza constante de la Iglesia sobre la imposibilidad de conferir válidamente el sacramento del Orden a una mujer. Desde esta perspectiva, muchos fieles se preguntan por qué existen gestos de extraordinaria cordialidad hacia comunidades eclesiales separadas mientras la relación con grupos que conservan la sucesión apostólica válida y profesan la doctrina católica aparece marcada por una creciente confrontación.
Naturalmente, cada uno de estos casos posee circunstancias históricas, pastorales y jurídicas distintas, y sería injusto equipararlos sin más. Pero la justicia no consiste únicamente en distinguir lo diferente; también exige que la autoridad aparezca ante los fieles como imparcial. Cuando la vara disciplinaria parece variar según el destinatario, incluso las decisiones objetivamente correctas terminan siendo recibidas con recelo. Y una autoridad cuya equidad comienza a ponerse en duda corre el riesgo de debilitar precisamente aquello que pretende defender: la confianza de los fieles en que la Iglesia juzga con una sola medida, porque la verdad no conoce balanzas distintas según la persona o la circunstancia.
Conviene, sin embargo, evitar simplificaciones. El problema no es el Concilio Vaticano II. Reducir la crisis eclesial al Concilio supone ignorar que los mismos textos conciliares admiten interpretaciones profundamente distintas. Como advirtió repetidamente Benedicto XVI, el verdadero conflicto reside entre una hermenéutica de la continuidad y una hermenéutica de la ruptura.
La primera entiende el Concilio como desarrollo orgánico de la Tradición de la Iglesia; la segunda, como una refundación que habría inaugurado un nuevo comienzo, relativizando buena parte de la enseñanza precedente. Paradójicamente, ambas interpretaciones extremas han encontrado seguidores tanto entre sectores progresistas como entre algunos tradicionalistas. Unos consideran que todo cambió en 1965; otros sostienen que precisamente ahí comenzó la apostasía. Ninguna de las dos posiciones hace justicia a la naturaleza del Magisterio católico.
Quizá por ello resulte insuficiente presentar el lefebvrismo como el único problema. La Fraternidad ha fortalecido su posición precisamente porque muchos católicos perciben que las preguntas doctrinales formuladas durante décadas no han recibido respuestas suficientemente claras. Allí donde existe incertidumbre, los extremos suelen fortalecerse.
Hay una característica curiosa de las estadísticas: son incapaces de rezar, de dudar o de perder la fe. Los números no poseen imaginación ni ideología. Precisamente por eso conviene escucharlos cuando, durante décadas, insisten obstinadamente en contar la misma historia.
Desde la conclusión del Concilio Vaticano II, buena parte del mundo occidental ha conocido una profunda transformación de la vida eclesial: la asistencia dominical a la Misa ha descendido de forma sostenida, las vocaciones sacerdotales y religiosas se han reducido drásticamente y la práctica sacramental ha disminuido en países que durante siglos fueron considerados el corazón del catolicismo. Estos datos, por sí solos, no demuestran una relación causal con el Concilio ni autorizan lecturas simplistas de un fenómeno extraordinariamente complejo. Pero sí obligan a preguntarse si todas las interpretaciones pastorales que se hicieron de sus enseñanzas produjeron realmente los frutos que prometían.
La paradoja aparece cuando se observa la reacción ante este panorama. Mientras muchas iglesias permanecen semivacías, no dejan de crecer comunidades de fieles que buscan una liturgia más tradicional, una predicación doctrinalmente sólida y una expresión de la fe que perciben en continuidad con la tradición de la Iglesia. Cabría esperar que semejante fenómeno despertara, al menos, curiosidad pastoral. Sin embargo, con demasiada frecuencia ha suscitado sospecha. En no pocas diócesis, el apego al usus antiquior parece convertirse en un indicio de desconfianza, como si arrodillarse para comulgar, amar el latín o preferir el Misal de 1962 fueran síntomas de una rebeldía latente. Resulta una extraña forma de combatir un incendio: se vigila con celo a quienes todavía permanecen dentro de la casa mientras las llamas que vaciaron tantas habitaciones continúan sin ser combatidas. Si las causas no se examinan con la misma seriedad con que se castigan las consecuencias, no debería sorprender que las consecuencias sigan multiplicándose.
Si Roma desea cerrar definitivamente la herida abierta hace décadas, la respuesta no consistirá únicamente en nuevas sanciones. Será necesario recuperar una enseñanza doctrinal inequívoca, una auténtica hermenéutica de la continuidad y una pastoral que no contemple la Tradición como una amenaza, sino como parte viva del patrimonio católico.
Cuando una casa arde, no es sensato culpar al humo. El humo sólo anuncia un fuego que comenzó mucho antes. Las recientes consagraciones de Écône son humo. Denso, molesto y peligroso. Pero seguir discutiendo únicamente sobre el humo mientras nadie quiere entrar en la habitación donde empezó el incendio es la manera más segura de que mañana haya todavía más humo y todavía menos casa.