Intersecciones en Clave de Género
Cada generación cree que está inventando el futuro. Sin embargo, algunas parecen empeñadas en romantizar el pasado.
En los últimos meses, millones de jóvenes han consumido en TikTok e Instagram videos de mujeres impecablemente vestidas, preparando pan artesanal, educando a sus hijos en casa y esperando sonrientes la llegada del esposo proveedor. Se presentan como tradwifes que es la abreviatura de traditional wife y aseguran haber encontrado la felicidad renunciando a la competencia profesional para dedicarse exclusivamente al hogar.
En apariencia, no habría nada cuestionable. Toda mujer debería tener la libertad de elegir si desea desarrollar una carrera profesional, emprender un negocio, dedicarse al cuidado de su familia o combinar todas estas posibilidades.
El problema comienza cuando una elección individual se transforma y se exhibe como un ideal político y moral que pretende convertirse en la única forma “correcta” de ser mujer. Es aquí donde la conversación deja de ser privada para convertirse en un asunto público.
Detrás del fenómeno tradwife existen corrientes conservadoras que sostienen que la estabilidad social depende de recuperar roles tradicionales de género. Algunas de estas ideas han sido impulsadas por figuras del conservadurismo estadounidense como Charlie Kirk, fundador de Turning Point USA, quien defendía una visión profundamente tradicional sobre la familia, el liderazgo masculino y el papel de las mujeres. Tras su fallecimiento, su esposa, Erika Kirk, ha continuado ocupando un papel relevante dentro de ese movimiento, promoviendo la importancia de la maternidad, la familia y los valores tradicionales, aunque combinándolo con un liderazgo político propio que muestra las tensiones internas de este discurso.
Paradójicamente, muchas de las principales referentes del movimiento tradwife son empresarias, creadoras de contenido e influencers que generan importantes ingresos gracias a las redes sociales. Es decir, viven justamente de la independencia económica que, en muchas vecesseñalan en su narrativa, no han renunciado a esa vida pública y millonaria para convertirse en lo que pregonan en su discurso.
La historia nos ha enseñado que los derechos rara vez desaparecen de un día para otro.
Primero cambian las palabras.
Después cambian las expectativas sociales.
Más tarde cambian las leyes.
Y finalmente cambian las libertades.
Por eso resulta inevitable recordar El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood llevada a la televisión, donde la pérdida de los derechos de las mujeres no ocurre mediante un decreto espectacular, sino mediante pequeñas renuncias aceptadas en nombre del orden, la moral y la seguridad.
Las mujeres dejan de trabajar.
Después pierden el acceso a sus cuentas bancarias.
Luego dejan de decidir sobre sus cuerpos.
Cuando quieren reaccionar, ya es demasiado tarde.
La ficción no pretende anunciar el futuro; funciona como advertencia sobre la fragilidad de las democracias y de los derechos conquistados.
Conviene recordar cuánto costó llegar hasta aquí.
Las sufragistas fueron encarceladas para conseguir el derecho al voto.
Otras generaciones lucharon por acceder a las universidades, administrar su patrimonio, abrir cuentas bancarias sin autorización masculina, ejercer profesiones, decidir sobre la maternidad, denunciar la violencia y ocupar espacios de representación política.
Ninguno de esos avances fue un regalo.
Todos fueron producto de décadas de movilización social.
Por eso el verdadero debate no consiste en decidir si una mujer quiere quedarse en casa o dirigir una empresa.
La verdadera pregunta es otra:
¿Se puede elegir libremente?
Porque cuando una mujer tiene alternativas reales, cualquier decisión merece respeto.
Pero cuando las opciones desaparecen, ya no hablamos de libertad.
Hablamos de dependencia.
Y la dependencia siempre ha sido el mejor aliado de la desigualdad y la violencia.
Y ojo, No toda mujer que decide ser ama de casa representa un retroceso, porque la clave esta justamente en esta poderosa accion: decidir.
El retroceso aparece cuando se pretende convencer a toda una generación de que la autonomía económica, la educación, el voto o la participación pública son amenazas para la familia.
Las sociedades más democráticas no obligan a las mujeres a trabajar.
Tampoco las obligan a quedarse en casa.
Les garantizan la posibilidad de decidir.
Esa sigue siendo la conquista más revolucionaria del feminismo.
Y quizá la más frágil.