Era un día como cualquier otro, esa tarde terminé de celebrar la misa y caminaba rumbo al atrio de la parroquia. De pronto hubo una escena que me llamó la atención: una mujer rompía en llanto al ser abrazada con ternura y empatía por otra persona.
¿Por qué lloraba aquella mujer? Hace tan solo unos días su hijo menor había perdido la vida. Yo llevaba días viéndola en misa y sabía que ella era la madre de aquel joven que había fallecido. Casi siempre ella había tratado de disimular su dolor, cubriéndolo de sonrisas forzadas y miradas perdidas. Su dolor no era para menos, su hijo al que llevó en sus entrañas de pronto ya no estaba con ella, pues se había marchada para siempre durmiéndose en el sueño de la muerte esperando despertar en la resurrección prometida a todos por Jesús nuestro Señor.
Alrededor de nosotros hay personas que sufren por diversos motivos, cada uno de nosotros somos una historia, una realidad distinta, cada uno de nosotros representamos una manera de contemplar la vida. En medio de la diversidad que supone cada uno de nosotros, siempre está un reto presente: ¿cómo acompañar o, mejor dicho, ¿cómo acompañarnos en medio del aislamiento al que nos ha condicionado en gran medida las redes sociales?
Es curioso como el desarrollo de las redes sociales nos han dado la posibilidad de estar cerca de las personas que se encuentran a miles kilómetros de nosotros. Interactuar detrás de una pantalla es más sencillo que el poder charlar frente a una persona. Para muchas personas las pantallas son una barrera que impide no sólo ver al otro, sino conocerlo realmente. En redes sociales muchos “influencers”, se alzan como modelos para cientos de personas, que buscan prototipos a los que puedan copiar en su manera de ser y de vivir.
La cultura del encuentro es un tema que debemos trabajar todos, no desde la teoría, sino desde la praxis de saber acercarnos al otro, poniendo un alto a la indiferencia que nos paraliza frente al dolor de las personas.
Es fácil conmoverse ante una pantalla o lamentar la frialdad del mundo desde la comodidad de nuestro propio aislamiento. Lo verdaderamente difícil es afinar la mirada en el día a día: descubrir la mirada perdida del compañero de trabajo, descifrar la sonrisa forzada de un familiar o posponer nuestros propios pendientes para escuchar a un amigo que se está quebrando en silencio. Nos da miedo asomarnos al abismo del dolor ajeno porque nos recuerda nuestra propia fragilidad, pero es justamente ahí, en la disposición de dejarnos incomodar por el otro, donde comenzamos a ser humanos.
Sigo pensando que el Señor nos habla en camino, así como lo hizo con los discípulos de Emaús, Él también se sabe hacer compañero de camino de cada uno de nosotros, nos escucha con paciencia y atención, como buen samaritano, venda nuestras heridas y nos unge con el óleo de su presencia que es capaz de sacarnos de la indiferencia y proyectarnos al servicio.
Hoy cerraremos nuestro celular una vez más y la pregunta siempre será la misma: ¿seremos indiferentes y distantes frente al dolor del otro?
Feliz domingo a todos.