Máquinas inútiles

Bajo presión

Ya todos están listos, no importa que falten meses para que inicie el proceso electoral del 2027, organizaciones y personas señalan que están preparados para afrontar los próximos comicios y sus hombros dispuestos para cargar con el enormísimo fardo de gobernar.

En todos los espacios se nos imponen las imágenes de los sanos y sonrientes aspirantes para que los conozcamos, para reconocerlos, incluso cambian su nombre en búsqueda de generar empatía: no me llames licenciado X, maestra Y, doctor Z; dime: Tigre, Vaquero, Transformadora.

Espectaculares, parabuses y bardas se llenan de su imagen, en la que muestran sus perfectos dientes caninos, acompañada de un lema pegajoso, una frase que los identifica y diferencia del resto, una que establece por qué merecen el cargo; casi siempre proveniente de alguna entrevista zalamera en la que expusieron los argumentos que los distingue del resto.

Una pregunta que casi nunca aparece en las entrevistas a los aspirantes es ¿cómo van a resolver un problema? No importan sus planes y proyectos, se presentan con un diagnóstico manoseado que ya todos conocemos, para encabezar las encuestas; el resto de la conversación trata de mostrar quién tiene más estructura territorial, quién logró una fotografía con el dirigente nacional, o quién suma más seguidores en redes sociales.

Los aspirantes asumen que ganan una elección porque saben gobernar, cuando en realidad son habilidades distintas. Una sirve para conquistar el poder; la otra exige entender la complejidad de la sociedad que se pretende dirigir.

Por eso los partidos políticos han invertido el orden de sus prioridades. Antes se esperaba que formularan un diagnóstico sobre la realidad, construyeran una propuesta para transformarla y, finalmente, buscaran a la persona capaz de defender ese proyecto ante los ciudadanos. Hoy el proceso es a la inversa: primero se identifica al personaje carismático y, después, si queda tiempo, se redacta una plataforma que justifique su candidatura. El proyecto dejó de producir al candidato; ahora el candidato funciona lejos de la plataforma de gobierno propuesta por los partidos.

La discusión ya no gira alrededor de cómo enfrentar la inseguridad, garantizar el acceso al agua, planear el crecimiento urbano, mejorar el transporte o fortalecer la educación. El centro de la conversación es otro: quién mide mejor, quién tiene menos negativos, quién comunica con mayor eficacia, quién emociona más al electorado. La herramienta fantástica de las encuestas sustituyeron al programa de gobierno; el consultor desplazó al ideólogo; el estratega digital terminó ocupando el lugar que antes correspondía a quienes pensaban el futuro de una comunidad.

Una vez que los partidos llegan al poder, abandonan sus principios para transformarse en maquinarias electorales que les preserve el lugar que alcanzaron gracias a la utilización de un personaje.

Los partidos en oposición no funcionan diferente, han dejado de esforzarse por convertirse en una alternativa. Ser oposición no consiste únicamente en señalar los errores del gobierno; implica demostrar que existe una forma distinta y mejor de atender los mismos problemas. Esa diferencia, elemental, se ha abandonado. Buena parte de los partidos opositores han reducido su identidad a la negación sistemática de cuanto hace el partido gobernante. La crítica permanente puede desgastar a un gobierno, pero difícilmente construye una opción de gobierno. La democracia necesita contrastes de ideas, no solamente confrontaciones de discursos.

A esa pobreza programática se suma otra renuncia igual de preocupante: la desaparición de las ideologías como herramientas para comprender la realidad. Durante décadas podía discutirse si una propuesta respondía a una visión liberal, socialdemócrata, conservadora o socialista. Hoy esas categorías sólo se emplean como descalificaciones. Izquierda y derecha dejaron de describir proyectos políticos para convertirse en etiquetas identitarias, útiles para dividir simpatizantes, pero incapaces de orientar políticas públicas. La geometría terminó sustituyendo a la política. Se discute desde qué lado del espectro habla cada quien, pero casi nunca qué resultados producen las decisiones que se toman.

