Razones
La inteligencia artificial es el más grande espejismo de la perfección creado por el hombre. Los algoritmos han cristalizado, quizá por primera vez, la posibilidad de materializar el deseo de encontrar una llave maestra para descifrar la complejidad de la existencia a través de las teclas de una computadora; de encontrar una musa y también significar nuestras vidas, llenar vacíos, suplir ansiedades con certezas basadas en cálculos matemáticos, maximizar la productividad sustentados en robots.
Lograr la ilusión del control sobre los acontecimientos. Una domesticación estadística de las expectativas.
Al mismo tiempo, una pertenencia social virtual nos crea ilusiones de proximidad. Estar conectados fomenta la sensación de formar parte de una tribu. Seguimos preparados para cazar, reunirnos en torno a la hoguera y compartir triunfos y derrotas convertidos en mitos. La celebración del triunfo y el duelo compartido ante la muerte, la condolencia colectiva, la fusión de los iguales. El ritual de la vida y de la muerte.
En las redes sociales encontramos también la lucha contra el enemigo que invade nuestra región de caza y recolección y amenaza nuestra supervivencia. Cambiaron los territorios, las armas y los lenguajes, pero no necesariamente los impulsos.
La IA, que aparentemente deshumaniza, quizá nos acerca a nuestros comportamientos más primitivos y nos refleja en todos nuestros temores ancestrales.
He tratado por todos los medios de abstenerme de hacer cualquier metáfora deportiva, pero no podemos ser ajenos al fenómeno global producido por la Copa Mundial. La pelota rodando en los partidos del torneo global provoca polémicas, expectativas y pasiones; incluso la intervención del jefe de Estado de los Estados Unidos, sin olvidar las gestiones de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
Hay, sin embargo, un tema fuera del alcance de la IA: la nostalgia. Lo que pudo ser y no fue. El refugio de la desesperanza.
En el caso de México, un país futbolero, apasionado por el deporte de las patadas, la frustración ha sido siempre una pared contra la que nos estrellamos. El futbol es quizá el pretexto más claro para observar aquello a lo que aspiramos sin detenernos a evaluar nuestras posibilidades reales.
Desear no es lograr. El reto es aterrizar nuestros anhelos en la realidad, anclar las expectativas a las condiciones existentes. Solo así se pueden plantear estrategias y realizar acciones tácticas coherentes.
Se habla con frecuencia de la gran capacidad de los mexicanos para resolver problemas prácticos. Un alambre, incluso un chicle, desafían cualquier propuesta técnica. Hemos aprendido a reducir la complejidad para transitar en lo práctico. Improvisamos, resolvemos, adaptamos. Encontramos salidas donde aparentemente no existen.
Pero, en esa misma realidad, cuando se trata de generar perspectivas, nos perdemos con facilidad en la ilusión. Y cuando los objetivos no se alcanzan, nos flagelamos con el más inútil de los verbos: hubiera. ¿Y si hubiera?
Claro que es importante analizar las causas por las cuales no se llegó a la meta. Sin ese análisis no existe aprendizaje ni proceso de mejora. Pero aferrarse a las oportunidades perdidas nos lleva a contemplar la fatalidad como si fuera un destino inevitable, cuando muchas veces ese destino fue forjado desde la desazón, desde la incapacidad de distinguir entre lo deseado y lo posible.
Tal vez ahí reside una de nuestras contradicciones más profundas. Somos capaces de resolver lo inmediato con enorme creatividad y, al mismo tiempo, podemos extraviarnos cuando intentamos construir el futuro. Enfrentamos la contingencia con ingenio, pero con frecuencia sustituimos la planeación por la esperanza. Confundimos la confianza con la certeza y la aspiración con el pronóstico.
La inteligencia artificial aparece entonces como la gran promesa de nuestro tiempo porque ofrece exactamente aquello que más deseamos: reducir la incertidumbre. Nos entrega respuestas, probabilidades, rutas, escenarios. Parece organizar el caos. Nos hace creer que la complejidad puede convertirse en una secuencia comprensible de datos y que, si alimentamos suficientemente bien a los algoritmos, quizá podremos anticipar el desenlace.Pero la existencia se resiste.
Se resiste porque los seres humanos no vivimos únicamente de datos. Vivimos también de recuerdos, pérdidas, intuiciones, deseos, frustraciones y nostalgias. De aquello que ocurrió y de aquello que imaginamos que pudo ocurrir. La máquina puede calcular probabilidades, pero nuestra relación con el pasado no es matemática. Está hecha de emociones que cambian con el tiempo y de derrotas que la memoria transforma.
Por eso quizá el verdadero espejismo no sea la inteligencia artificial, sino nuestra antigua aspiración a la perfección. La tecnología solo ha dado una nueva forma a un deseo mucho más antiguo: controlar lo incierto, anticipar el futuro, evitar el error, domesticar la pérdida. Seguimos buscando una llave maestra.
Y mientras la buscamos, las redes nos devuelven a la tribu, el futbol nos enfrenta con nuestras expectativas, la nostalgia nos recuerda lo que no fue y la inteligencia artificial nos promete calcular lo que vendrá. En la marea alta de la confianza, una y otra vez, nos estrellamos contra la desolada realidad.