Lecciones mundialistas para el futuro mexa
Llegamos (porque la Selección somos todos dice el slogan) hasta donde dio el "mueble" mundialista. Pero esta vez nadie se lamentó, ganamos con autoridad y perdimos con categoría. Poco que reprochar.
Sin embargo, más allá de la cancha, este nuevo formato del Mundial dejó lecciones mucho más profundas.
El gran mercader Gianni Infantino, el mismo que entregó el llamado Premio FIFA de la Paz al presidente Donald Trump, quizá sin proponérselo terminó mostrándonos una fotografía bastante precisa del futuro de la humanidad.
Antes del torneo abundaban las dudas sobre las redadas migratorias y las restricciones para ingresar a Estados Unidos. Hubo casos aislados, como la negativa de visa o ingreso a un árbitro somalí y las tensiones que enfrentó la delegación iraní. Pero, hasta ahora, no se registraron incidentes relevantes contra los miles de aficionados que viajaron desde todo el planeta ni contra los millones de migrantes (legales e ilegales) que ya viven en la tierra del Tío Sam y acudieron a estadios y zonas de Fan Fest.
¿Qué nos deja entonces este Mundial?
La FIFA, conviene recordarlo, tiene 211 asociaciones afiliadas, más que los 193 Estados miembros de la ONU. Desde hace tiempo dejó de ser únicamente un organismo deportivo para convertirse en uno de los mayores actores globales del entretenimiento y del negocio.
Este torneo confirma que el futuro privilegiará lo comercial. Como alguna vez pronosticó Diego Armando Maradona, quizá un día los partidos ya no se jueguen en dos tiempos de 45 minutos, sino en cuatro cuartos, como dictan los intereses del mercado… y particularmente los de los "gabachos".
Y si existe un país que representa el mosaico universal de las diásporas, es precisamente Estados Unidos, una nación con 50 estados federados que, con frecuencia, insiste en tratar al resto del mundo como si fuera su estado número 51.
En este Mundial participaron 48 selecciones, y un récord de 289 futbolistas (23 % del total) representaron a un país distinto al de su nacimiento. La globalización dejó de ser teoría para convertirse en alineación titular.
Curazao llevó 25 jugadores nacidos en Países Bajos; Congo contó con 20 y Marruecos con 19. Francia aportó un centenar de futbolistas repartidos entre distintas selecciones; Países Bajos, 69, y Alemania, 50. Apenas ocho selecciones acudieron con planteles completamente nacidos dentro de sus fronteras.
El caso más mediático sigue siendo Erling Haaland, nacido en Leeds, Inglaterra, pero figura de Noruega.
Y México tampoco escapa a esta realidad. La Selección mexa disputó este Mundial con cinco futbolistas nacidos fuera del territorio nacional: Santiago Giménez, Álvaro Fidalgo, Julián Quiñones, Obed Vargas y Brian Gutiérrez. Distintas historias, distintos orígenes, pero una misma camiseta.
El futbol simplemente refleja lo que ya ocurre en la economía, en la política y en la sociedad, las identidades nacionales son cada vez más complejas y las diásporas forman parte del presente, no del futuro.
Este Mundial fue organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá. Pero el de 2030 ya será una auténtica demostración de esta nueva lógica global, seis países participarán en su organización.
Durante varias semanas México mostró una cara distinta al mundo. Miles de visitantes llegaron con miedo, alimentados por una avalancha informativa que retrataba al país como el viejo oeste. La realidad terminó imponiéndose.
Otra vez quedó demostrado que el mexicano sigue siendo campeón mundial de la hospitalidad. Llenamos plazas y calles con cientos de miles de personas sin necesidad de una torta… ni de un "chesco", o uno "de Sor Juana".
Por unos días dejamos de ser "chairos" y "fifís". Solo fuimos aficionados; villamelones o no, simplemente mexicanos.
La pregunta es si nuestros gobernantes serán capaces de aprovechar esa ola de confianza internacional o volverán a encerrarse en sus cuevas ideológicas, viendo como amenaza cualquier luz que provenga del exterior.
Siempre existirán pesimistas, vendepatrias o quienes simplemente no disfruten ser mexicanos. Pero también habrá quienes, como esos cinco seleccionados nacidos fuera del país, decidieron que México era la tierra donde podían cumplir sus sueños.
Ahora vienen las revisiones del cada vez más desgastado (al menos políticamente) T-MEC. También se anuncia el debate sobre la regulación de la inteligencia artificial y la libertad de expresión. Todo ello confirma que la cancha donde competimos ya es mundial.
El resultado, sin embargo, sigue dependiendo de nosotros.
Si no entendemos que la mejor inversión continúa siendo la educación; que el Estado de derecho no es un lujo sino una condición para el desarrollo; que nuestros recursos naturales deben preservarse con una visión integral y global, ni reviviendo a Maradona y a Pelé para vestir de verde lograremos ganar un mundial de futbol, mucho menos el verdadero Mundial: el del desarrollo compartido que millones de mexicanos esperan para ellos y sus familias.
Hoy es momento de cerrar filas como nación.
Que gane México, no las "tribus" y esos grupos de privilegiados.