El vacío dejado por las ideas ha sido ocupado por el marketing político. Los partidos invierten cada vez más recursos en posicionar nombres, construir narrativas, producir contenido para redes sociales y administrar la imagen de sus candidatos. Es comprensible: las campañas modernas exigen comunicación profesional. Lo preocupante es que esa lógica haya desplazado casi por completo la formación política y la participación ciudadana. Los ciudadanos dejaron de ser interlocutores para convertirse en audiencias; los militantes dejaron de formarse para transformarse en promotores; las campañas dejaron de buscar convencimiento y sólo intentan conseguir atención. Importa más viralizar un mensaje que sostener una conversación pública.

El artículo 41 de la Constitución no define a los partidos políticos como empresas dedicadas a ganar elecciones. Les asigna una responsabilidad mucho más amplia: promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y hacer posible que los ciudadanos accedan al ejercicio del poder público. La competencia electoral es apenas uno de sus instrumentos, no su razón de ser. Cuando esa función pedagógica desaparece, la democracia pierde uno de sus principales espacios de aprendizaje cívico.

Los partidos se han convertido en máquinas electorales, inútiles para el gobierno.

Quizá por eso resulta tan difícil encontrar, a un año de las elecciones de 2027, discusiones de fondo sobre el futuro de los estados y municipios. Abundan las especulaciones sobre candidaturas, las filtraciones interesadas, las encuestas, los libros autobiográficos, las giras anticipadas y las estrategias de posicionamiento. Escasean, en cambio, los documentos que expliquen cómo enfrentarán los gobiernos que vienen los desafíos financieros, ambientales, demográficos o de seguridad que ya están presentes. Porque el objetivo es conquistar el poder, después ya vemos qué se hace y lo más importante es preservarlo.

Mientras esa lógica prevalezca, cambiarán los nombres de los candidatos, cambiarán las coaliciones e incluso podrán alternarse los partidos en el gobierno, difícilmente cambiará la calidad de nuestra democracia. Una elección debería ser la confrontación entre proyectos de futuro, no una pelea entre personalidades. De otra manera seguiremos votando por quienes prometen ganar, cuando lo verdaderamente importante sería elegir a quienes saben para qué quieren gobernar.

Nadie le pide honestidad a una máquina; le pide que funcione para lo que fue construida. Reducir el diagnóstico a una crisis moral de los partidos políticos es engañoso, traslada el problema a la conciencia de cada aspirante, como si bastara con que fueran honestos, congruentes, decentes, para que la política recupere su sentido. Esa lectura individualiza lo que en realidad es estructural. Confunde el síntoma (candidatos que se reinventan con apodos, que mienten en la entrevista zalamera, que traicionan sus principios apenas asumen el cargo) con la enfermedad: partidos que dejaron de tener un propósito distinto a preservarse. La corrupción de una persona se corrige removiéndola de su cargo; el vaciamiento de una institución, no.

Un candidato honesto, disciplinado, incapaz de mentir, puede operar exactamente en la misma lógica: encuestas que sustituyen al programa, consultores que ocupan el lugar del ideólogo, un partido que se convierte en máquina electoral aceitada para la siguiente elección. Ninguna reforma de conciencia individual revertiría eso, porque el defecto no está en la virtud de las personas sino en el fin que persigue la institución. El Artículo 41 no le exige a un partido que sea honesto; le exige que eduque, que represente, que abra el acceso al poder público. Cuando esa función desaparece, por muy intachables y bien hablados que sean sus dirigentes, queda en evidencia que el problema es de diseño, de propósito, de ética institucional, no de moral personal.

Insistir en la moral es quedarse a medias. Cambiar de dirigentes, purgar corruptos, exigir códigos de ética a los aspirantes no basta si la maquinaria sigue diseñada para producir personajes en lugar de proyectos. Los partidos no necesitan mejores personas: necesitan recuperar la pregunta que llevan años evadiendo, la de para qué quieren el poder.

 

Coda. Las máquinas están perfectamente aceitadas: producen candidatos, campañas, tendencias y victorias. Lo único que dejaron de generar, hace mucho tiempo, son gobiernos.

 

 

@edilbertoaldan

 

 

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