Hay una frase que escucho con frecuencia en el consultorio.
No suele aparecer en los libros de psicología ni en los manuales diagnósticos. Tampoco figura entre los síntomas clásicos de ninguna enfermedad. Sin embargo, resume el sufrimiento de muchas personas.
“Doctor… ya nada me emociona.”
Al principio podría parecer una frase sencilla. Incluso podríamos atribuirla al cansancio o al estrés cotidiano. Pero cuando se escucha con atención, revela algo mucho más profundo.
No dice únicamente que la persona está cansada.
Dice que el mundo ha comenzado a perder color.
Vivimos en una época acostumbrada a medir casi todo.
Medimos el rendimiento.
La productividad.
Las horas de sueño.
Los pasos que caminamos.
La frecuencia cardiaca.
El éxito.
Pero existe una dimensión de la vida que no puede medirse con ninguna aplicación.
La capacidad de conmovernos.
Y quizá esa sea una de las expresiones más delicadas de la salud emocional.
Porque una persona puede seguir trabajando.
Puede cumplir con sus responsabilidades.
Puede sonreír en una fotografía.
Y, al mismo tiempo, sentirse profundamente desconectada de la vida.
El sufrimiento psicológico no siempre hace ruido.
Muchas veces se parece al silencio.
Al silencio de quien ya no encuentra motivos para entusiasmarse.
Al silencio de quien ha dejado de esperar.
Al silencio de quien mira el mundo como si todo hubiera perdido significado.
Desde sus primeros trabajos, Sigmund Freud comprendió que la vida psíquica no se organiza únicamente alrededor de lo que pensamos, sino también de aquello que sentimos, deseamos y recordamos, incluso cuando esos recuerdos permanecen fuera de nuestra conciencia.
La historia emocional nunca desaparece.
Nos acompaña.
Habita nuestros vínculos.
Nuestras decisiones.
Nuestros miedos.
Nuestra manera de amar.
Y también nuestra capacidad de asombrarnos.
Cuando un niño crece en un ambiente donde sus preguntas encuentran escucha, donde sus emociones son recibidas con respeto y donde la curiosidad no es motivo de vergüenza, desarrolla una confianza profunda hacia el mundo.
Aprende que descubrir es seguro.
Que preguntar tiene sentido.
Que explorar vale la pena.
Pero no todas las historias comienzan así.
Algunas personas crecieron demasiado pronto.
Aprendieron que debían ser fuertes antes de tiempo.
Que llorar era un signo de debilidad.
Que expresar miedo incomodaba a los adultos.
Que la ternura podía convertirse en una fuente de dolor.
Entonces hicieron lo que cualquier ser humano hace para sobrevivir.
Construyeron defensas.
Y las defensas cumplen una función indispensable.
Nos protegen cuando el sufrimiento resulta insoportable.
El problema aparece cuando aquello que un día nos ayudó a sobrevivir termina impidiéndonos vivir plenamente.
Donald Winnicott escribió que una de las mayores aspiraciones del desarrollo humano consiste en poder vivir creativamente.
Me conmueve profundamente esa expresión.
Vivir creativamente.
No significa pintar cuadros ni escribir novelas.
Significa despertar cada mañana sintiendo que la vida todavía puede sorprendernos.
Que aún existen encuentros por descubrir.
Conversaciones por tener.
Libros que nos transformarán.
Paisajes que nos devolverán el silencio.
Personas que cambiarán nuestra manera de comprender el mundo.
La creatividad, en el sentido más profundo, es una forma de apertura hacia la existencia.
Cuando esa apertura desaparece, comenzamos a vivir únicamente por obligación.
Cumplimos.
Funcionamos.
Respondemos.
Pero dejamos de encontrarnos.
El psicoanalista Wilfred Bion propuso una actitud que considero extraordinariamente valiosa, no sólo para la práctica clínica, sino para la vida cotidiana.
Invitaba al analista a acercarse al encuentro “sin memoria y sin deseo”.
Con el paso del tiempo he comprendido que esa frase es también una invitación al asombro.
Escuchar al otro como si todavía pudiera sorprendernos.
Mirar a nuestros hijos sin creer que ya los conocemos completamente.
Conversar con la persona que amamos como si aún quedaran territorios inexplorados en su interior.
El amor comienza a marchitarse cuando dejamos de descubrir.
Las amistades se debilitan cuando dejamos de preguntar.
La educación pierde sentido cuando deja de despertar curiosidad.
Y quizá la sociedad entera envejece cuando deja de maravillarse.
Durante la maestría en psicoanálisis tuve la oportunidad de volver una y otra vez sobre la obra de André Green.
Entre muchas de sus aportaciones, hubo una que permaneció especialmente viva en mí.
Green describió cómo algunas personas no experimentan únicamente dolor.
Experimentan vacío.
Un vacío que no siempre puede explicarse con palabras.
No es ausencia de inteligencia.
No es falta de capacidades.
Es la sensación de que algo esencial ha dejado de vibrar.
En ocasiones, el sufrimiento prolongado obliga a la mente a protegerse apagando también aquello que produce alegría.
Como quien, para no sentir el frío, pierde también la sensibilidad del tacto.
Entonces aparecen frases como:
“Nada me entusiasma.”
“Todo me da igual.”
“No sé qué me pasa.”
Detrás de esas palabras suele encontrarse una historia.
Una historia que merece ser escuchada con respeto y sin prisa.
Porque ninguna persona nace indiferente.
La indiferencia casi siempre tiene una biografía.
Y aquí aparece una convicción que la experiencia clínica ha fortalecido en mí con el paso de los años.
La psicoterapia no consiste únicamente en disminuir síntomas.
Consiste, sobre todo, en devolverle a la persona la posibilidad de volver a emocionarse.
Recuerdo pacientes que, después de meses de trabajo, no celebraban únicamente haber disminuido su ansiedad.
Celebraban algo mucho más sencillo.
Volvían a leer por placer.
Escuchaban música nuevamente.
Retomaban un antiguo pasatiempo.
Llamaban a un amigo.
Plantaban flores.
Observaban la lluvia.
Reían sin sentirse culpables.
Y comprendía entonces que la vida comenzaba lentamente a abrirse paso otra vez.
Porque sanar no significa olvidar el pasado.
Significa permitir que el pasado deje de impedirnos descubrir el presente.
Tal vez el alma nunca deja realmente de mirar.
Quizá, después de haber sufrido demasiado, simplemente cierra los ojos por un tiempo para protegerse.
La buena noticia es que también sabe abrirlos nuevamente.
Y cuando eso ocurre, no sólo regresa la esperanza.
Regresa algo todavía más valioso.
La capacidad de volver a conmovernos ante el milagro discreto de estar vivos.
“El alma no sana cuando deja de recordar; sana cuando vuelve a descubrir que la vida todavía tiene motivos para sorprenderla.”